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jueves, 27 de octubre de 2022

La juventud universitaria de Cochabamba en los 80’s, según la novela Muerta Ciudad Viva CARLOS CRESPO FLORES (INCISO/FACSO-UMSS)

Ya no soy el universitario
ahora soy un vagabundo
con mi canto alegraré a todo el mundo
con mi canto a todos haré caer

La novela Muerta ciudad viva, de Claudio Ferrufino es una excelente etnografía de la sociedad cochabambina de principios de los 80’s, incluyendo la juventud universitaria, y un buen ejemplo de literatura que puede ser leída con ojos sociológicos. En esta oportunidad quiero detenerme en la imagen de la Universidad Mayor de San Simón (UMSS), donde el escritor cochabambino estudió, pero más que todo amó y bebió intensamente.

 Un día, el protagonista llega a la UMSS por el lado de “un parque a dos cuadras de Economía”. Debe ser la conocida como plazuela El Triángulo, ubicada en la intersección de las calles Ricardo Terrazas, Armando Méndez y Av. Oquendo (IMAGEN 1): 





IMAGEN 1. Plazuela de El Triángulo, hoy. Como en los 80’s, aun acoge a alcohólicos de la zona.

 “Entro por el portón de atrás. En las canchas de fulbito nunca faltan jugadores. Cruzo por el comedor universitario. Cartelones de toda índole presentan candidatos para mil y una elecciones. Marx, Lenin, Trotski, rostro pegado a rostro, dan prueba de la vitalidad de la Cuarta Internacional. Un Che eternamente joven (jamás nadie podrá hablar de un Che viejo) va quedando cubierto por propaganda de diverso tipo. Mayormente política, pero también de cursillos de computación, kermesses de beneficio, y anuncios de clases de recuperación de matemáticas y física para los que se aplazaron en el examen de ingreso” (pp. 83). 

El joven universitario enamorado continua la caminata hacia la facultad de Humanidades, donde “los eucaliptos de cincuenta metros guardan unas aves extrañas en sus copas. No existen en otro lado. Zancudas por lo grandes digo en ornitología básica” (pp. 84). Llega a la carrera de Lingüística: “escalones, pasillo, más escalones. Puerta a la derecha, puerta a la izquierda. Suena, chirría y asciendo” (pp. 84) (IMAGEN 2). Allá dejará un poema a la mujer amada, de donde saldrá hacia la “Plaza Sucre, Avenida Oquendo” (pp. 84) (IMAGEN 3). 



 









 

IMAGEN 2. Una tarde de septiembre del 2022. Los pasillos y gradas que llevan a las oficinas de la carrera de Lingüística, donde el héroe trágico de la novela dejará un poema a su amada, a principios de los 80’s. 

 

IMAGEN 3. La salida de la Facultad de Humanidades, donde funciona la carrera de Lingüística, hacia la plazuela Sucre, en la actualidad.

 Son radicales las transformaciones del paisaje descrito por Claudio. Las canchas de fulbito de Economía eran míticas, por el tipo de asfalto (durísimas para las lesiones) y los apasionados campeonatos universitarios que se llevaban a cabo. Sobre ella, han construido un horrible edificio facultativo (IMAGEN 4).

 

IMAGEN 4. Edificio de la facultad de Economía, que ha sustituido a las míticas canchas de fulbito y básquet.

 El comedor universitario, en esa época muy politizada por la influencia de estudiantes de las minas, era un lugar importante en la escena estudiantil local. Hoy, continua ahí (IMAGEN 5)

IMAGEN 5. De fondo, el comedor universitario en la actualidad. En primer plano, la ruta que siguió el protagonista de la novela, hacia la facultad de Humanidades. 

Solo queda un eucalipto de los descritos (IMAGEN 6) y las zancudas han cambiado de hábitat.

IMAGEN 6. El único eucalipto, de la variedad globulus, en el campus central de San Simón, que ha quedado de los señalados en la novela. 

El “Che” y otros líderes políticos que solían estar pintados en el muro de la calle Jordán, de ingreso a la universidad, han sido tapados por los puestos de comercio y kioscos (IMAGEN 7)

IMAGEN 7. El ingreso a la UMSS, por la calle Jordán, lugar de los murales descritos en la novela, cubiertos por el creciente comercio informal.

