Mostrando entradas con la etiqueta ecocrítica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ecocrítica. Mostrar todas las entradas

miércoles, 2 de febrero de 2022

UN POEMA SOBRE LA COCA DEL SIGLO XVII TRADUCIDO POR JORGE ZABALA Carlos Crespo Flores

Abraham Cowley (1618 – 1667). Poeta y ensayista inglés. Londinense, fue uno de los principales poetas del siglo XVII. Cowley es conocido por haber provisto la referencia más temprana sobre la coca, en la literatura inglesa. Se encuentra en el quinto libro de su trabajo postumo en latín Plantarum libri sex (1668; traducido como Seis libros de Plantas (Six Books of Plants), en 1689.

 Jorge Zabala realizó una traducción del poema de Cowley, en el libro “Hojas del Adivino”, y nos recuerda que es considerado “el poeta de la botánica”. El poema, precisa Jorge, “ha sido tomado cuando Baco ofrece una copa de vino a una deidad americana”.

 Pero, la fuente del poema extraído por el escritor cochabambino, es el libro de W. Golden Mortimer, Peru. History of coca, "the divine plant" of the Incas; with an introductory account of the Incas, and of the Andean Indians of today, de 1901. En esta publicación también encontramos la imagen original de la Mama Coca, que acompaña a la traducción, una acuarela de un tal Robida con el título de “Mama Coca presentando la “Divina Planta” al Viejo Mundo”.

 Se presenta la versión original, de Abraham Cowley, y luego la traducción de Zabala.

 

ÁÁÁÁÁÁÁ 

He, unaccustom'd to the acid Juice
Storm'd, and with blows had answer'd the Abuse,
But fear'd t'engage the European Guest,
Whose Strength and Courage had subdu'd the East;
He therefore chooses a less dang'rous fray,
And summons all his Country's Plants away:      
Forthwith in decent Order they appear,
And various Fruits on various Branches wear;
Like Amazons they stand in painted Arms,
Coca alone appear'd with little Charms,
Yet lead the Van, our scoffing Venus scorn'd
The shrub-like Tree, and with no Fruit adorn'd.
The Indian Plants, said she, are like to speed       
In this Dispute of the most fertil Breed,
Who choose a Dwarf and Eunuch for their Head.
Our Gods laugh'd out aloud at what she said.
Pachamama defends her darling Tree,
And said the wanton Goddess was too free,
You only know the fruitfulness of Lust,
And therefore here your Judgment is unjust,
Your skill in other off-springs we may trust.
With those Chast Tribes that no distinction know
Of Sex, your Province nothing has to do.
Of all the Plants that any Soil does bear,
This Tree in Fruits the richest does appear,
It bears the best, and bears 'em all the year.      
Ev'n now with Fruit 'tis stor'd -- why laugh you yet?
Behold how thick with Leaves it is beset,
Each Leaf is Fruit, and such substantial Fare
No Fruit beside to Rival it will dare.
Mov'd with his Countries coming Fate, (whose Soil
Must for her Treasures be expos'd to spoil)
Our Viracocha first this Coca sent,
Endow'd with Leaves of wondrous Nourishment,
Whose Juice suck'd in, and to the Stomach ta'n
Long Hunger and long Labour can sustain;      
From which our faint and weary Bodies find
More Succour, more they chear the drooping Mind,
Than can your Bacchus and your Ceres join'd.
Three Leaves supply for six days march afford,
The Quitoita with this Provision stor'd,
Can pass the vast and cloudy Andes o'r,
The dreadful Andes plac'd 'twixt Winters store
Of Winds, Rains, Snow, and that more humble Earth,
That gives the small but valiant Coca Birth;
This Champion that makes war-like Venus Mirth.
|       
Nor Coca only useful art at home,
A famous Merchandize thou art become;
A thousand Paci and Vicugni groan,
Yearly beneath thy Loads, and for thy sake alone
The spacious World's to us by Commerce known.
Thus spake the Goddess, (on her painted Skin
Were figures wrought) and next calls Hovia in.
That for its stony Fruit may be despis'd,
But for its Vertue next to Coca priz'd.
Her shade by wondrous Influence can compose,
And lock the Senses in such sweet Repose,      
That oft the Natives of a distant Soil
Long Journeys take of voluntary Toil,
Only to sleep beneath her Branches shade:
Where in transporting Dreams, entranc'd they lye,
And quite forget the Spaniards Tyranny.

