miércoles, 25 de septiembre de 2013

El camino alternativo y convivencial de Iván Illich



A 10 años de su fallecimiento, Iván Illich es considerado un importante precursor de diversos movimientos sociales-ambientales, entre ellos el decrecimiento. Desde inicios de los años setenta, evidenció la incongruencia del sistema político-económico y sus “bondadosos” conceptos míticos como el progreso, el desarrollo y el crecimiento económico ilimitado. Criticó con tenacidad la crispante demanda de energía, la competitividad  capitalista y la jerarquización entre naciones e individuos. Asimismo, atacó la eficiencia y deshumanización de instituciones casi incuestionables, como lo son las escuelas y los hospitales. Acompañado de un connotado grupo de intelectuales, transformó Cuernavaca en un centro de debate humanista e intercultural de renombre mundial, del cual continúan emanando flamantes ideas que vale la pena conocer.

En este año que se va, un puñado de discípulos de Iván Illich y decenas de sus lectores han conmemorado los 10 años del fallecimiento de su otrora maestro. Reunidos en Cuernavaca del 13 al 15 de diciembre, comentaron y profundizaron la obra que el sacerdote austriaco publicó a través del Centro Intercultural de Documentación (Cidoc) en los años 70. Dichos textos, anticiparon la inviabilidad de un sistema político-económico orientado a la acumulación infinita y egoísta de capital.  Hoy las reflexiones de Illich parecen una profecía, sin embargo ¿qué estamos haciendo hoy para enderezar el rumbo de nuestro camino hacia un mundo donde quepan todos los mundos?.

Peripecias de la vida
Illich nació en Viena por el año de 1926. Su madre tenía ascendencia judía y su padre era católico de origen dálmata (actualmente Croacia). Desde niño se benefició de su atmósfera intercultural y de forma prematura comenzó a dominar varios idiomas (a lo largo de su vida llegó a hablar 8 fluidamente). Para 1938, tras la anexión alemana de Austria, la situación de Illich se complicó por su parentesco judío, por lo que se vio obligado a migrar a Italia, donde vivió principalmente entre Florencia y Roma.

En Italia estudió química y posteriormente teología en la Universidad Gregoriana de Roma, donde se formó como sacerdote. Fue postulado para ser cardenal, sin embargo se negó a encumbrarse en la jerarquía católica y optó por continuar sus estudios en Estados Unidos. Aunque su objetivo era estudiar en la Universidad de Princeton, su llegada a Nueva York le hizo conocer la discriminación que padecían varias comunidades católicas, en particular los puertorriqueños, motivo por el cual decidió quedarse en la Gran Manzana, con la intención de apoyar la integración social de los latinoamericanos.

Su contacto con las minorías hispanohablantes lo llevó a abandonar Estados Unidos y vivir en Puerto Rico, país donde rápidamente fue nombrado vicerrector de la Universidad Católica de Ponce. Desde ahí forjaría las bases de su famosa crítica a la escolarización.

Braulio Hornedo, discípulo de Illich y promotor de sus ideas, asegura que Illich tuvo un duro y marcante choque ideológico en la isla caribeña: “Durante las elecciones presidenciales, un candidato promovió el control de la natalidad. La jerarquía católica puertorriqueña rechazó abiertamente este programa, pero Illich tuvo el atrevimiento de apoyarlo. Este hecho acarreó un conflicto político que lo obligó a abandonar la isla.”

Viaje Iniciático
Al dejar Puerto Rico, Illich decidió abandonar la vida laboral para realizar un viaje liberatorio, a pie y con escasos recursos por América Latina. Recorrió Argentina, Paraguay, Uruguay y Bolivia, intentó cruzar la cordillera de los Andes, pero no lo consiguió, pues sufrió un desmayo de dos días por mal de altura e insolación. En esas condiciones fue ayudado por una familia humilde de campesinos indígenas que cuidaron de él. Aquella anécdota se convertiría en el recuerdo más trascendente de su viaje y, según palabras de Braulio Hornedo, “en el accidente de los Andes, Iván conoció directamente la riqueza de la pobreza. Observó que la cultura de solidaridad de las comunidades campesinas era mayor que en las ciudades. Gracias a esta experiencia vislumbró la necesidad de que estas culturas marcadamente diferentes dialogaran en igualdad de condiciones.”

