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jueves, 27 de octubre de 2022

La juventud universitaria de Cochabamba en los 80’s, según la novela Muerta Ciudad Viva CARLOS CRESPO FLORES (INCISO/FACSO-UMSS)

Ya no soy el universitario
ahora soy un vagabundo
con mi canto alegraré a todo el mundo
con mi canto a todos haré caer

La novela Muerta ciudad viva, de Claudio Ferrufino es una excelente etnografía de la sociedad cochabambina de principios de los 80’s, incluyendo la juventud universitaria, y un buen ejemplo de literatura que puede ser leída con ojos sociológicos. En esta oportunidad quiero detenerme en la imagen de la Universidad Mayor de San Simón (UMSS), donde el escritor cochabambino estudió, pero más que todo amó y bebió intensamente.

 Un día, el protagonista llega a la UMSS por el lado de “un parque a dos cuadras de Economía”. Debe ser la conocida como plazuela El Triángulo, ubicada en la intersección de las calles Ricardo Terrazas, Armando Méndez y Av. Oquendo (IMAGEN 1): 





IMAGEN 1. Plazuela de El Triángulo, hoy. Como en los 80’s, aun acoge a alcohólicos de la zona.

 “Entro por el portón de atrás. En las canchas de fulbito nunca faltan jugadores. Cruzo por el comedor universitario. Cartelones de toda índole presentan candidatos para mil y una elecciones. Marx, Lenin, Trotski, rostro pegado a rostro, dan prueba de la vitalidad de la Cuarta Internacional. Un Che eternamente joven (jamás nadie podrá hablar de un Che viejo) va quedando cubierto por propaganda de diverso tipo. Mayormente política, pero también de cursillos de computación, kermesses de beneficio, y anuncios de clases de recuperación de matemáticas y física para los que se aplazaron en el examen de ingreso” (pp. 83). 

El joven universitario enamorado continua la caminata hacia la facultad de Humanidades, donde “los eucaliptos de cincuenta metros guardan unas aves extrañas en sus copas. No existen en otro lado. Zancudas por lo grandes digo en ornitología básica” (pp. 84). Llega a la carrera de Lingüística: “escalones, pasillo, más escalones. Puerta a la derecha, puerta a la izquierda. Suena, chirría y asciendo” (pp. 84) (IMAGEN 2). Allá dejará un poema a la mujer amada, de donde saldrá hacia la “Plaza Sucre, Avenida Oquendo” (pp. 84) (IMAGEN 3). 



 









 

IMAGEN 2. Una tarde de septiembre del 2022. Los pasillos y gradas que llevan a las oficinas de la carrera de Lingüística, donde el héroe trágico de la novela dejará un poema a su amada, a principios de los 80’s. 

 

IMAGEN 3. La salida de la Facultad de Humanidades, donde funciona la carrera de Lingüística, hacia la plazuela Sucre, en la actualidad.

 Son radicales las transformaciones del paisaje descrito por Claudio. Las canchas de fulbito de Economía eran míticas, por el tipo de asfalto (durísimas para las lesiones) y los apasionados campeonatos universitarios que se llevaban a cabo. Sobre ella, han construido un horrible edificio facultativo (IMAGEN 4).

 

IMAGEN 4. Edificio de la facultad de Economía, que ha sustituido a las míticas canchas de fulbito y básquet.

 El comedor universitario, en esa época muy politizada por la influencia de estudiantes de las minas, era un lugar importante en la escena estudiantil local. Hoy, continua ahí (IMAGEN 5)

IMAGEN 5. De fondo, el comedor universitario en la actualidad. En primer plano, la ruta que siguió el protagonista de la novela, hacia la facultad de Humanidades. 

Solo queda un eucalipto de los descritos (IMAGEN 6) y las zancudas han cambiado de hábitat.

IMAGEN 6. El único eucalipto, de la variedad globulus, en el campus central de San Simón, que ha quedado de los señalados en la novela. 

El “Che” y otros líderes políticos que solían estar pintados en el muro de la calle Jordán, de ingreso a la universidad, han sido tapados por los puestos de comercio y kioscos (IMAGEN 7)

IMAGEN 7. El ingreso a la UMSS, por la calle Jordán, lugar de los murales descritos en la novela, cubiertos por el creciente comercio informal.

 Los anuncios de cursos y eventos perviven, pero ya no se observan los afiches izquierdistas; los trotskistas están semidesaparecidos del escenario político sansimoniano y los guevaristas (junto con el resto de la izquierda oficial) son parte del gobierno plurinacional.

 En otro momento de la novela, cuando “Cochabamba estaba radiante de sol (y) la universidad hervía de estudiantes” (pp. 92) el protagonista está leyendo en un banco de San Simón”, donde observa “miríadas de estudiantes (que) pasaban delante de las oficinas de la federación universitaria” (pp. 92) (IMAGEN 8). Seguramente se refiere al ingreso antiguo por la calle Sucre (IMAGEN 9).  

IMAGEN 8. El abandono que evidencia el edificio de la Federación Universitaria Local (FUL) y su entorno inmediato refleja la pérdida de importancia que tiene actualmente la organización estudiantil. Reducida a un espacio de poder de las autoridades, solo repite el guion oficial. 