 

ÁÁÁÁÁÁÁ 

La Venus del Sol  

El, desacostumbrado al ácido jugo,

tormentoso, y con golpes respondió al abuso,

mas temió comprometer al huésped europeo,

toda la fuerza y el coraje habían sometido al Oriente;

por ello elige un Combate menos peligroso,

y llama todas las plantas del país lejanas;

en el acto en decente orden aparecen,

y varios frutos sobre varias ramas llevan.

Como amazonas se erigen con brazos pintados,

la coca sola aparece con pocos encantos,

aunque conduce el carro, la burlesca Venus desprecia.

 

El árbol como arbusto, y sin frutos adornado,

las plantas Indias, dijo ella tienden apresurarse

en esta contienda de la más fértil raza,

quienes eligen a un enano y  eunuco por mando;

nuestros dioses rieron con fuerza a lo que ella dijo.

Pachamama defiende su querido árbol

y dijo que la diosa lasciva era demasiado libre;

sólo conoces la fecundidad del deseo,

y por ello aquí tu juicio es injusto,

tu habilidad en otras ramas podemos confiar,

Con esas virtuosas tribus que no conocen distinción

de sexo, tu provincia nada tiene que hacer.

 

De todas las plantas que da cualquier suelo,

este árbol en frutos el más rico parece,

los da mejores y los da todo el año.

Aún ahora con frutos almacenado - ¿porque ríes todavía?

mira cuán lleno de hojas se halla;

cada hoja es fruto, y tan sustancial pasaje,

no fruto a su lado se atreverá a rivalizaría.

Conmovido por el destino de su país (la tierra toda

mitiga que sus tesoros se echen a perder)

nuestro Viracocha primero envió esta coca,

dotada con hojas de maravilloso alimento,

cuyo jugo succionado, y al estómago llevado

larga hambre y largo trabajo puede sostener;

del cuál nuestros cuerpos sin aliento y abrumados hallan

más socorro, más coraje la mente desanimada,

que puedan tu Baco y Ceres juntos.

Tres hojas provistas dan para seis días de marcha;

el quiteño con esta provisión dotado

puede atravesar el vasto y nublado Andes,

el terrible Andes ubicado entre la provisión invernal

de vientos, lluvias, nieve, y en esa más humilde tierra,

que da vida a la pequeña, mas valiente, Coca;

este Campeón que hace guerra cual risa de Venus.

Ni eres Coca sólo arte útil del hogar,

una famosa mercancía te has vuelto;

mil alpacas y vicuñas gimen

al año bajo tus fardos, y por tu sola causa

por el comercio conocemos el espacioso mundo.

 

Así habló la diosa (sobre su piel pintada

estaban figuras labradas) y después llamó a Fermento,

el que por su fruto pétreo puede ser despreciado,

mas por su virtud junto a la coca apreciado.

Su sombra por maravillosas influencias puede componer

y encerrar los sentidos en tan dulce reposo

que a veces nativos de un suelo distante

largos viajes hacen de faena voluntaria,

sólo para dormir bajo la sombra de sus ramas;

donde en transportadores sueños en trance yacen

y del todo olvidan la tiranía de los españoles.