Para 1961, el obispo dela Diócesis de Cuernavaca, Sergio Méndez Arceo, conocido por sus ideas socialistas y apego a la Teología de la Liberación, invitó a Illich a radicar en la ciudad de la eterna primavera. Desde ahí Illich se separó definitivamente de la Iglesia católica, institución que llegó a considerar una mafia mercantilista similar a cualquier empresa.

Debate intercultural
En 1966, Iván Illich y otros intelectuales fundaron el Centro Intercultural de Documentación (CIDOC), sitio que fue concebido originalmente para preparar a misioneros gringos en México, pero que, paulatinamente, ganó prestigio por sus reveladoras críticas a las instituciones más representativas del llamado “progreso”.

Desde Cuernavaca, Illich encabezaría una dura crítica a la escuelas, al afirmar que se habían convertido en la religión secular de nuestro tiempo. “Ahí se doma al hombre para convertirle en un ser de provecho. El valor del hombre se mide por el número de horas de clases visitadas. Los exámenes y los diplomas son los únicos carnés de identidad que conoce esta sociedad. La entrada en clase anuncia la integración en la maquinaria de producción y consumo que nos espera, de ahí que la proscripción de nuestra economía inhumana, sólo se pueda conseguir negando el tributo de obediencia a la escuela obligatoria”.

Asimismo, Illich fue de los primeros críticos en denunciar qué se escondía detrás de la sofisticada propaganda estadounidense conocida como Alianza para el Progreso, lanzada en 1961 por el presidente John F. Kennedy, con la supuesta finalidad de ayudar a los países latinoamericanos a salir del subdesarrollo. Desde su óptica, el subdesarrollo era un pretexto para intervenir económicamente en la región y despertar un mayor apetito consumista que terminaría por beneficiar a los gringos.

La producción del CIDOC comenzó a atraer a personalidades intelectuales de la talla de Erich Fromm, François Mitterrand, Paul Goodman, Ramón Xirau, Gabriel Zaid, entre muchos otros. Textos como La Sociedad Desescolarizada, Energía y equidad y Némesis médica se transformaron rápidamente en obras de culto en diversos círculos académicos.

Jean Robert, arquitecto suizo que llegó a tener una amistad muy cercana con Illich, relata  su curioso descubrimiento del CIDOC: “Estaba en Zúrich en 1968 cuando encontré un artículo extraordinario en una revista francesa sobre el centro dirigido por Iván Illich, quien era descrito como una mezcla extraña entre un sacerdote neoyorkino y un futbolista boliviano. Un hombre que había establecido un centro de verdadero debate intercultural que trataba de incluir en igualdad de circunstancias a países pobres y ricos.”

Jean conoció el CIDOC en 1972, se estableció en Cuernavaca y se involucró en sus discusiones hasta su disolución en 1976, cuando afirma Robert, fue cerrado por exceso de éxito. De igual manera, Illich reconoció que el CIDOC había obtenido una fama muy peligrosa, pues era considerada por el gobierno como una cuna de guerrilleros en plena Guerra Sucia; por ello, cerrarlo era una forma de cuidar la vida de sus colaboradores.

Medio Ambiente y Decrecimiento
El pensamiento de Illich promovió la simplicidad voluntaria e incitó a utilizar prioritariamente la energía personal que obtenemos directamente del alimento, antes que otras fuentes energéticas (petróleo), que al quedar liberadas generen inestabilidad en el medio ambiente. Por tal motivo, Illich se transportaba esencialmente a pie o en bicicleta, sólo en casos de fuerza mayor usaba transportes motorizados. De tal forma que sus consideraciones energéticas fueron pioneras en la construcción de la idea de “huella de carbono”, concepto que calcula la responsabilidad individual de emisiones de gases de efecto invernadero y nos permite una crítica individual sobre el peso directo de nuestras acciones sobre el entorno.

