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martes, 13 de julio de 2021

UN POEMA NATURALISTA VALLUNO DE JAIME CANELAS Carlos Crespo Flores[1] INCISO/FACSO-UMSS

 Jaime Canelas López (1927-1961), poeta cochabambino, impulsor del movimiento Gesta Bárbara, en su segunda generación. Murió a los 33 años. Su amigo, Edmundo Camargo, otro de nuestros poetas fallecido muy joven, lo recuerda “montando su blanco caballo que al galope recorría los verdes campos de Paucarpata rumbo a las faldas del Tunari, a los sembrados y pesebres de Pairumani o a la pintoresca ciudad de Quillacollo…” (1961:VII).

 En el poema 5, el poeta cochabambino Jaime Canelas López, a manera de juglar, nos narra la historia de amor de un rey “distinto”, alegre, del cual dice ser su amigo. Este poema, una verdadera utopía naturalista, solo podía escribirla alguien que vive y conoce el valle; es la sensibilidad del escritor con el paisaje y naturaleza valluna que leemos en este hermoso texto. Para evidenciarlo, permítanme algunos apuntes sobre rasgos bioclimáticos de la naturaleza y paisaje valluno que aparecen.

 ¿Cómo es el rey alegre? Tiene la estatura del jacinto, llamada así en la zona de Paucarpata, donde residía, a una planta larga, con flores de agraciado color ciclán.

 Sin la lluvia la vida no podría reproducirse en el valle, con ella el júbilo ilumina Cochabamba y su entorno; ahí radica la fuente del poder real. Es la voz de mando en el valle, pero es un poder productivo y alegre. Más aun, nuestro rey, en un vozarrón cariñoso, canta y ríe como un terebinto, esa noble especie forestal del valle, injerto de molle en sauce, que por lo demás retrata nuestro mestizaje. Y cuando el rey se enoja, el granizo es la expresión de su dominio, poder y jurisdicción. Efectivamente, en el imaginario popular, el granizo es señal del mal humor de las divinidades.

 La estación de la primavera en el valle es la bendición, pues el benigno clima emerge vistoso. Por eso, en la narración aparece como el obispo del reino. Por su parte, el verano seguramente es el mejor periodo del valle en el año: la temporada de lluvias se halla en su esplendor, las diversas cosechas emergen, la gente modifica su humor, como Adela Zamudio lo describió brillantemente en más de uno de sus cuentos. Su rol como padrino de la novia, por tanto, es fundamental.

 La tarde valluna es el mejor momento del día; la luminosidad del sol cochabambino es brillante, pura y limpia, el paisaje es reluciente y cautivante. De esta manera, solo podía ser la novia del rey alegre. Asimismo, un momento áureo y musical del día valluno es inmediatamente a la salida del sol, la luz sonrosada emergente, la aurora; digna de acompañar con un “canto íntimo” la forja del anillo de bodas. Y el poeta lo sabía.

El Rocha, principal río del valle cochabambino, es el padre de nuestra futura reina, la tarde valluna. De ahí venimos, del agua, nuestros antepasados decidieron vivir aquí, en las riberas del “Jatun Mayu” y sus innumerables tributarios, lagunas, vertientes.

 Canelas asocia el árbol con la justicia; claro, es la sabia imponencia del árbol valluno, que beneficia por igual, a ricos y pobres, hombres y mujeres, indios, cholos y criollos. El poema destaca a un tipo de especies arbóreas y arbustivas del valle cochabambino, los frutales; diversos en tamaño y forma, con frutos multicolores, sabrosos, seductores. Por ello es hermana de la tarde valluna, la novia del rey alegre. Pero también aparece el árbol de magnolia, especie forestal distribuida en toda América, y muy popular en los jardines y huertas de la ciudad de Cochabamba y entorno; es famosa por la fragancia de su flor blanca, profunda, seductora, embriagante, seguramente así era la guitarra del rey. Por otro lado, el rey alegre anuncia su boda desde un balcón de olivo, árbol noble, muy productivo, de larga duración, que los españoles trajeron al valle.

 “Traje dominguero”, se llamaba entre los sectores populares en los 60’s, al hecho de vestir el mejor traje que uno tenía, durante ese día de descanso. Nuestro elegante soberano, viste “todo un tiempo de domingo”.

 De Cochabamba y su paradisíaco valle, que cautivó a poetas, escritores y amantes, solo queda en nuestra memoria. Del rey alegre solo tenemos su “recuerdo exquisito”. Pero, como en todo hermoso recuerdo, guardado en el rincón del olvido, puede resurgir en cualquier momento, depende de nosotros. 

5

  JAIME CANELAS LOPEZ

 

Este era un rey que tenía

cien vidas de regocijo.