 

en “Libro de Plantas”. Abraham Cowley, 1662

De la versión inglesa, Jorge Agrícola

 

FUENTES:

Texto inglés

https://cowley.lib.virginia.edu/CowPlan/CowPlan.part_5.div1.html

imagen

“Mama coca apparaissant aux Espagnols”

Ilustración de Robida para la edición francesa del libro W.G. Mortimer: L’historie de la coca (1901)




 

 

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Carlos Crespo/Laura Crespo (2020) Elementos para una historia ambiental del río Rocha. Un enfoque ecocrítico y biorregional. PARA DESCARGAR

 No pudimos entregar la versión papel, pero sí la versión digital. Que lo disfruten!!! 

Carlos Osbaldo Crespo Flores & Laura Irma Crespo Peñaranda (2020) Elementos para una historia ambiental del río Rocha. Un enfoque ecocrítico y biorregional. Cochabamba: Centro Andino para la Gestión y Uso del Agua (Centro AGUA-UMSS). 209 pp.

https://drive.google.com/file/d/1e8vgAR7qWUEdNtMShavdoVOv5hD4VZNw/view?usp=sharing


lunes, 5 de agosto de 2019

NATURALEZA Y CULTURA EN ADELA ZAMUDIO. UN FRAGMENTO DEL CUENTO “NOCHE DE FIESTA” -Carlos Crespo Flores

Para Doña Ercilia

 Blanca Wierthuchter y Virginia Ayllón, han mostrado la estrecha relación de la escritura de Adela Zamudio con el paisaje cochabambino (Ayllón, 2013:39). La escritora cochabambina muestra una gran sensibilidad con la naturaleza del valle cochabambino, principalmente. Podemos imaginar, reconstruir, el paisaje valluno de su época, con la lectura de sus textos. Más aun, evidencia las interacciones del poblador con ella, como parte de la cultura del valle. Estos temas son discutidos en el análisis del fragmento inicial del cuento “Noche de fiesta”, escrito por Zamudio a principios de siglo XX.

El cuento, una historia trágica, inicia con  una descripción del amanecer en una comunidad detrás de la Recoleta, como nos ubica en un momento de la narración. Es un 3 de Mayo, fiesta de la Cruz, evento religioso relacionado con la fertilidad, muy importante en el ciclo agrícola valluno[1].  Es un celeste pálido que observa la narradora en el cielo, un color que suena a sosegada felicidad. Es la alborada valluna. Poco a poco, aparecen los rayos del sol, como hasta el día de hoy, primero en las cumbres del Tunari, y aparece el sol, esplendoroso y triunfante. El día comienza en el valle.

Los campesinos vallunos se levantan más temprano que de costumbre para la fiesta, y se dirigen hacia la feria  de la ciudad, bajando de la cabecera de las cuencas, ubicadas en el cuento en la zona de La Recoleta y Cala Cala, por sendas y atajos, muchas de ellas antiguas, que solo ellos conocen y utilizan.

Arriban a la feria, los varones arreando burros colmados de productos, y las mujeres “cargadas de comestibles, legumbres y hortalizas, frutas, quesillos y huevos” (Zamudio, 2013:79). Las mujeres en la sociedad rural cochabambina, han estado asociadas a la alimentación, por ello cargan en sus k’epis la diversidad productiva del valle, para vender, o tal vez cambiar, en el mercado. Pero, quienes son estos  campesinos? Probablemente piqueros, campesinos independientes, que no pertenecían a un patrón, con su pegujal propio,  y en la zona norte de la ciudad había muchos de ellos, con acceso al agua.

La feria era un espacio controlado por cholas, pequeños productores, por los piqueros. Las mujeres llevan sus mejores trajes, “un pesado rimero[2] de polleras”, de bayeta, multicolores. Caminan rápido para coger un buen lugar en la feria, terminar rápido sus intercambios comerciales, y “reclamar la parte de goce que a cada cual corresponde en aquel Día de la Cruz”. En el camino conversan entre ellas, intercambian información, socializan.