IMAGEN 9. En los 80’s, el ingreso por la calle Sucre esquina Oquendo, era el más importante. Había unas bancas, donde nuestro protagonista leía. No existen más y este ingreso ha sido cancelado. 

La universidad ha sido un espacio de amores y desamores estudiantiles. Intensos en muchos casos, como si la vida se nos fuera en ella. Y Claudio sabe mucho de aquello. Es en unas “escaleras de la universidad” donde se atreve a conversar con una de sus pasiones, para terminar en un “eucaliptar donde nos juntamos abruptamente como animales” (pp. 22)[1]. En otra escena, un día que había retornado a la universidad “luego de haber perdido ya el semestre” (pp. 120), la enamorada le comunica que no va más, y, pensando en ella, expresa su temor: “la tarde en que pasarás a mi lado en la universidad ignorándome” (pp. 154). 

Los intelectuales y universitarios de la época eran seducidos por la política, el poder, a veces con un fanatismo de sello judeo cristiano. El escritor los conoce: “Hombres ilustres, según decían, poblaban nuestro entorno universitario. Cada quien aspiraba no menos que a la presidencia, o a un martirologio del cual se hablaría por generaciones en los libros” (pp. 17). El protagonista, a diferencia de las tendencias políticas dominantes de la época, consideraba las movidas políticas como parte del “embuste que siempre han sido izquierdas y derechas” (pp. 92). Para el alter ego de Ferrufino, la jerga revolucionaria universitaria era “un mero atajo hacia un arribismo descarado, amén de mujeres y prestigio” (pp. 159); duda que “alguno” de sus defensores “llegue a empuñar otra arma que no sea su miembro para mear; incluyo a las mujeres. Arte del pavoneo. Bebida gratis. Promiscuo equivale a socialista en esta jerga universitaria” (pp 159).

 Él y sus amigos son escépticos del ambiente de “cambio social” imperante en la época:

“No cambia. Y hablando del futuro, entre nosotros somos pesimistas de que algo vaya a cambiar. En la universidad por el entorno febril de los estudiantes a ratos creo que sí. Pero andando por el barro y oyendo a borrachos o moribundos farfullar en los callejones estoy seguro de lo contrario” (pp 109).

 “Ir al pueblo”, decían los populistas rusos, mientras los universitarios de izquierda en Bolivia hablaban de “la universidad al servicio del pueblo”. Nuestro héroe ironiza tal sentimiento cuando se abraza y besa en la boca con un músico del valle, “…culminando el precioso encuentro de los jóvenes universitarios con su pueblo” (pp. 18).  

Pero, la universidad también ha sido un espacio donde los jóvenes sin trabajo, y sin esperanza de conseguirlo, pueden mantenerse ad infinitum. Claudio y sus amigos estaban al corriente:

“Ninguno trabaja. Si quisiéramos, tampoco. Matamos las horas con picadas de fulbito. Estudiamos en la universidad ¿qué joven boliviano no lo hace? La universidad como colchón de aire que amaina el golpe de encontrarse con un país sin opciones. Venga, a por alcohol, que otra cosa no hay que hacer” (pp. 57).

 En los 80’s, un boliche de cerveza donde se reunían los universitarios con plata, principalmente docentes y administrativos, era el Anexo América, de la calle Bolívar. Es el lugar donde el protagonista se cita con sus amigos, “a donde solíamos ir cuando Raúl cobraba en la universidad. Chop. Delicioso chop, sin gas, posible de beberse por litros sin hincharse” (pp. 124) (IMAGEN 10).

IMAGEN 10. El América, hoy, no tiene nada que ver con el otrora restaurant con pasto y arbolado. Otro indicador de la decadencia urbana de la ciudad de Cochabamba.

 Ese periodo, las universitarias de clase media, principalmente de clases medias, muchas de ellas “chicas bien”, gustaban del radicalismo izquierdista y del exotismo de la borrachera con los “progres”, antes de volver al rebaño familiar y de clase. Ferrufino duda de ellas:

“Yo miro a una muchacha universitaria extasiada del ambiente. Esta mierda significa su ida al pueblo. Dormirá mejor creyendo formar parte de una élite pensante y destinada a mandar. Abrirá las piernas a otro compañero de clase de origen dudoso. Con ello volverá a sentir que sus pasos en la vida tienden a memorables, que habrá conocido el vientre de Leviatán y lo habrá deglutido antes de que el monstruo la devore” (pp. 110). 

Mientras entre los sectores populares, estudiar en la universidad era la posibilidad de mejores ingresos, pero también ascenso, reconocimiento y estatus social. Hoy, lo es menos, pues hay otras maneras de lograrlo. Aunque, en una sociedad judicializada, la imagen reverenciada del abogado es lo que pervive. Ferrufino lo recuerda: “los universitarios se consideraban una casta apreciable. A muchos les gustaría ofrendar a sus hijas a los brazos de profesionales por venir, tal vez el único camino de movilidad social disponible” (pp. 171). Haber estudiado en la universidad como signo de estatus, de intentar salir de su clase popular, lo vemos es una escena de chichería, donde un profesional, borracho, “licenciado entre licenciados, con cerveza y botellas de San Pedro, caído por el alcohol en el segmento de clase que quiere olvidar y de donde proviene la mayoría. Yo no soy chusma, repite, soy doctor universitario…” (pp. 66).