 Los anuncios de cursos y eventos perviven, pero ya no se observan los afiches izquierdistas; los trotskistas están semidesaparecidos del escenario político sansimoniano y los guevaristas (junto con el resto de la izquierda oficial) son parte del gobierno plurinacional.

 En otro momento de la novela, cuando “Cochabamba estaba radiante de sol (y) la universidad hervía de estudiantes” (pp. 92) el protagonista está leyendo en un banco de San Simón”, donde observa “miríadas de estudiantes (que) pasaban delante de las oficinas de la federación universitaria” (pp. 92) (IMAGEN 8). Seguramente se refiere al ingreso antiguo por la calle Sucre (IMAGEN 9).  

IMAGEN 8. El abandono que evidencia el edificio de la Federación Universitaria Local (FUL) y su entorno inmediato refleja la pérdida de importancia que tiene actualmente la organización estudiantil. Reducida a un espacio de poder de las autoridades, solo repite el guion oficial. 

IMAGEN 9. En los 80’s, el ingreso por la calle Sucre esquina Oquendo, era el más importante. Había unas bancas, donde nuestro protagonista leía. No existen más y este ingreso ha sido cancelado. 

La universidad ha sido un espacio de amores y desamores estudiantiles. Intensos en muchos casos, como si la vida se nos fuera en ella. Y Claudio sabe mucho de aquello. Es en unas “escaleras de la universidad” donde se atreve a conversar con una de sus pasiones, para terminar en un “eucaliptar donde nos juntamos abruptamente como animales” (pp. 22)[1]. En otra escena, un día que había retornado a la universidad “luego de haber perdido ya el semestre” (pp. 120), la enamorada le comunica que no va más, y, pensando en ella, expresa su temor: “la tarde en que pasarás a mi lado en la universidad ignorándome” (pp. 154). 

Los intelectuales y universitarios de la época eran seducidos por la política, el poder, a veces con un fanatismo de sello judeo cristiano. El escritor los conoce: “Hombres ilustres, según decían, poblaban nuestro entorno universitario. Cada quien aspiraba no menos que a la presidencia, o a un martirologio del cual se hablaría por generaciones en los libros” (pp. 17). El protagonista, a diferencia de las tendencias políticas dominantes de la época, consideraba las movidas políticas como parte del “embuste que siempre han sido izquierdas y derechas” (pp. 92). Para el alter ego de Ferrufino, la jerga revolucionaria universitaria era “un mero atajo hacia un arribismo descarado, amén de mujeres y prestigio” (pp. 159); duda que “alguno” de sus defensores “llegue a empuñar otra arma que no sea su miembro para mear; incluyo a las mujeres. Arte del pavoneo. Bebida gratis. Promiscuo equivale a socialista en esta jerga universitaria” (pp 159).

 Él y sus amigos son escépticos del ambiente de “cambio social” imperante en la época:

“No cambia. Y hablando del futuro, entre nosotros somos pesimistas de que algo vaya a cambiar. En la universidad por el entorno febril de los estudiantes a ratos creo que sí. Pero andando por el barro y oyendo a borrachos o moribundos farfullar en los callejones estoy seguro de lo contrario” (pp 109).

 “Ir al pueblo”, decían los populistas rusos, mientras los universitarios de izquierda en Bolivia hablaban de “la universidad al servicio del pueblo”. Nuestro héroe ironiza tal sentimiento cuando se abraza y besa en la boca con un músico del valle, “…culminando el precioso encuentro de los jóvenes universitarios con su pueblo” (pp. 18).  

Pero, la universidad también ha sido un espacio donde los jóvenes sin trabajo, y sin esperanza de conseguirlo, pueden mantenerse ad infinitum. Claudio y sus amigos estaban al corriente:

“Ninguno trabaja. Si quisiéramos, tampoco. Matamos las horas con picadas de fulbito. Estudiamos en la universidad ¿qué joven boliviano no lo hace? La universidad como colchón de aire que amaina el golpe de encontrarse con un país sin opciones. Venga, a por alcohol, que otra cosa no hay que hacer” (pp. 57).

 En los 80’s, un boliche de cerveza donde se reunían los universitarios con plata, principalmente docentes y administrativos, era el Anexo América, de la calle Bolívar. Es el lugar donde el protagonista se cita con sus amigos, “a donde solíamos ir cuando Raúl cobraba en la universidad. Chop. Delicioso chop, sin gas, posible de beberse por litros sin hincharse” (pp. 124) (IMAGEN 10).