Montado en blanco caballo,

consocio del optimismo.

Su alcázar no era de roca.

Su reino no era finito.

Este era un rey que tenía

la gracia de ser distinto.

Cuarteles hechos de risa

con ejércitos de niños.

Su voz de mando era lluvia.

Su potestad fue granizo.

Tenía un mundo de seres

bajo su vasto dominio,

subyugados con el yugo

de su inefable cariño.

Pues si era grave la ofensa

porque impartía castigo,

la enormidad de su dicha

sellaba más compromiso.

Este era un rey que vestía

todo un tiempo de domingo.

 

Tal vez la crónica nueva

no registre su destino.

Pues se olvida lo que es puro,

si lo impuro está en su sitio.

Sus árboles eran jueces.

La primavera su Obispo.

Este era un rey que tenía

la gracia de ser distinto.

 

Cuando cantaba o reía

su voz era un terebinto.

Su guitarra una magnolia.

Su estatura de jacinto.

Cuando la corte obsequiosa

le hizo forjar un anillo,

las campanas de la aurora

plañeron un canto íntimo.

Y el rey anunció sus nupcias

desde el balcón de un olivo.

 

Su novia fue, si no sabes,

la tarde de sol y armiño[2].

Hermana de los frutales

Primogénita del río.

Verano fue, si no sabes,

su padrino de bautizo

 

Cuando la historia del mundo

caiga al fondo del abismo.

Cuando del vientre del cosmos

surja un mundo más cumplido[3].

La imagen del Rey alegre

será un recuerdo exquisito

Se contarán sus anécdotas

todas en tono festivo,

aunque tal vez haya alguno

que crea que esto es ridículo.

¡Este era un rey de quien tuve

la suerte de ser su amigo.

 

(De “Romance del Rey Alegre y otros poemas”. En Las Transfiguraciones. 1956. Pp. 75-76)

 

 


 IMAGEN: Paisaje que mira sobre el valle de Cochabamba-NN.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Texto que forma parte del proyecto Corredores Biológicos Urbanos, actualmente ejecutado por la red de Biodiversidad UMSS, del cual el INCISO es parte.

[2] Armiño. Cosa pura y limpia (RAE)

[3] Cumplido. Lleno, cabal, completo, perfecto (RAE)

lunes, 5 de agosto de 2019

NATURALEZA Y CULTURA EN ADELA ZAMUDIO. UN FRAGMENTO DEL CUENTO “NOCHE DE FIESTA” -Carlos Crespo Flores

Para Doña Ercilia

 Blanca Wierthuchter y Virginia Ayllón, han mostrado la estrecha relación de la escritura de Adela Zamudio con el paisaje cochabambino (Ayllón, 2013:39). La escritora cochabambina muestra una gran sensibilidad con la naturaleza del valle cochabambino, principalmente. Podemos imaginar, reconstruir, el paisaje valluno de su época, con la lectura de sus textos. Más aun, evidencia las interacciones del poblador con ella, como parte de la cultura del valle. Estos temas son discutidos en el análisis del fragmento inicial del cuento “Noche de fiesta”, escrito por Zamudio a principios de siglo XX.

El cuento, una historia trágica, inicia con  una descripción del amanecer en una comunidad detrás de la Recoleta, como nos ubica en un momento de la narración. Es un 3 de Mayo, fiesta de la Cruz, evento religioso relacionado con la fertilidad, muy importante en el ciclo agrícola valluno[1].  Es un celeste pálido que observa la narradora en el cielo, un color que suena a sosegada felicidad. Es la alborada valluna. Poco a poco, aparecen los rayos del sol, como hasta el día de hoy, primero en las cumbres del Tunari, y aparece el sol, esplendoroso y triunfante. El día comienza en el valle.

Los campesinos vallunos se levantan más temprano que de costumbre para la fiesta, y se dirigen hacia la feria  de la ciudad, bajando de la cabecera de las cuencas, ubicadas en el cuento en la zona de La Recoleta y Cala Cala, por sendas y atajos, muchas de ellas antiguas, que solo ellos conocen y utilizan.

Arriban a la feria, los varones arreando burros colmados de productos, y las mujeres “cargadas de comestibles, legumbres y hortalizas, frutas, quesillos y huevos” (Zamudio, 2013:79). Las mujeres en la sociedad rural cochabambina, han estado asociadas a la alimentación, por ello cargan en sus k’epis la diversidad productiva del valle, para vender, o tal vez cambiar, en el mercado. Pero, quienes son estos  campesinos? Probablemente piqueros, campesinos independientes, que no pertenecían a un patrón, con su pegujal propio,  y en la zona norte de la ciudad había muchos de ellos, con acceso al agua.