 “El libre acceso a las universidades”, se halla entre los argumentos del “discurso moral” que un funcionario de la oficina estatal de protección al menor, haciéndose pasar por abogado, esgrime ante la dueña de un burdel clandestino, junto a “la necesidad de cambiar las estructuras del país, afianzar la educación, permitir y proveer de trabajos que permitan la subsistencia” (106). Al día siguiente, los amigos comentaban “sobre la incursión de la noche anterior en el lupanar. Irónicos, reímos de nuestros títulos universitarios, como si uno se pasara las horas y devorase los libros para conseguir un culo de alquiler” (pp. 110). 

Si bien el paisaje del campus se ha transformado, con el crecimiento de infraestructuras cementadas y la reducción del arbolado antiguo, este retrato pesimista de la universidad pública cochabambina se ha modificado muy poco; las pasiones estudiantiles y sus excesos etílico sexuales continúan, el autoritarismo de políticos y autoridades se reproduce como la hiel, la calidad académica no ha mejorado, por el contrario. Parafraseando a Silvia Rivera, hoy la universidad es un espacio de las apariencias: hacer como si se enseñara y se estudiara. El protagonista de Muerta ciudad viva, estaría de acuerdo con Cesar Soto, cuando define a la UMSS como la “universidad zombi”. El desierto se expande, camaradas.


[1] “De los árboles, no sé si de ellos o de los cercanos álamos, copos blancos volaban por el aire dando al pecado color angelical” (pp. 20).

domingo, 30 de enero de 2022

VISCERAS Y MARGINALIDAD EN MUERTA CIUDAD VIVA Carlos Crespo Flores

 Las vísceras de animal forman parte de la gastronomía local valluna. Originalmente parte de la dieta de los pobres urbanos, hoy se ha popularizado, a través de los platos “mañaneros” principalmente, como las rangas, riñones (para curar la resaca), el asado de riñón, o en la tarde noche las “tripitas”.

 Como muestran las imágenes actuales, el espectáculo de las vísceras en el ingreso a los mercados de nuestra ciudad es brutal, y ha sido crudamente retratada por Claudio Ferrufino, en su novela autobiográfica MUERTA CIUDAD VIVA.

 Está amaneciendo en la esquina de la Uruguay y Lanza, frente al Mercado Calatayud, donde despierta el protagonista, aun mareado, luego de haber bebido “la más infame chicha que vaya uno a saber cómo sube los pasadizos del cerro San Miguel”.

 Y lo que ve, al principio le parece una alucinación, pero era real:

“Mestizos descalzos de musculosos brazos”, abrían las compuertas de un camión, “y comenzaban a arrojar al piso entrañas de animal, cientos de estómagos, tripas, hígados, riñones, para regocijo de los canes que se abalanzaban a atrapar algo. Exceso de muerte, calor y hediondera. Supuso que venían del matadero municipal, pero no veía la intención. Aunque era sábado, pronto actividad humana llenaría el lugar, casi céntrico. Para las diez aquello estaría atiborrado de gente. Observó que de entre las casetas del mercado comenzaban a salir mujeres de mandiles ensangrentados. Carniceras, cocineras, fiambreras se amontonaron. Cuando los camiones partieron el sitio parecía el infierno. Las vísceras respiraban, hacían ruidos de aire, como vaginas que se acomodan al grosor de rugosas vergas. Casi hablaban. Las mujeres tenían contratados cargadores con herrumbradas carretillas de metal, a las que les habían añadido calaminas para ampliar el espacio y cargar mayor volumen. A mano, o con palas y ganchos, iban moviendo los restos hacia los transportes. Luego, con un peso gigantesco -se evidenciaba en las pantorrillas desnudas e infladas de los indios- las carretillas se adentraban en el mercado. Ni caso hacían de los perros. El precio que el matadero cobraba por deshacerse de esto sería nimio. (Ferrufino, 2013).

 Es la primera página del libro. Claudio entra con bolapie en la fotografía que realiza de nuestra amada Cochabamba. Es un párrafo que sintetiza de manera brillante la violencia y marginalidad de la ciudad.




IMAGEN: Descarga de vísceras, hoy, en el mercado Calatayud, esq. Lanza y Uruguay.

 

miércoles, 29 de diciembre de 2021

Los universitarios en la novela MUERTA CIUDAD VIVA: Revolución, alcohol y eros[1] Carlos Crespo Flores (INCISO UMSS)

 El año 1982 la dictadura militar había caído y se habían recuperado las libertades democráticas, traducido en la asunción de la UDP al gobierno, una amplia coalición de comunistas, nacionalistas revolucionarios, guevaristas. La universidad era una ebullición de ideas, grupos políticos…y mucha “chupa” donde se hablaba de la lucha de clases y la revolución. Es en ese ambiente donde se mueve el protagonista de la novela Muerta ciudad viva, el alter ego del escritor Claudio Ferrufino, ese momento estudiante de la carrera de Sociología.