“El socialismo exige para la realización de sus ideales un cierto nivel en el uso de la energía: no puede venir a pie, ni en coche, sino sólo a velocidad de bicicleta”.

Hoy en día, el movimiento del decrecimiento que promueve una disminución regular del consumo material y energético, evacuando prioritariamente el material superfluo, en beneficio del crecimiento de las relaciones humanas, encuentra entre sus precursores el pensamiento de Illich, quien trató de construir una sociedad convivencial, consciente de su finitud y de la importancia de replantearse lo realmente esencial en sus necesidades. Resurge en sus ideas lo evidente. ¿Cómo pensar un crecimiento sostenible, en un mundo finito? La contradicción está ahí, a pesar de que políticamente no sea una idea popular. El concepto de decrecimiento busca que los pequeños productores tomen más decisiones, ejerzan una democracia participativa y reorganicen el mercado bajo con un criterio de comercio justo que permita el aprovechamiento óptimo de los recursos y no propague la cultura del despilfarro de la sociedad actual.

Últimos años
En 1977, Illich se convirtió en un filósofo itinerante. Rechazó varias ofertas universitarias y se dedicó a peregrinar por diversos países, principalmente Estados Unidos, México y Alemania.

A mediados de los años ochenta, un tumor cancerígeno comenzó a crecer en su cara, al que él mismo bautizó burlonamente como “la bola”. Aunque los médicos prácticamente lo desahuciaron, Illich aún alcanzó a vivir casi veinte años más, resistiéndose a cualquier tratamiento exterior, confió en la meditación y la yoga para establecer, según sus propias palabras, una pacífica y estoica convivencialidad  con la enfermedad. Murió en 2002, en Bremen, Alemania.

Autor: Luis Gabriel Urquieta
Nativo del Valle de Anáhuac, apasionado por los documentales, la ficción, el periodismo, la política ambiental y los viajes de mochila al hombro. Ha optado por una vida basada en la simplicidad voluntaria desde la caótica Ciudad de México. Desde hace años intenta movilizarse exclusivamente en bici a dondequiera que vaya. Promueve la conciencia ambiental a través de escritos,  pláticas y acciones directas. Estudió Derecho en la UNAM. Actualmente colabora en el Centro de Estudios Jurídicos y Ambientales (CEJA). Tiene una gran atracción por Oaxaca, Brasil y el medio oriente

lunes, 23 de septiembre de 2013

HERBERT READ -La renuncia a la palabra

Este trabajo apareció por vez primera en la revista internacional Folía Humanística. Artes, Ciencias, Letras, núm. 41, mayo 1966, a cuyo Consejo de Redacción pertenecía Herbert Read. Que el artículo apenas fuera conocido en España debido a la limitada difusión de dicha revista en nuestro país, llevó a la Redacción de Polémica a publicarlo en mayo de 1984 con el propósito de dar a conocer una muestra de la extensa y poco conocida obra de Herbert Read, uno de los principales teóricos libertarios del siglo XX.