El paisaje que se percibe es húmedo, con mucha vegetación y agua. La zona es atravesada por varias torrenteras, una de ellas es descrita como un “torrente, bramador y terrible en sus crecientes”, baja desde la falda de la montaña, paralela a una vía carretera, hasta “la margen derecha del Rocha”. El cuerpo de agua está “encajonado en dos filas de pedregones apoyadas en dos murallas vegetales: sauces y molles que a gran altura entrelazan sus copas sobre su lecho”. Un exuberante túnel verde es el que nos presenta doña Adela, cortado en un tramo por un “tronco enhiesto, desplomado sobre el torrente”, que sirve de “puente natural a los vecinos”. En un claro del arbolado, se observa “las vagas  lontananzas del valle inmenso”, donde “bajo un cielo lejano, arboledas, llanuras y colinas, se pierden en la bruma del horizonte”. Y como marco del cuadro, tres árboles representativos del valle: sauce llorón, ceibo y una jarca “soberbia cuyo elegante pabellón corona de oro la escena” (Zamudio, 2013:80). En fin, es el valle de Cochabamba, hoy desaparecido.

El fragmento de “Noche de Fiesta”
“La alborada del tres de mayo surgió aquel año más que nunca serena y sonriente en su celeste palidez, se encendieron lentamente áureos fulgores que empezaron a teñir las cumbres; el disco luminoso hizo por fin, en el Oriente, su aparición triunfal, y la poblada vega[3] acabó de despertar al impulso de sus rayos.

En los días de fiesta, las familias labriegas comienzan la faena más temprano que de costumbre. Llegando por atajos y senderos, hombres arreando borricos y mujeres cargadas de comestibles, legumbres y hortalizas, frutas, quesillos y huevos, ingresaban por los caminos de la ciudad, engrosando cada vez más las filas de vendedores en marcha hacia la plaza de feria. Las mujeres, a pesar de su carga, y del pesado rimero de polleras sujeto a su cintura, marchaban apresuradas a cual más. Cruzábanse entre ellas saludos y preguntas y se entablaban diálogos interrumpidos en seguida, porque quien podía, dejaba atrás a las compañeras.

En todos los semblantes, animados y risueños, leíase el ansia de terminar cuanto antes el negocio y volver a la campiña a reclamar la parte de goce que a cada cual corresponde en aquel Día de la Cruz.

Paralelo a la vía carreta, que partiendo de la margen derecha del Rocha, al Norte de la ciudad, asciende hacia la falda de la montaña, un torrente, bramador y terrible en sus crecientes, descienden en línea recta encajonado en dos filas de pedregones apoyadas en dos murallas vegetales: sauces y molles que a gran altura entrelazan sus copas sobre su lecho. Dos cuadras más debajo de esa vía carretera que torciendo hacia la izquierda se dilata a lo largo de la vega, entre aldehuelas y caseríos pintorescos, un tronco enhiesto, desplomado sobre el torrente, estorba el paso. Nadie lo mueve porque sirve de puente natural a los vecinos. La corriente sigue su curso, pero la senda impresa sobre la arena a orillas del arroyo, se desvía hacia un callejón que conduce al río. La gran muralla de árboles termina bruscamente en aquel punto, dejando un claro en que se perfilan las vagas lontananzas del valle inmenso. Más allá de la ciudad, bajo un cielo lejano, arboledas, llanuras y colinas, se pierden en la bruma del horizonte. Formando marco a este claror del cielo, se destacan, a los ojos de quien desciende por la senda del torrente, la obscura y enigmática silueta de tres gigantes: a un lado, un sauce de Castilla y un gran ceibo, y al otro, una jarca soberbia cuyo elegante pabellón corona de oro la escena” (Zamudio, 2013: 79-80).

Referencias bibliográficas
Ayllón, Virginia (2013). Estudio introductorio a Cuentos, de Adela Zamudio.
Zamudio, Adela (2013) Cuentos. La Paz: Plural Editores. 330 pp.

IMAGEN: Un ceibo del pintor Raúl G Prada. 1934.