La feria era un espacio controlado por cholas, pequeños productores, por los piqueros. Las mujeres llevan sus mejores trajes, “un pesado rimero[2] de polleras”, de bayeta, multicolores. Caminan rápido para coger un buen lugar en la feria, terminar rápido sus intercambios comerciales, y “reclamar la parte de goce que a cada cual corresponde en aquel Día de la Cruz”. En el camino conversan entre ellas, intercambian información, socializan.

El paisaje que se percibe es húmedo, con mucha vegetación y agua. La zona es atravesada por varias torrenteras, una de ellas es descrita como un “torrente, bramador y terrible en sus crecientes”, baja desde la falda de la montaña, paralela a una vía carretera, hasta “la margen derecha del Rocha”. El cuerpo de agua está “encajonado en dos filas de pedregones apoyadas en dos murallas vegetales: sauces y molles que a gran altura entrelazan sus copas sobre su lecho”. Un exuberante túnel verde es el que nos presenta doña Adela, cortado en un tramo por un “tronco enhiesto, desplomado sobre el torrente”, que sirve de “puente natural a los vecinos”. En un claro del arbolado, se observa “las vagas  lontananzas del valle inmenso”, donde “bajo un cielo lejano, arboledas, llanuras y colinas, se pierden en la bruma del horizonte”. Y como marco del cuadro, tres árboles representativos del valle: sauce llorón, ceibo y una jarca “soberbia cuyo elegante pabellón corona de oro la escena” (Zamudio, 2013:80). En fin, es el valle de Cochabamba, hoy desaparecido.

El fragmento de “Noche de Fiesta”
“La alborada del tres de mayo surgió aquel año más que nunca serena y sonriente en su celeste palidez, se encendieron lentamente áureos fulgores que empezaron a teñir las cumbres; el disco luminoso hizo por fin, en el Oriente, su aparición triunfal, y la poblada vega[3] acabó de despertar al impulso de sus rayos.

En los días de fiesta, las familias labriegas comienzan la faena más temprano que de costumbre. Llegando por atajos y senderos, hombres arreando borricos y mujeres cargadas de comestibles, legumbres y hortalizas, frutas, quesillos y huevos, ingresaban por los caminos de la ciudad, engrosando cada vez más las filas de vendedores en marcha hacia la plaza de feria. Las mujeres, a pesar de su carga, y del pesado rimero de polleras sujeto a su cintura, marchaban apresuradas a cual más. Cruzábanse entre ellas saludos y preguntas y se entablaban diálogos interrumpidos en seguida, porque quien podía, dejaba atrás a las compañeras.

En todos los semblantes, animados y risueños, leíase el ansia de terminar cuanto antes el negocio y volver a la campiña a reclamar la parte de goce que a cada cual corresponde en aquel Día de la Cruz.

Paralelo a la vía carreta, que partiendo de la margen derecha del Rocha, al Norte de la ciudad, asciende hacia la falda de la montaña, un torrente, bramador y terrible en sus crecientes, descienden en línea recta encajonado en dos filas de pedregones apoyadas en dos murallas vegetales: sauces y molles que a gran altura entrelazan sus copas sobre su lecho. Dos cuadras más debajo de esa vía carretera que torciendo hacia la izquierda se dilata a lo largo de la vega, entre aldehuelas y caseríos pintorescos, un tronco enhiesto, desplomado sobre el torrente, estorba el paso. Nadie lo mueve porque sirve de puente natural a los vecinos. La corriente sigue su curso, pero la senda impresa sobre la arena a orillas del arroyo, se desvía hacia un callejón que conduce al río. La gran muralla de árboles termina bruscamente en aquel punto, dejando un claro en que se perfilan las vagas lontananzas del valle inmenso. Más allá de la ciudad, bajo un cielo lejano, arboledas, llanuras y colinas, se pierden en la bruma del horizonte. Formando marco a este claror del cielo, se destacan, a los ojos de quien desciende por la senda del torrente, la obscura y enigmática silueta de tres gigantes: a un lado, un sauce de Castilla y un gran ceibo, y al otro, una jarca soberbia cuyo elegante pabellón corona de oro la escena” (Zamudio, 2013: 79-80).

Referencias bibliográficas
Ayllón, Virginia (2013). Estudio introductorio a Cuentos, de Adela Zamudio.
Zamudio, Adela (2013) Cuentos. La Paz: Plural Editores. 330 pp.

IMAGEN: Un ceibo del pintor Raúl G Prada. 1934.



[1] De ahí la importancia del santuario de Santa Vera Cruz, a cuya fiesta indígenas y cholos han asistido desde tiempo atrás.
[2] Rimero. Montón de cosas puestas unas sobre otras
[3] Vega. Terreno bajollano y fértil (https://dle.rae.es/?id=bQsI20e).