IMAGEN 10. El América, hoy, no tiene nada que ver con el otrora restaurant con pasto y arbolado. Otro indicador de la decadencia urbana de la ciudad de Cochabamba.

 Ese periodo, las universitarias de clase media, principalmente de clases medias, muchas de ellas “chicas bien”, gustaban del radicalismo izquierdista y del exotismo de la borrachera con los “progres”, antes de volver al rebaño familiar y de clase. Ferrufino duda de ellas:

“Yo miro a una muchacha universitaria extasiada del ambiente. Esta mierda significa su ida al pueblo. Dormirá mejor creyendo formar parte de una élite pensante y destinada a mandar. Abrirá las piernas a otro compañero de clase de origen dudoso. Con ello volverá a sentir que sus pasos en la vida tienden a memorables, que habrá conocido el vientre de Leviatán y lo habrá deglutido antes de que el monstruo la devore” (pp. 110). 

Mientras entre los sectores populares, estudiar en la universidad era la posibilidad de mejores ingresos, pero también ascenso, reconocimiento y estatus social. Hoy, lo es menos, pues hay otras maneras de lograrlo. Aunque, en una sociedad judicializada, la imagen reverenciada del abogado es lo que pervive. Ferrufino lo recuerda: “los universitarios se consideraban una casta apreciable. A muchos les gustaría ofrendar a sus hijas a los brazos de profesionales por venir, tal vez el único camino de movilidad social disponible” (pp. 171). Haber estudiado en la universidad como signo de estatus, de intentar salir de su clase popular, lo vemos es una escena de chichería, donde un profesional, borracho, “licenciado entre licenciados, con cerveza y botellas de San Pedro, caído por el alcohol en el segmento de clase que quiere olvidar y de donde proviene la mayoría. Yo no soy chusma, repite, soy doctor universitario…” (pp. 66).

 “El libre acceso a las universidades”, se halla entre los argumentos del “discurso moral” que un funcionario de la oficina estatal de protección al menor, haciéndose pasar por abogado, esgrime ante la dueña de un burdel clandestino, junto a “la necesidad de cambiar las estructuras del país, afianzar la educación, permitir y proveer de trabajos que permitan la subsistencia” (106). Al día siguiente, los amigos comentaban “sobre la incursión de la noche anterior en el lupanar. Irónicos, reímos de nuestros títulos universitarios, como si uno se pasara las horas y devorase los libros para conseguir un culo de alquiler” (pp. 110). 

Si bien el paisaje del campus se ha transformado, con el crecimiento de infraestructuras cementadas y la reducción del arbolado antiguo, este retrato pesimista de la universidad pública cochabambina se ha modificado muy poco; las pasiones estudiantiles y sus excesos etílico sexuales continúan, el autoritarismo de políticos y autoridades se reproduce como la hiel, la calidad académica no ha mejorado, por el contrario. Parafraseando a Silvia Rivera, hoy la universidad es un espacio de las apariencias: hacer como si se enseñara y se estudiara. El protagonista de Muerta ciudad viva, estaría de acuerdo con Cesar Soto, cuando define a la UMSS como la “universidad zombi”. El desierto se expande, camaradas.


[1] “De los árboles, no sé si de ellos o de los cercanos álamos, copos blancos volaban por el aire dando al pecado color angelical” (pp. 20).

domingo, 30 de enero de 2022

VISCERAS Y MARGINALIDAD EN MUERTA CIUDAD VIVA Carlos Crespo Flores

 Las vísceras de animal forman parte de la gastronomía local valluna. Originalmente parte de la dieta de los pobres urbanos, hoy se ha popularizado, a través de los platos “mañaneros” principalmente, como las rangas, riñones (para curar la resaca), el asado de riñón, o en la tarde noche las “tripitas”.

 Como muestran las imágenes actuales, el espectáculo de las vísceras en el ingreso a los mercados de nuestra ciudad es brutal, y ha sido crudamente retratada por Claudio Ferrufino, en su novela autobiográfica MUERTA CIUDAD VIVA.

 Está amaneciendo en la esquina de la Uruguay y Lanza, frente al Mercado Calatayud, donde despierta el protagonista, aun mareado, luego de haber bebido “la más infame chicha que vaya uno a saber cómo sube los pasadizos del cerro San Miguel”.