[1] De ahí la importancia del santuario de Santa Vera Cruz, a cuya fiesta indígenas y cholos han asistido desde tiempo atrás.
[2] Rimero. Montón de cosas puestas unas sobre otras
[3] Vega. Terreno bajollano y fértil (https://dle.rae.es/?id=bQsI20e).

viernes, 14 de septiembre de 2018

Cochabamba y el paisaje desaparecido. A propósito de un poema de RIGOBERTO TORRICO






Carlos Crespo Flores

El paisaje del valle cochabambino. Solo quedan recuerdos. Y son los que están alejados del lugar que los vio nacer quienes la añoran y sueñan. Pero, son los poetas que lo declaran desde el verso.

La literatura cochabambina ha tomado atención, celebrado y descrito el paisaje, su flora y fauna; pero también las interacciones del valluno, urbano o rural, con su entorno, de las relaciones de poder existentes bajo este fondo.

Quiero referirme al poeta local Rigoberto Torrico, (1858-1916), proveniente de una familia tradicional valluna, quien en su poema "A Cochabamba", habla desde el cochabambino ausente. Extraigo tres versos directamente relacionados con el propósito del presente texto:

“Y mis ojos no encuentran las delicias
de tus campos floridos, que embalsaman
tus auras, con aromas celestiales,
con aromas de flores, que hoy le faltan.

El aire que aspiraba en ti mi pecho,
mezclado del perfume de la acacia,
del mirto, del azahar, clavel y rosa,
que es el ambiente que de de ti se exala;

hoy no lo aspiro ya, mi pecho sufre
sin tu aliento, mi amada Cochabamba,
y tu recuerdo, tierra de las flores,
tierra de promisión, enferma a mi alma.”

Los ojos del poeta están hambrientos del paisaje valluno, de los "campos floridos", los aromas de las plantas y flores. Es tal el deseo que hasta el alma se "enferma".

Se debe destacar el conocimiento que tiene Torrico de la flora local, árboles y flores. Entre los primeros, seguramente se refiere a la "acacia boliviana", también conocida como "churqui", una especie forestal local de las cientas extendidas en el planeta. Pero también menciona el mirto, un arbusto propio de la formación tucumano boliviana, conocido en el país como "arrayan". Asimismo, el poeta suspira por el perfume de la flor de azahar, denominación para la flor del naranjo y el limonero, especies introducidas durante la Colonia. Finalmente, señala el clavel y la rosa, plantas de jardín, también traídas por los españoles; estas flores, en los siglos XIX y parte del XX, solo era posible verlas en jardines de las élites vallunas, sea haciendas, casas quinta o casonas urbanas. Ese era el entorno del poeta.

Este escenario no existe más. La intolerancia depredadora, a nombre de la modernización y el progreso, han destruido el valle. Pero, los aedos locales nos lo han recordado periódicamente.

Cochabamba, septiembre 2018

IMAGEN: Detalle de árbol de acacia boliviana o churqui

jueves, 19 de julio de 2018

Juan de la Rosa y un mito cosmogónico valluno

Lucas Cranach the Elder - Adam and Eve

Carlos Crespo Flores

En la cuenta larga del valle cochabambino, uno de espacios más valorados y admirados por su belleza y fertilidad  ha sido la campiña de Cala Cala. De hecho, cuando el inca Tupac Yupanki consolida este territorio para el imperio, Cala Cala es el lugar donde construye un “pequeño patrimonio” personal, incluyendo un aqllawasi (casa de mujeres vírgenes del inca) y baños. Innumerables arroyos y vertientes de agua la atravesaban, convirtiéndola en una zona húmeda y exuberante.

Cala Cala ha sido celebrada por poetas, cronistas e historiadores. Alcides D’Orbigny, quien estuvo por la ciudad en 1832, la definía como “el bonito caserío de Calacala, con sus árboles verdes, lugar de cita de los paseantes, sitio elegido para los paseos campestres de los ciudadanos”. Julio Rodríguez, prócer de la élite local, en una biografía familiar recordando la década de 1860, hablaba de los recorridos para “k’uquear” por las huertas de Calacala”. A fines de 1910, el protagonista de la novela de Demetrio Canelas, “Aguas Estancadas”, organiza una fiesta en las "suaves frondas del verdeante bosque de naranjos de Calacala"; y describe: "Nada más bello y amable que aquella floresta de Calacala, reclinada a las faldas de la cordillera del Tunari”. La misma Adela Zamudio tenía una pequeña casa de campo en Cala Cala, donde se refugiaba los fines de semana para escribir, atender a los sobrinos y su jardín.