Durante el primero de sus discursos radiados por la BBC, en octubre de 1965, George Steiner llamó la atención sobre un acontecimiento de la civilización moderna que nos reserva grandes discusiones. Apuntó hacia el hecho ineludible de que «los modos de aprehensión y comunicación verbales –los discursos y las palabras de la sintaxis tradicional– no son ya la quintaesencia, ni siquiera encierran auténtico significado, respecto de la comunicación y la escritura». Tiene hoy lugar cierto distanciamiento universal de la palabra: un desplazamiento de la expresión verbal y de la conciencia verbal primarias. Una pintura impresionista no es algo ante lo cual quepa ofrecer ninguna explicación fácil y acertada. No lo es tampoco ninguna pieza de música elegida al azar. Tales formas parecen declarar a todo el mundo su carácter de incomunicabilidad, cierta insistencia de que sobre ellas puede hablarse solamente empleando su propia terminología (una pintura abstracta, por ejemplo, puede decir algo vital sobre otra). El lenguaje no cubre ya por más tiempo todas las zonas que desearíamos de nuestra experiencia. No lo cubre, ni con exactitud, ni con riqueza.
Steiner, Director de Estudios de Inglés en el Churchill College de Cambridge, hablaba acerca del estado actual de los estudios del inglés en las universidades británicas y dudaba sobre si conseguirían importancia relevante en un mundo con creciente orientación científica, más y más dependiente siempre del lenguaje de las matemáticas, en un mundo lleno de anotaciones simbólicas y en clave. Tal es, por supuesto, un aspecto más del problema general de «las dos culturas»; y eventualmente nos hallaremos nosotros mismos enfrentados con esto, a partir de una elección que no puede ser ya formulada adecuadamente en términos académicos. Se halla envuelto en ello nada menos que el propósito y la significación de la vida humana, siendo de índole ética la elección última (la elección entre el bien y el mal).
Steiner sugirió que existían muy pequeños indicios demostrativos de que los estudios literarios enriquecían o estabilizaban la percepción moral, en cuanto humanizaban al estudiante. Esta conclusión se basa en cierta aproximación académica a determinados aspectos que son tal vez los más idóneos del tema elegido por Steiner («El estado actual de los estudios del inglés en las universidades británicas»). Me gustaría considerar el problema desde un punto de vista más general. Puede ser cierto que el estudio de las humanidades incluya muy poco para humanizar la sociedad: pero debemos distinguir, en esta esfera, entre el estudio y la práctica de las humanidades; y entonces, acto seguido, tal conclusión se hace menos evidente.
En otra ocasión deploré la fatal decisión que se tomó cuando el «English Tripos» fue establecido, en Cambridge, el año 1917. Se decidió entonces, de una manera totalmente arbitraria y sin tener en cuenta para nada las posibles consecuencias, que la disección y el análisis eran métodos adecuados para llegar a la literatura y que la escritura, como arte, no era materia adecuada para la enseñanza universitaria. Esta decisión marcó, de hecho, el inicio del primer alejamiento de la palabra. Las consecuencias finales de esta decisión no pudieron ser previstas, porque no se podía saber entonces que el ejemplo de Cambridge sería seguido por todas las universidades de habla inglesa, ni se podía saber que una escuela de crítica literaria se basaría sobre este método académico y triunfaría por igual en toda el área de la lengua inglesa. Steiner se inclina a atribuir esta evolución a un inevitable proceso histórico: las ciencias crecen más y más matemáticamente, los conceptos tradicionales de la sintaxis se convierten cada vez en menos adecuados. Yo no acepto este mito histórico. El verdadero hecho es que «la palabra» fue traicionada por algunas personas en ocasiones específicas y que la presente inefectividad de la «literatura como fuerza humanizante» nace lógicamente de esta decisión académica.