 Y lo que ve, al principio le parece una alucinación, pero era real:

“Mestizos descalzos de musculosos brazos”, abrían las compuertas de un camión, “y comenzaban a arrojar al piso entrañas de animal, cientos de estómagos, tripas, hígados, riñones, para regocijo de los canes que se abalanzaban a atrapar algo. Exceso de muerte, calor y hediondera. Supuso que venían del matadero municipal, pero no veía la intención. Aunque era sábado, pronto actividad humana llenaría el lugar, casi céntrico. Para las diez aquello estaría atiborrado de gente. Observó que de entre las casetas del mercado comenzaban a salir mujeres de mandiles ensangrentados. Carniceras, cocineras, fiambreras se amontonaron. Cuando los camiones partieron el sitio parecía el infierno. Las vísceras respiraban, hacían ruidos de aire, como vaginas que se acomodan al grosor de rugosas vergas. Casi hablaban. Las mujeres tenían contratados cargadores con herrumbradas carretillas de metal, a las que les habían añadido calaminas para ampliar el espacio y cargar mayor volumen. A mano, o con palas y ganchos, iban moviendo los restos hacia los transportes. Luego, con un peso gigantesco -se evidenciaba en las pantorrillas desnudas e infladas de los indios- las carretillas se adentraban en el mercado. Ni caso hacían de los perros. El precio que el matadero cobraba por deshacerse de esto sería nimio. (Ferrufino, 2013).

 Es la primera página del libro. Claudio entra con bolapie en la fotografía que realiza de nuestra amada Cochabamba. Es un párrafo que sintetiza de manera brillante la violencia y marginalidad de la ciudad.




IMAGEN: Descarga de vísceras, hoy, en el mercado Calatayud, esq. Lanza y Uruguay.

 

sábado, 1 de mayo de 2021

Claudio Ferrufino y los aromas del eucalipto -Carlos Crespo Flores-

El eucalipto es una especie forestal que recorre la novela MUERTA CIUDAD VIVA[1], de Claudio Ferrufino; acompaña al protagonista en su recorrido etilo-erótico por la ciudad y valle de Cochabamba.

 Introducida en el país a fines del S. XIX desde Australia durante el auge minero, se ha adaptado a los ecosistemas del país, más allá de los impactos ambientales que provoca, sobre la humedad y fertilidad del suelo. El eucalipto (Eucalyptus L'Hér) es definido por la Guía de Árboles de Bolivia[2], como  

“Árboles grandes o arbustos, con corteza exfoliante que se desprende en láminas; hojas alternas o subopuestas, lanceoladas o falcadas y asimétricas, glabras rara vez pilosas, pecioladas o subsésiles, generalmente con puntos translúcidos. Flores pequeñas en umbelas o cabezuelas, a veces en panículas axilares, pediceladas o subsésiles; el cáliz lobulado caliptriforme, con una tapa o capuchón que resulta de la unión de pétalos y sépalos. Fruto un pixidio. Género australiano y de la región malaya, con más de 1000 especies” (Killeen, García & Beck, 1993:581).

 Las formas de sus hojas y proximidad con el poeta, reafirman a Ron Loewisohn su conexión con esta especie:

Aquí están los eucaliptos

con sus hojas que gotean;

en la luz gris azulada de la madrugada

están juntos en la arboleda

 

como

nueve hermanos de pelo oscuro y piel suave

hermanos. -Parecen así (extrañamente)

relacionados conmigo.[3]

 En Bolivia, son tres las especies cultivadas mas importantes, de ellas, en Cochabamba se planta la E. camaldulensis Dehnh (Killeen, García & Beck, 1993:581), y a lo largo del S XX ha formado parte del escenario paisajístico valluno. Es altamente probable que el escritor Claudio Ferrufino disfrutaba de esta especie.