La magnificencia de la campiña calacaleña impulsó a Nataniel Aguirre proponer a esta parte del valle como el probable escenario del bíblico paraíso terrenal. En una escena de la novela Juan de la Rosa, el protagonista, Juanito, está a punto de enfrentar a Padre Arredondo, por sus inclinaciones a favor de los patriotas. A punto de recibir un duro castigo, Juanito reflexiona sobre el clima y el paisaje valluno de Cala Cala:

“¡Benditos meses de marzo y abril! ¡De cuánta gala sabéis revestir vosotros la hermosa tierra en que he nacido! Si los demás meses del año se os pareciesen, si a lo menos los de septiembre y octubre no fueran tan mezquinos de lluvias y quisieran estimularse con el ejemplo del generoso febrero, para impedir que el sol sediento se beba toda el agua del Rocha y de las lagunas, yo sostendría con muy buenas razones que Eva cogió el fruto prohibido en Cala Cala, aunque me trajesen juramentado al Inca Garcilaso de la Vega, para que declarase a mi presencia que los españoles hicieron venir de la Península el primer árbol de manzanas; porque el Génesis no dice que fue aquel fruto precisamente una manzana, y pudo ser una chirimoya, una vaina de pacay o cualquier otro de los deliciosos frutos de nuestros bellísimos árboles indígenas.”

Aguirre está situando un mito cosmogónico según la tradición judeo cristiana, en el valle, pues está emplazando en Cala Cala el origen de la creación del mundo, otorgando a la campiña, por tanto, un sentido más allá del tiempo histórico. Este es un mito bioregional, pues está articulado a la ecología de la zona, y el novelista escribe desde el conocimiento de su hábitat.

Los mejores meses del año en Cochabamba han sido los de la temporada lluviosa, entre febrero a abril particularmente, donde el valle, en este caso Cala Cala, se torna verde y florido; época de abundancia de frutas, maíz, trigo, papa. Es el momento paradisíaco. Mientras que, entre agosto a noviembre, la lluvia está ausente, la humedad disminuye y el agua (incluyendo el del río Rocha) es escasa. Aguirre sabe y lo retrata

Respecto a la fruta prohibida, efectivamente en Génesis 3:1-3 leemos: “La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que Yahvé Dios había hecho. Dijo a la mujer: «¿Cómo os ha dicho Dios que no comáis de ninguno de los árboles del jardín?» Respondió la mujer a la serpiente: «Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Más del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte.» El texto bíblico no explicita que haya sido una manzana la fruta que sedujo a Eva y Adán (especie introducida por los españoles, como Garcilazo de la Vega podría atestiguar), imagen construida por el cristianismo oficial. Pudo haber sido alguno de los sabrosos “árboles indígenas" del valle cochabambino, como el pacay o la chirimoya.

Hoy, Cala Cala, como en el pasado, continúa siendo una zona donde habitan las elites de la ciudad, aunque los cambios son evidentes. La sensación de Juanito respecto a la sequedad del valle durante una época del año, hoy es lo normal: el “sol sediento se ha bebido” las aguas superficiales y subterráneas, las áreas de cultivo y la masa arbórea han desaparecido en pro del cemento y la urbanización kitsch. Tal el paisaje dominante cala caleño. Solo nos queda la memoria literaria de este hermoso mito de creación valluno.

viernes, 11 de mayo de 2018

MI CIUDAD DESAPARECIÓ



Carlos Crespo Flores


Es el título de una conmovedora canción de la banda The Pretenders. Chrissie Hynde, su vocalista, la escribió en 1982 luego de regresar a su ciudad natal, Akron, Ohio, solo para descubrir que el “desarrollo” y la cultura del automóvil, habían despojado a la ciudad de su carácter y destruido los lugares en los que había crecido: “Volví a Ohio/Pero mi ciudad se había ido/…Todos mis lugares favoritos/Mi ciudad había sido derribada/Reducida a espacios de parqueo”.