 En otro artículo señalé que la novela es una etnografía cruda y apasionada de la ciudad y valle de Cochabamba, de su ecología y cultura. Un aspecto que el presente texto busca mostrar, es el hábitat universitario de San Simón en el periodo retratado por la novela, pues hay aspectos de la cultura política universitaria que continúan hoy. Por otro lado, la conexión política, alcohol, mujeres en la vida universitaria, se despliega a lo largo de la trama. Al mismo tiempo, se evidencian aspectos del pensamiento libertario de Claudio, tema que espero tocar en otro escrito.

 En Bolivia el autoritarismo, la corrupción y el racismo, son rasgos que atraviesan las relaciones sociales, el Estado se ha estructurado desde este horizonte, y sus crisis políticas han tenido este sello. La madre de nuestro protagonista lo sabía. De origen argentino, había llegado “muy poco tiempo después de la revolución” (de 1952), bajo égida del MNR. Y su diagnóstico es pesimista, que sin duda influyó en la formación del hijo:

“(la revolución)… no fue tal, sino un replanteo de las jerarquías. No estaba la libertad en juego; era el cambio de amo. Lo sentí de esa manera. Los mestizos letrados, igual que antes los otros, con un discurso semi-progresista se encaramaron y construyeron una dinastía de cimiento endeble. Si en el pasado era el miedo del hacendado y del cacique, ahora era al Partido y sus burócratas. Y una sarta de cipayos convertidos en dirigentes que acumularon mando y supieron hacer sentir su poder. (pp. 37-38)”

 Ella venía de la Argentina peronista, otro experimento populista dictatorial. Las afirmaciones que realiza son fundamentales para entender la actitud anti política de nuestro protagonista: la revolución del 52’ solo fue un cambio de amo, esta vez hegemonizado por el “mestizo letrado”, pero sin lograr estructurar un país, y, por otro lado, las autoritarias burocracias partidarias como los nuevos caciques. Esta visión pesimista del 52’ es disidente de la mayoría de las lecturas académicas y políticas, principalmente desde la izquierda.

 El día que la UDP llega al palacio de gobierno, nuestro testigo recuerda que en los kioscos de la Cancha y avenida Aroma (esa época considerados locales “de remate”, “cuando no queda otro lugar para continuar bebiendo”) (126), celebraban con una “cantinela de borrachos festejando el advenimiento de la controversial democracia” (126): “Viva el Movimiento, viva Villarroel[2], Hernán Siles Zuazo ya está en el poder…Con antifaz, sin antifaz, muera el Mono Paz”, vociferaban los borrachos.

 El escritor reconstruye una imagen de ese momento, de auge izquierdista, y que visualiza también el estilo de socialización de los borrachos en Cochabamba:

Vivas y mueras se sucedían. Borrachos que lloraban, borrachos que meaban. Los había que daban discursos y catedráticos con aires de perdonavidas. Para esto hemos luchado ¿no, joven? Seguro, seguro, les respondía, ch’allando con unos y con otros. La derecha había escondido el hocico en agujeros. No paseaba por allí” (126)[3].

 Bolivia, a principios de los 80’s, era una sociedad altamente politizada, y la universidad el espacio por excelencia del debate ideológico izquierdista. El hábito principal de los estudiantes universitarios era la “chupa”, momento de plática, debate y hasta pelea por estos temas. El protagonista recuerda que en las chicherías alrededor de la UMSS “se hablaba de revolución. Cómo no; en esos lupanares del trago se discutía el fin del mundo. Se vivaba al tío Ho y al Che, cuchillo, cuchara, que viva Che Guevara.” (97)

 El gobierno de la UDP, junto con la recuperación de las libertades democráticas trajo esperanza de la posibilidad de una transformación social, en el país y en la universidad, para buena parte de la población, incluyendo la clase media “progre”. Nuestro héroe y sus amigos wajtakus[4], conviviendo con los pobres y marginales de la ciudad, no lo creían así:

“No cambia. Y hablando del futuro, entre nosotros somos pesimistas de que algo vaya a cambiar. En la universidad por el entorno febril de los estudiantes a ratos creo que sí. Pero andando por el barro y oyendo a borrachos o moribundos farfullar en los callejones estoy seguro de lo contrario. (107).

 La efervescencia política de entonces en la UMSS, conviviendo con el fracaso académico, podemos imaginarla en esta descripción de las paredes en el ingreso por la calle Jordán, junto al comedor universitario:

“Cartelones de toda índole presentan candidatos para mil y una elecciones. Marx, Lenin, Trotski, rostro pegado a rostro, dan prueba de la vitalidad de la Cuarta Internacional. Un Che eternamente joven (jamás nadie podrá hablar de un Che viejo) va quedando cubierto por propaganda de diverso tipo. Mayormente política, pero también de cursillos de computación, kermesses de beneficio, y anuncios de clases de recuperación de matemáticas y física para los que se aplazaron en el examen de ingreso” (82).

 A pesar de ello, por los amigos, solía involucrarse en la movida política universitaria, “de preparación de charlas y manifiestos, cosas que me cansaban sobremanera pero que a veces no lograba eludir” (181). Pero, desconfía de los liderazgos políticos universitarios, que buscaban articularse al Estado, se distancia de ellos, pues lo de él es vivir poéticamente:

“Hombres ilustres, según decían, poblaban nuestro entorno universitario. Cada quien aspiraba no menos que a la presidencia, o a un martirologio del cual se hablaría por generaciones en los libros. Yo seguía siendo un poeta despistado, que escogió una carrera de análisis para ver si domeñaba el martirio de sus fantasmas” (15).