La literatura inglesa, en tanto que arte de creación, se ha visto sujeta a medio siglo de análisis estériles. No creamos que el fracaso en constituirse como fuerza humanizante en las universidades, o dondequiera que los juicios académicos son aceptados como decisión final, haya radicado en su propia debilidad. Fuera de las universidades, al margen de los criticismos académicos, la literatura inglesa ha proseguido su curso independiente y ha manifestado su innata vitalidad lingü̈ística. Los mejores escritores del inglés de nuestra época –Shaw, Yeats, Joyce, D.H. Lawrence y Faulkner– no solamente están fuera de toda tradición académica, sino que tan pronto como han tenido conciencia de ello lo han tratado con rotundo desprecio exterior. Baste rememorar la denuncia de Lawrence del intelectualismo árido de Cambridge, formulada en la fase alrededor de la cual se perpetró el asesinato de la palabra, La posición no ha cambiado: los mejores escritores de hoy día son «externos», incontaminados por la educación académica, indiferentes a los criticismos académicos.
Sin embargo, existe otra situación que amenaza a la palabra como medio de comunicación. El reemplazamiento de la descripción verbal por ciertas «notaciones simbólicas y codificadas» ha alcanzado efectos directos sobre la escritura en filosofía (y en otras materias, como la psicología o la sociología, que han renunciado a cualquier descripción verbal). Pero en el arte de la literatura –poesía– y del drama no se trata de ninguna cuestión acerca de algún nuevo lenguaje: la existencia y continuidad del arte mismo se ven amenazadas. Aunque pueda ser difícil en el presente concebir civilización ninguna sin su literatura representativa, ello sigue siendo una posibilidad. La palabra impresa se ve reemplazada por el entretenimiento visual o auditivo, recordado y difundido por medios mecánicos.
De acuerdo con Marshall McLuhan, el resultado final de esta evolución sería «volver al individualismo anticuado». La literatura (la palabra como medio de comunicación, entre individuo e individuo) también se convertiría en anticuada. El concepto total de arte como discurrir simbólico –resultado final de dos siglos de discriminación estética– pierde su sentido en una situación («el nuevo stress» electrónico) que excluye a la contemplación y a la meditación privadas. El siglo XX «ha trabajado por sí mismo, al margen de las condiciones de pasividad»: con poca conciencia, podríamos añadir, de las consecuencias. Podemos seguir a McLuhan y otros escritores, en este campo, previendo con optimismo las consecuencias de un progreso tecnológico que inevitablemente transformará nuestras actitudes (ordinarias o convencionales) y a la misma sociedad, como sistema económico; pero antes de que lleguemos a perder todo sentido de los valores en esta «la máxima entre todas las épocas humanas, ora en las artes, ora en las ciencias» (según la frase optimista de McLuhan), se encontrará habiéndose privado uno a sí mismo de toda razón obligatoria de existencia, aparte de cierto erectismo egoísta y autodestructivo.
McLuhan es el exponente de una especie de historicismo que ha sido criticado tan eficazmente por Karl Popper. La literatura –arte de todo tipo– es considerada como un epifenómeno: una actividad social subordinada a sobresalientes procesos tecnológicos de producción y arrastrada a flotar, o a hundirse, en el inevitable progreso de los sistemas de comunicación. El cambio mismo es aceptado como “la norma o el arquetipo de la vida social”.
Pero el arte se ve afectado no por este cambio sino por la estabilidad: por el equilibrio y no por el movimiento. Su primer propósito estriba en mediar entre el mundo interior de la psique y el mundo exterior de las realidades. Las obras de arte son puntos claves en este proceso de «reificación», de autoindividuación y autodestrucción. Ningún cambio en el sistema de comunicación puede alterar ni la necesidad básica, ni tampoco la manera según la cual se satisface ésta, mediante actividades creadoras. El arte es, en segundo lugar, una proyección simbólica de necesidades colectivas inconscientes: el artista desde el nivel de su grandeza puede crear, en la analogía de su autorrealización, obras complejas que funcionan como la «reificación» (o representación simbólica) de la inconsciencia co lectiva de la sociedad a la cual pertenece. En la evolución de la ciencia, o de la tecnología de los sistemas de comunicación, nada puede afectar ni a estas necesidades básicas humanas ni a los métodos básicos de satisfacerlas. Si la palabra y