Es el mismo sentimiento que me acoge contemplando la ciudad de Cochabamba, la urbe marketineada por el actual gobierno municipal como “sorprendente” o la “ciudad de todos”. El hábitat valluno donde crecí y amé no existe más, ha sido reemplazado por un espacio urbano polucionado, segregado y vigilado. El Estado y el Mercado en sus ángulos mas temibles ha llegado como una aplanadora, tranformando irreversiblemente la campiña valluna.

Soy parte de una generación que se curtió principalmente en la calle, el barrio, desarrollando un sentido de pertenencia al lugar, al microespacio, por tanto una identidad local. De esta manera, se podía hablar de los “caracoteños”, “calacaleños”, “sarqueños”, o “jauhuayqueños”. En mi caso, provengo de la “9 de Abril” y luego del “Complejo Fabril”. Hoy, no existen más tales identidades: la homogeneización paisajistica kitch del cemento (“ch’ojcha” llamaría el escritor Juan Cristobal Mac Leran) y el síndrome de desconfianza en el “otro” en nombre de la inseguridad, han debilitado irreversiblemente la imagen de la ciudad y sus diversas sensibilidades/imaginarios espaciales.

Lamentablemente no puedo ignorar que la población local valluna ha aceptado la transformación de la ciudad. En una suerte de servidumbre voluntaria ambiental, ha internalizado como un valor positivo la destrucción paisajística: son los mismos vecinos que cortan árboles, admiten el cementado de áreas verdes y la construcción de infraestructuras inútiles en espacios protegidos. La tierra de los poetas Man Cesped y Adela Zamudio, amantes de la naturaleza del valle, ha sido arrasada por sus mismos habitantes. Más aún, los cochabambinos han caído en la adicción petrolera; ricos y pobres, indios, cholos y criollos, asumen que el automóvil es el símbolo del progreso y la modernidad, a la que se debe acceder (tanto que el presidente del Estado Plurinacional lo ha considerado un derecho humano). Y cerrando la tragedia, el discurso de la inseguridad, por tanto la desconfianza en el otro se ha impuesto: frente a la violencia y la inseguridad se acepta incrementar los gastos defensivos, desde la vigilancia policial barrial, pasando por las cámaras de seguridad, hasta el autoencierro espacial, como se evidencia con el crecimiento de condominios y barrios cerrados. El miedo es el dispositivo más eficaz para establecer una sociedad de disciplinamiento y control.

Volví a Ohio/Pero mi bonita campiña/Había sido pavimentada por el medio/Por un gobierno que no tenía orgullo”, se lamenta Hynde. Como la ciudad norteamericana, en Cochabamba hemos perdido el paisaje que hacía exclamar en quechua al poeta Saturnino Olañeta a fines del S XIX: “Nuestra ciudad, Cochabamba,/Se aduerme al pie del Tunari./Toda colmada de flores,/Cuán bella es nuestra ciudad.No se conoce la pena,/Tan solo existe la hemosura/Y todos, sin que falte uno,/Viven alegres en ella”. Sean de derecha o izquierda, liberales o marxistas, nuestros gobernantes han sido seducidos por la ideología del progreso y “le meteremos nomás”. 

Al biólogo Francisco Varela le preguntaron alguna vez si veía soluciones a la crisis actual, este respondió que los lunes, martes y miécoles era optimista para encontrar salidas, pero el resto de los días de la semana no las avizoraba y se hallaba pesimista. Hoy me encuentro en esos días oscuros. Lo siento.


The Pretenders - My City Was Gone