 O cuando está en un banco frente a las oficinas de la FUL (ingreso por la calle Sucre). “Miríadas de estudiantes pasaban delante de las oficinas” (92), pero él “estaba allí no porque participara del embuste que siempre han sido izquierdas y derechas, sino porque quería leer a Joyce en paz” (92).

 Ironiza con humor la pulsión revolucionaria universitaria. Durante un matrimonio en Cliza, homenajea las virtudes musicales del director de la banda que amenizaba la fiesta: “Notable, carajo; notable maestro!, le increpé casi a gritos. Nos abrazamos… beso ¡en la boca, carajo!, culminando el precioso encuentro de los jóvenes universitarios con su pueblo” (16).

“Encontrarse con el pueblo”[5]. Ferrufino pone en evidencia cierta p’ajpakería discursiva revolucionaria, de la izquierda partidaria de la época (otro aspecto que no ha cambiado), así como la rara disciplina partidaria de los militantes de izquierda universitaria, con quienes el escritor compartió copas y excesos, con su doble moral de comportamiento:

“Si la revolución dependiese de las reuniones de charla política, de formación de cuadros, ya nos habríamos distribuido la herencia de Lenin. Se comienza, compañeros, con la necesidad de la lucha. Los troskistas del POR se irritan pero levantan la copa y brindan. El remanente de los “elenos”, el fatídico Ejército de Liberación Nacional, repite la cantinela de volver a las montañas donde murieron de hambre. Que es interesante no hay duda, y parte de la tragedia del país. A poco del alcohol ya hacer efecto, los cuadros revolucionarios buscan escenas más mundanas: una hembra, un macho, revolcarse y teorizar acerca de un polvo como si de la Internacional se tratara” (158).

 En otro matrimonio al cual asiste con su enamorada y amigos, observa que a la fiesta “asistió la crema de la revolución social. Se reunieron los inteligentes e inteligentemente conversaron en altas esferas de pensamiento” (181).

 El ambiente de los locales a los que acudían los amigos, normalmente cerca de la universidad hacia la Cancha, retrataban la pobreza, machismo, así como la estética “trucha” de la ciudad entonces (hoy con matices se reproduce):

“Mesas de fórmica imitación de mármol. Sillas cubiertas igual, endebles. Mujeres en bolas o con bikini ofreciendo cerveza en los carteles. Bebidas “de lujo” detrás del mostrador, un polvoso whisky, singani San Pedro. Vino dulce porque los bolivianos ni idea de vino tenían. Cerveza que beben los oficinistas, tragándose la comida de sus hijos. Y los jóvenes como nosotros con chicha. Tan cerca de la revolución…” (40).

 En las borracheras estudiantiles suele haber un “padrino” amigo, que financia la sesión de alcoholismo. Son códigos de solidaridad básicos en un grupo de afinidad. En la novela, uno de ellos es Raúl, docente universitario, con quien se reunían “en el Anexo América”,… cuando… cobraba en la universidad” (122).

Como hoy, la universidad de ese periodo era una salida al desempleo juvenil y a una sociedad no future, además de medio para conocer el alcohol y otros excesos:

“Ninguno trabaja. Si quisiéramos, tampoco. Matamos las horas con picadas de fulbito. Estudiamos en la universidad ¿qué joven boliviano no lo hace? La universidad como colchón de aire que amaina el golpe de encontrarse con un país sin opciones. Venga, a por alcohol, que otra cosa no hay que hacer.” (55).

 En los 80’s Cochabamba era una sociedad donde la precariedad de la educación tornaba que los titulados de la universidad tengan un status especial, principalmente para los sectores sociales populares. En los abogados es muy evidente esta búsqueda de poder y status. En una chichería, cerca de los juzgados, “a cuadra y media de la plaza principal”, observa clientes diversos, “el cargador del mercado con una jarra pequeña de chicha y los ojos vidriados”, pero también

“el licenciado entre licenciados, con cerveza y botellas de San Pedro, caído por el alcohol en el segmento de clase que quiere olvidar y de donde proviene la mayoría. Yo no soy chusma, repite, soy doctor universitario, pero se le vidria la mirada igual a la del paisano en ojotas y pantalones cortos, con lazo en bandolera para que lo cargue la muerte esta noche de helada como un bulto cualquiera” (64).

   Señala que “los aprendices de doctores, o ya en posición de poder, dirimían el futuro en torno a vasos de cerveza yculitos’” (168). En otra escena, están con un amigo abogado, funcionario de DIRME, quien les ofrece chupa y chicas, gratis. Los lleva a un local que opera como putero. La dueña, que lo conoce, “se mueve de un lado a otro, cuchichea a sus muchachas y algunas con disimulo se marchan. Chiquillas de quince o dieciséis, huidas o robadas de sus familias en el Beni, con rasgos nativos, yuracarés, mojeñas” (103).