el arte de la literatura, basado en la palabra, deben convertirse en cosa del pasado, uno de los principales procedimientos de «reificación» se verá frustrado. Entonces puede surgir la cuestión de si la palabra tiene algún valor, especial o peculiar, para las funciones biológicas del arte: o bien, si estas funciones pueden ser cumplidas por otros medios, visuales o auditivos. McLuhan y otros que anuncian el alejamiento de la palabra admiten generalmente que las necesidades estéticas del hombre electrónico quedarán plenamente satisfechas por medios orales y visuales de comunicación. Yo no creo que esta suposición resulte justificada, por las razones que ahora intentaré exponer.
En un principio existió la palabra, el logos. Muchas páginas se han compuesto, merced a la imprenta del bueno de Guttenberg, para explicar este hecho místico: pero las mejores páginas son las últimas, es decir, las de Heidegger, el filósofo moderno poseedor de un conocimiento total de todos los pensamientos que se han dedicado a este problema en el pasado. Según Heidegger, logos significa precisamente lo que yo llamo «reificación»: según sus palabras, una recolección de contradicciones básicas y el establecimiento de una «agrupación interior o harmonía». Esta recolección que agrupa «nunca es un mero juntar y acumular». Mantiene unidos, en un lazo común, lo conflictivo y lo que tiende a alejarse: no lo deja caer ni en ninguna dispersión ni en ningún azar. En este mantenimiento de lazos, el logos presenta el carácter de fuerza de permisión, de fisis. No deja que lo que tiene en su poder se disuelva en una libertad vacía de oposiciones, sino que – uniendo los opuestos– mantiene la total agudeza de la tensión.
Sería difícil (y no necesario para nuestro propósito presente) exponer con más detalle este concepto del logos: el punto esencial, para entenderlo, radica en que el proceso tiene lugar «entre el ser y el pensar»; esto quiere decir que es un proceso subjetivo y depende de palabras, el único método evolucionado por el hombre para un pensar extensivo. Naturalmente debemos admitir la existencia y la utilidad de módulos simbólicos de pensamiento, tal como ocurre en las matemáticas. Igualmente nos debemos guardar contra todo prejuicio intelectualista. Heidegger es el primero en admitir que debemos «podar las excrecencias del intelectualismo de hoy día». No es de mi incumbencia defender la metafísica y mucho menos la filosofía analítica, ambas dependientes de la palabra. Mi principal preocupación por la palabra se dirige a la palabra como símbolo concreto de sentimientos: en otros términos, a la poesía. La poesía y el pensamiento no son una misma cosa (según sostiene Heidegger). La poesía es superior al pensamiento y a la ciencia porque, en la palabra y por medio de la palabra, se establece el ser de las cosas. Lo hace, no de una manera mecánica –como una cámara fotográfica o un computador–, sino con sentimiento (o bien, como diría Croce, por intuición). La imagen-sonido de una palabra es una imagen sentimiento y es mucho más evocativa que cualquier símbolo deshumanizado. No es un simple contador, sino un signo que alcanza resonancia y profundidad. La palabra pertenece al mundo primario de los sentimientos: la entera coherencia de nuestras relaciones humanas, o de las relaciones con el mundo exterior, dependen de la invención, del despliegue sintáctico y de la elaboración de palabras significativas.
La transición de la poesía oral a la poesía impresa, que certeramente ha sido considerada por McLuhan como fundamental para el desarrollo formal de la poesía como arte, ni altera de ningún modo ni amenaza la poética función de la palabra. Pueden haber aumentado los posibles «niveles de significado» en la palabra: increméntase con ello enormemente el rango y la efectividad de la literatura. Pero la palabra sigue siendo el vínculo de la revelación y de la acción de las cosas: ningún progreso en la aprehensión del ser resulta concebible sino en forma de progreso en la magia verbal, como progreso de la poesía. A pesar del «advenimiento del hombre electrónico», esta función de la palabra permanece inalterada y solamente la palabra puede tener esta función. Resulta también posible que el hombre electrónico decida divorciarse de la palabra, de la