 Y el diálogo entre el abogado y la dueña es sabroso, ilustra la corrupción estatal, la importancia del status de abogado, los discursos con los que se legitima la prostitución. El abogado “abarca de reojo el panorama y luego de la comilona le detalla a la dueña el número de menores de edad que allí trabajan de putas. Emite un discurso de moral y la necesidad de cambiar las estructuras del país, afianzar la educación, permitir el libre acceso a las universidades y proveer de trabajos que permitan la subsistencia” (103). La señora responde

“pero estas chicas vienen a rogarme que las acoja. Si como madre para ellas soy. Les doy cama y comida. La mayoría tiene niños de pecho que no pueden alimentar. Sus novios las abandonaron luego de embarazarlas, los padres las expulsan, los padrastros las abusan. Qué quiere que haga yo, doctor, también tengo un corazón. 

Claro, claro, hija (le dice hija aunque es treinta años menor que ella), comprendo, pero yo estoy obligado a presentar un informe, que de resultado tendrá la clausura de tu local, multas y en algunos casos la cárcel. 

Doctor, doctorcito, no me haga eso. Y él replica, no estoy solo, acá los señores son agentes de investigación de la oficina y no puedo obligarlos a ceder como presumiblemente lo haré yo que la entiendo. 

Ese no es problema. Han llegado muchachas profesionales del oriente y a ellas les gustaría entretener a los doctores. Lo único que le pido es que no cerremos el local. Ustedes dispondrán de bebida, comida y muchachas por el tiempo que deseen, mientras nosotras seguimos ganándonos la vida. 

Y así, de pobretones pasamos a leguleyos, investigadores, agentes de la moral. La borrachera rebalsa. Agradable sabor de la cerveza, tan diferente al espanto de la chicha” (104). 

En otra farra, los escandalosos jóvenes recordaran “la incursión de la noche anterior en el lupanar. Irónicos, reímos de nuestros títulos universitarios, como si uno se pasara las horas y devorase los libros para conseguir un culo de alquiler” (169). 

Sin duda, en el imaginario popular inscrita en la memoria larga colonial, el universitario licenciado tiene un status especial, como un medio de ascenso social: “así no se tuviera plata, se caminara mendigando licor o pan, los universitarios se consideraban una casta apreciable. A muchos les gustaría ofrendar a sus hijas a los brazos de profesionales por venir, tal vez el único camino de movilidad social disponible” (171). Como el utilero del Wilsterman, quien, en una hilarante sesión alcohólica, ebrio, “comenzó a llorar y terminó llorando. Destacó que era un buen padre y que la joya de su hijita sería para el doctor, con quien ansiaba emparentarse. Salud, salud. Brindis por el Wilstermann, por la revolución, la belleza de la muchacha y la prestancia del doctor. Viva Bolivia, carajo. Viva la patria” (169). 

Esta servidumbre voluntaria con los abogados, Claudio lo atribuye a “la historia, las taras de la esclavitud, la idolatría venida desde los españoles sobre titulación y doctorado” (169). Para los “despreciados, detestados, pobres estudiantes”, debido a su origen social (siempre) tenían otros debajo suyo, “en su debajo”, anotaría la jerga popular” (168). Esta vida, “en mezcolanza como en un potaje híbrido, a veces incomprensible pero desentrañable” (168), se explican, nos dice el autor, “según las condiciones particulares del país” (168). 

Pero, la movida revolucionaria universitaria facilitaba a nuestro héroe y sus amigos a seducir chicas estudiantes o sus amigas: “Ya nos habíamos echado unos tragos, bien de mañana, y cantábamos revueltos canciones de revolución. Al menos la revolución traía hembras, delicadas, dadivosas, lindas, creativas.” (14). Una de las enamoradas del protagonista era universitaria y casada. Recuerda que el esposo la llevaba a su casa, “confiado en la patraña estudiantil juraba que aportaba su granito de arena a la revolución mundial” (19). Es un raro caso donde es la mujer quien “pone los cuernos”, cuando en la cultura machista de la ciudad generalmente opera al revés, incluyendo los entornos políticos de la izquierda local, donde se mueve la novela. 

Ferrufino, a través del protagonista, es muy crítico de la juventud de clase media de entonces, particularmente mujeres, que jugaban a la revolución mientras eran estudiantes (su “ida al pueblo” llama Claudio), para volver al guion social pre establecido, luego de egresar:

“Yo miro a una muchacha universitaria extasiada del ambiente. Esta mierda significa su ida al pueblo. Dormirá mejor creyendo formar parte de una élite pensante y destinada a mandar. Abrirá las piernas a otro compañero de clase de origen dudoso. Con ello volverá a sentir que sus pasos en la vida tienden a memorables, que habrá conocido el vientre de Leviatán y lo habrá deglutido antes de que el monstruo la devore.” (108) 

A una de sus novias “le gusta la mierda esa de los revolucionarios” (156). Él también se autodefine como “villista y guevarista”, pero está claro que estos rituales son “un mero atajo hacia un arribismo descarado, amén de mujeres y prestigio”. Desconfía de sus capacidades revolucionarias: “dudo que alguno llegue a empuñar otra arma que no sea su miembro para mear; incluyo a las mujeres. Arte del pavoneo. Bebida gratis. Promiscuo equivale a socialista en esta jerga universitaria” (156-159). 

Y, como seguramente buena parte de los jóvenes universitarios, el campus universitario también se torna en el lugar de la separación amorosa: “Me avisa un día que retorno a la universidad luego de haber perdido ya el semestre que hubiera sido hermoso. Y me deja una carta que habla de sueños, de mi pecho joven, de las mujeres del porvenir” (120). O el tormento que sufre cuando la amada, con quien ha roto irremediablemente, no solo ya no le contesta, y se lamenta “pasarás a mi lado en la universidad ignorándome” (120). Ser ignorado, es lo peor que puede haber, y el protagonista de la novela es muy sensible a ello. 

Posdata

A la morgue por borracho

La Facultad de Medicina se ha preciado que sus estudiantes realizan sus prácticas en seres humanos reales, en la morgue del hospital Viedma. En el imaginario de la ciudad no es el lugar más apreciado, por el contrario, es símbolo de tristeza y tragedia. Ello a propósito de una reflexión que hace la madre al protagonista por beber en los extramuros de la ciudad: “sentencia que un día sucederá en serio, que me maten, y no aparecerá nadie a recogerme y enterrarme. Acabarás disperso en las mesas de los estudiantes y alguno usará tu calavera de pisapapeles. ¿Eso esperas para ti?” (27). 

El auto ruso

Cuando la dictadura del Gral. Banzer, en la década del 70’, se realizaron extraños convenios con la entonces URSS, entre ellos de apoyo a la minería. Bajo este paraguas, llegaron cientos de jeeps rusos, como el que describe el autor, mientras una docena de estudiantes “entusiasmados” van a un “matrimonio indígena” en Cliza (más bien campesino, no? Pues Cliza es zona de colonos y piqueros vallunos):

“El jeep UAZ, ruso, traído desde las minas de Potosí, porque los rusos estaban allí en las afueras, en un complejo minero, cargaba con al menos una docena de nosotros, estudiantes, entusiasmados, partiendo de una casona de la calle Antezana, muy cerca de la Universidad, hacia un matrimonio indígena en Cliza” (14).

 


 



[1] El presente texto es parte de un estudio mayor sobre el pensamiento biorregional de Claudio Ferrufino en la novela.

[2] En realidad es “gloria a Villarroel”.

[3] Aprovechando el “tiempo de revolución…, dado el tumulto”, se robó “de las anticucheras, de las pilas de apanados y chorizos que levantan con maestría, perros calientes que devoré fríos para apaciguar el estómago resentido por la mezcla de maíz, cerveza y farmacia” (126).

[4] Quechuañol. Viene del quechua “wajtay”, golpear. Para hacer referencia al hecho que los borrachos, al beber golpean los vasos con la mesa.

[5] El populismo ruso del siglo XIX, llamado narodismo, viene derivado del lema "ir hacia el pueblo", movimiento que Claudio conoce a profundidad, desde la literatura principalmente.

sábado, 1 de mayo de 2021

Claudio Ferrufino y los aromas del eucalipto -Carlos Crespo Flores-

El eucalipto es una especie forestal que recorre la novela MUERTA CIUDAD VIVA[1], de Claudio Ferrufino; acompaña al protagonista en su recorrido etilo-erótico por la ciudad y valle de Cochabamba.

 Introducida en el país a fines del S. XIX desde Australia durante el auge minero, se ha adaptado a los ecosistemas del país, más allá de los impactos ambientales que provoca, sobre la humedad y fertilidad del suelo. El eucalipto (Eucalyptus L'Hér) es definido por la Guía de Árboles de Bolivia[2], como  

“Árboles grandes o arbustos, con corteza exfoliante que se desprende en láminas; hojas alternas o subopuestas, lanceoladas o falcadas y asimétricas, glabras rara vez pilosas, pecioladas o subsésiles, generalmente con puntos translúcidos. Flores pequeñas en umbelas o cabezuelas, a veces en panículas axilares, pediceladas o subsésiles; el cáliz lobulado caliptriforme, con una tapa o capuchón que resulta de la unión de pétalos y sépalos. Fruto un pixidio. Género australiano y de la región malaya, con más de 1000 especies” (Killeen, García & Beck, 1993:581).

 Las formas de sus hojas y proximidad con el poeta, reafirman a Ron Loewisohn su conexión con esta especie:

Aquí están los eucaliptos

con sus hojas que gotean;

en la luz gris azulada de la madrugada

están juntos en la arboleda

 

como

nueve hermanos de pelo oscuro y piel suave

hermanos. -Parecen así (extrañamente)

relacionados conmigo.[3]

 En Bolivia, son tres las especies cultivadas mas importantes, de ellas, en Cochabamba se planta la E. camaldulensis Dehnh (Killeen, García & Beck, 1993:581), y a lo largo del S XX ha formado parte del escenario paisajístico valluno. Es altamente probable que el escritor Claudio Ferrufino disfrutaba de esta especie.

 Para el protagonista de Muerta ciudad viva, su “espíritu rural, primigenio, campesino” está conectado con el eucalipto, su “susurro” y su “aroma”; de ahí que busque su “sombra, cuando tiene problemas, depresión o ansias” (112). El fresco olor mentolado del eucalipto seduce a Claudio, a traves de su personaje. En un viaje a Oruro, por tren, atravesando “parajes memorables…, a pesar de las ventanillas cerradas, el aroma de eucalipto llenaba los dos vagones de que se componía la máquina” (53). En otra escena, luego de una violenta pelea de borrachera, toma un taxi, para hallarse “echado entre eucaliptos, a la vera de la senda de tierra cerca del canal grande de riego. El sol agrada. La sombra acoge. Las hojas de eucalipto silban una monótona pero sublime canción. Y las pepitas de molle rojo alrededor hablan de asuntos dulces de infancia” (14). La asociación de este árbol mirtáceo, con el placer y el bucolismo valluno, es evidente.