poesía, y que se satisfaga con artes que exploten mecánicamente imágenes producidas. Resulta incluso posible que el hombre electrónico se olvide de leer: ya empieza a ser dudoso el que algo más de una parte infinitesimal de la gente pueda leer poesía, como se leía hace solamente medio siglo; si se aproximan a ella, lo hacen con un propósito más analítico que intuitivo. Hasta resulta posible que la totalidad de nuestra literatura pasada se convierta en una inaccesible cultura «mandariniana», sin ningún significado para las generaciones iletradas. Todos estos acontecimientos son solamente posibles. pero debemos valorar su importancia. Según mi opinión, su coste sería el sacrificio de los más elevados logros de la civilización humana o el retorno a la barbarie, o la invención de una nueva especie de barbarie: el barbarismo tecnocrático.
Las formas de tal nueva barbarie aparecen ya como evidentes, no solamente desde los artificios técnicos y desde la opulencia económica, sino también desde la ausencia general de toda sanción ética, tanto en la esfera privada como en la pública. Incluso cuando se otorga cierto «rostro» moral a las acciones políticas (defensa de la libertad, democracia, abolición de la explotación capitalista y del colonialismo), los medios usados para tales fines (bombardeo de poblaciones civiles, empleo de gases venenosos y lanzallamas, torturas y prisiones sin previo juicio) ofrécense como inhumanos, hasta el punto de que esos medios inmorales anulan sus finalidades morales. El aspecto más horrible del nuevo barbarismo emerge de la indiferencia moral, de sus complacencias egoístas. Hubo un tiempo en que las atrocidades perpetradas en Armenia, o en el Congo, indignaban efectivamente la conciencia de todo el mundo civilizado. Hoy día el ciudadano medio encoge sus hombros y cuenta el dinero de su bolsillo: hasta llega a celebrar que se le ofrezcan ciertas pequeñas dosis de excitación sádica desde la pantalla de su televisor.
George Steiner duda de que esta indiferencia moral tan extendida pueda quedar afectada por la palabra: «Me hallo completamente incapacitado para afirmar firmemente si las humanidades humanizan». Pero yo ya he apuntado que Steiner solamente está capacitado para lanzar este aserto porque academiza y fosiliza las humanidades: por ello habla del «enfoque de la conciencia ante los textos escritos», como si fuera éste el procedimiento por el que las humanidades humanizan. Sugiere, por cuanto nosotros estemos entrenados a conceder crédito moral y psicológico a lo imaginario, que encontramos más difícil identificarlo con el mundo real, lo cual implica que carecemos de aptitudes naturales para la respuesta estética. Y esto, por supuesto, es un error. No reaccionamos a las experiencias estéticas porque, desde la infancia, una civilización tecnológica anula en nosotros la experiencia. Nacemos en condiciones de alienación y permanecemos en estas condiciones: nada se hace, en ningún lugar del mundo (ni siquiera en China), para huir de este estado de cosas; es decir, para restaurar el individualismo humano, para ir hacia una relación directa con la naturaleza y hacia una experiencia directa con el trabajo creador. No existe esperanza, para la humanidad, si el único camino en el cual el mundo imaginario del arte y la literatura pueden ser puestos al alcance del individuo se hace por los senderos del entrenamiento académico. La época más elevada para el arte no fue ni establecida ni sustentada por actividades académicas: fue la creación de artesanos, para quienes el lagos –ya como pensamiento, ya como imagen labrada– era una realidad viviente, sustancia y símbolo de sus sentimientos más íntimos. Si no podemos redescubrir estos principios y volver a la vida creativa del espíritu («porque todo verdadero poder y belleza del cuerpo, toda seguridad y audacia en el combate, toda autenticidad e inventiva en la comprensión, están apoyados siempre en el espíritu y se levantan o caen solamente por el poder o la trascendencia del espíritu», al decir de Heidegger), tampoco podremos esperar sino el oscuro final de nuestro mundo, irrevocablemente condenado a la tecnología sin restricciones y a la proliferación de los instrumentos para su autodestrucción.
Publicado en Polémica, n.º 12, mayo 1984



viernes, 20 de septiembre de 2013

Conversatorio con J.R. Quintana en Bruselas. Organizaciones sociales europeas intercambian impresiones con el Ministro de la Presidencia de Bolivia



 Blanca Cota
Activista del colectivo Repsolmata (Barcelona)
 
 El encuentro se realizó aprovechando la participación del Ministro de la Presidencia de Bolivia, Juan Ramón Quintana en un foro en la sede del Parlamento Europeo en Bruselas. Se trataba del Foro "Desafiando al Poder Corporativo" que organizó la red internacional Dismantle Corporate Power en el Parlamento Europeo el pasado 5 de septiembre, auspiciado por el Grupo de la Izquierda Europea y la coalición de partidos Verdes del Norte de Europa. La jornada se enmarcaba en la propuesta de crear un nuevo régimen regulatorio internacional a las transnacionales y evitar la situación actual de impunidad para que estas puedan ser procesadas penalmente por los delitos ambientales y sociales que cometen en el mundo.

Tras el acto, el ministro de la presidencia de Bolivia, acompañado por el embajador de Bolivia en Bruselas accedió a entablar un diálogo para conocer e intercambiar posiciones con los movimientos sociales presentes en el acto. Las organizaciones participantes eran miembros de diversas redes de monitoreo de los delitos de las compañías multinacionales y los impactos de los tratados de libre comercio entre Europa y América Latina.

Juan Ramón Quintana encaró la charla con una disertación sobre el proceso boliviano detallando los "esfuerzos por gobernar sin ser gobernados por los poderes extranjeros". Insistió en el acervo histórico del pueblo boliviano para recuperar el control de los recursos, las diferentes facetas de la "revolución a través de la inclusión y  la distribución del excedente". Sobre este punto, remarcó la nacionalización de todos los hidrocarburos y el control sobre el 87% de los beneficios del petróleo y el gas mientras que las empresas - ahora socias y no patronas- sólo se quedaban el 13% de las riquezas.
 
El relato, quizás demasiado benevolente con el gobierno, transmitió algunas dudas entre los participantes del evento, las cuales fueron transmitidas al Sr. Ministro: 

Desde la Campaña de afectad@s por Repsol se cuestionó sobre los alcances de una nacionalización que ha dejado a todas las empresas operando en las concesiones adquiridas en el contexto ultraliberal de los gobiernos anteriores.
Si, como afirmó el ministro, tanto excedente generaban los hidrocarburos para el Estado después de la nacionalización, ¿Por qué esa necesidad nacional de permitir el ingreso a explorar y producir hidrocarburos en interior de las áreas protegidas y TCOs? ¿No resultaría más oportuno recuperar los mega-campos de gas de San Antonio, San Alberto y Margarita (operados por Repsol y Petrobras en el interior de territorios guaranís), donde disfrutan de rebajas impositivas?

La respuesta de Quintana fue que las Áreas Protegidas amazónicas - se refería al P. N. Amboró, la Reserva de la Biosfera Pilon Lajas, P.N. Carrasco, P.N. Madidi y TIPNIS- habían sido creadas por Gonzalo Sánchez de Losada, ex-presidente artífice la imposición neoliberal en el país,  para asegurar las reservas hidrocarburíferas que albergan estas regiones a las empresas norteamericanas. Sugirió el esfuerzo por detener la conspiración de algunos pueblos indígenas y organizaciones "financiadas por la British Petroleum y la embajada norteamericana" para desestabilizar al gobierno.

Este argumento recibió una encendida respuesta de un miembro de la red del Estado Español Ecologistas en Acción que  advirtió al Sr. Ministro que "estos argumentos no tienen cabida en este espacio. No se puede criminalizar a organizaciones sociales bolivianas reconocidas por su trabajo en el campo de los derechos de los pueblos frente al avasallamiento corporativo." Daba la impresión que Quintana desconocía el reconocimiento público que tiene por ejemplo la lucha de los pueblos del TIPNIS en Europa. Al respecto se cuestionó sobre si estaban vulnerando los legítimos y legales derechos de estos pueblos a decidir sobre si quieren una carretera.
 
Se preguntó también sobre qué pasaría si algún pueblo amazónico, por ejemplo los chimanes decidieran voluntariamente no aceptar el ingreso de las petroleras - YPFB y PetroAndina incluidas- a sus territorios.

La conversación finalizó en breves minutos y no se llegó a profundizar algunas controversias, pero las organizaciones participantes agradecieron la oportunidad de diálogo e invitaron al gobierno a continuar desafiando el poder de las transnacionales y garantizar el respeto de los pueblos a decidir sobre sus destinos.