 En uno de los recorridos hacia su casa, camina “al lado de las canchas auxiliares de fútbol”, donde solía jugar, “antes de encontrar las preferencias del trago y del culo” (140). El lugar “olía a eucalipto”, provocándole una “extraña sensación”. Efectivamente, en la década del 60’-70’s’ hubo un arbolado en los límites de este espacio deportivo conexo al stadium departamental, donde el eucalipto destacaba.

 Otro momento de incursión en bicicleta al entorno rural valluno, por el camino de Condebamba: visualiza “eucaliptos jóvenes, de tonos grises, (que) lucen gotitas de rocío” (109). La juventud del arbolado que observa Claudio evidencia la posibilidad que sean rebrotes. No olvidar que el negocio de los “callapos” se extendió luego de la reforma agraria, talando arboles de eucalipto para troncas y leña, que luego rebrotan.

 De una de sus amadas, Eszter, recuerda que olía a eucalipto (116)[4], y esta lo compara con un eucalipto (113). En el periodo retratatado por la novela (principios de los 80’s), el arbolado de eucalipto en el campus universitario de San Simón era importante, particularmente entre las facultades de Derecho y Humanidades, del cual hoy quedan algunos individuos. El estudiante apasionado busca a Eszter, atraviesa “los eucaliptos de cincuenta metros (que) guardan unas aves extrañas en sus copos” (83); parecen zancudas, aquellas que visitan también la laguna Alalay como parte de su escala migratoria. Más aún, cuando se entera que ha fallecido Eszter, para recordarla, toma el micro hacia Tiquipaya; por las faldas de la cordillera, sospecho, recorre lugares que habían visitado. Y, por supuesto, están ahí los eucaliptos, “que se inclinaban hacia la izquierda”, debido al “soplo (que) bajaba de una quebrada casi al frente” (121).

 Con Silvia, otra novia, están en el río de Chocaya, desnudos, dentro “el agua fría”. El joven realiza un acto pagano religioso: “remojé ramitas de eucalipto azul para utilizarlas como hisopo. Yo te bendigo, coito” (131).

 Similar a un cazador vigilante de su presa, el majestuoso árbol le sirve al protagonista como lugar de acecho: “miro a Frances Mallotto desubicado desde un eucalipto. Lo hago al sorber cerveza amarga, calculando los pasos para intentar el ataque” (86). En determinado momento deja “el refugio del eucalipto” para “encararla” (86).

 La conjunción eucalipto, molle, agua, es distintiva del paisaje valluno; es con esta vista donde el erotismo fluye: “copulan a orillas de un río seco, apoyados en un molle, con un arroyo corriendo por la espalda, mitad metidos en el agua, entre eucaliptos que bordean una herradura…” (149).

 El eucalipto es parte de la fiesta rural en el valle. No solo como leña en la fabricación de la chicha, sino también en la habilitación del espacio festivo. En un matrimonio al cual asiste con sus amigos, observa que “se habían cortado jóvenes eucaliptos para las columnatas que sostendrían la carpa… (para) albergar a doscientas personas” (174).

 En su periodo de caída en el alcoholismo y desdicha, el héroe trágico de la novela, visita a un amigo, quien le pagaba tragos de cuando en cuando”, para platicar sobre “los compañeros comunes, de Abel, de situaciones como la del Jallalla. Aires de eucalipto…” (188). Buscando a una de las novias, que había huido luego de una violenta trifulca, “bajaba y entraba a los bosquecillos de eucalipto, a los huertos frutales llamándola” (185). Aun en sus momentos de alucinación alcohólica, el eucalipto se halla presente: “bajé, desmonté cerros y esquivé árboles de tara que se veían solitarios entre molles y eucaliptos” (168). Ahí, el eucalipto se torna sombrío: “las hojas afiladas de los eucaliptos dan la sensación de árboles con cientos de puñales colgantes” (66).

 En la última escena de la novela, convertido en aparapita, vemos que se prepara “con agua hirviente y metanol, con raspaditos de naranja, un trago” (206), mientras “los eucaliptos se despiden dialogando con la brisa (y) los pájaros lo hacen con barullo. No voy todavía a dormir” (206).

 IMAGEN: Eucaliptos. Eduardo Fernández




[1] Ferrufino, Claudio (2013) Muerta ciudad viva. Santa Cruz: Editorial El País. 206 pp.

[2] Killeen, Timothy J., García E., Emilia & Beck, Stephan G. (1993) Guía de arboles de Bolivia. La Paz: Editorial del Instituto de Ecologia. 958 pp.

[3] Loewisohn, Ron (1968), “The eucaliptus trees”. En Poetry. Vol. 112. No 2. Pp. 105-106. Traduccion libre: C.C.

[4] El protagonista imagina a Eszter que “se reclina en un cuadro de maja boliviana, en marco de eucaliptos y buses achacosos…” (201).