 Para el protagonista de Muerta ciudad viva, su “espíritu rural, primigenio, campesino” está conectado con el eucalipto, su “susurro” y su “aroma”; de ahí que busque su “sombra, cuando tiene problemas, depresión o ansias” (112). El fresco olor mentolado del eucalipto seduce a Claudio, a traves de su personaje. En un viaje a Oruro, por tren, atravesando “parajes memorables…, a pesar de las ventanillas cerradas, el aroma de eucalipto llenaba los dos vagones de que se componía la máquina” (53). En otra escena, luego de una violenta pelea de borrachera, toma un taxi, para hallarse “echado entre eucaliptos, a la vera de la senda de tierra cerca del canal grande de riego. El sol agrada. La sombra acoge. Las hojas de eucalipto silban una monótona pero sublime canción. Y las pepitas de molle rojo alrededor hablan de asuntos dulces de infancia” (14). La asociación de este árbol mirtáceo, con el placer y el bucolismo valluno, es evidente.

 En uno de los recorridos hacia su casa, camina “al lado de las canchas auxiliares de fútbol”, donde solía jugar, “antes de encontrar las preferencias del trago y del culo” (140). El lugar “olía a eucalipto”, provocándole una “extraña sensación”. Efectivamente, en la década del 60’-70’s’ hubo un arbolado en los límites de este espacio deportivo conexo al stadium departamental, donde el eucalipto destacaba.

 Otro momento de incursión en bicicleta al entorno rural valluno, por el camino de Condebamba: visualiza “eucaliptos jóvenes, de tonos grises, (que) lucen gotitas de rocío” (109). La juventud del arbolado que observa Claudio evidencia la posibilidad que sean rebrotes. No olvidar que el negocio de los “callapos” se extendió luego de la reforma agraria, talando arboles de eucalipto para troncas y leña, que luego rebrotan.

 De una de sus amadas, Eszter, recuerda que olía a eucalipto (116)[4], y esta lo compara con un eucalipto (113). En el periodo retratatado por la novela (principios de los 80’s), el arbolado de eucalipto en el campus universitario de San Simón era importante, particularmente entre las facultades de Derecho y Humanidades, del cual hoy quedan algunos individuos. El estudiante apasionado busca a Eszter, atraviesa “los eucaliptos de cincuenta metros (que) guardan unas aves extrañas en sus copos” (83); parecen zancudas, aquellas que visitan también la laguna Alalay como parte de su escala migratoria. Más aún, cuando se entera que ha fallecido Eszter, para recordarla, toma el micro hacia Tiquipaya; por las faldas de la cordillera, sospecho, recorre lugares que habían visitado. Y, por supuesto, están ahí los eucaliptos, “que se inclinaban hacia la izquierda”, debido al “soplo (que) bajaba de una quebrada casi al frente” (121).

 Con Silvia, otra novia, están en el río de Chocaya, desnudos, dentro “el agua fría”. El joven realiza un acto pagano religioso: “remojé ramitas de eucalipto azul para utilizarlas como hisopo. Yo te bendigo, coito” (131).

 Similar a un cazador vigilante de su presa, el majestuoso árbol le sirve al protagonista como lugar de acecho: “miro a Frances Mallotto desubicado desde un eucalipto. Lo hago al sorber cerveza amarga, calculando los pasos para intentar el ataque” (86). En determinado momento deja “el refugio del eucalipto” para “encararla” (86).

 La conjunción eucalipto, molle, agua, es distintiva del paisaje valluno; es con esta vista donde el erotismo fluye: “copulan a orillas de un río seco, apoyados en un molle, con un arroyo corriendo por la espalda, mitad metidos en el agua, entre eucaliptos que bordean una herradura…” (149).

 El eucalipto es parte de la fiesta rural en el valle. No solo como leña en la fabricación de la chicha, sino también en la habilitación del espacio festivo. En un matrimonio al cual asiste con sus amigos, observa que “se habían cortado jóvenes eucaliptos para las columnatas que sostendrían la carpa… (para) albergar a doscientas personas” (174).

 En su periodo de caída en el alcoholismo y desdicha, el héroe trágico de la novela, visita a un amigo, quien le pagaba tragos de cuando en cuando”, para platicar sobre “los compañeros comunes, de Abel, de situaciones como la del Jallalla. Aires de eucalipto…” (188). Buscando a una de las novias, que había huido luego de una violenta trifulca, “bajaba y entraba a los bosquecillos de eucalipto, a los huertos frutales llamándola” (185). Aun en sus momentos de alucinación alcohólica, el eucalipto se halla presente: “bajé, desmonté cerros y esquivé árboles de tara que se veían solitarios entre molles y eucaliptos” (168). Ahí, el eucalipto se torna sombrío: “las hojas afiladas de los eucaliptos dan la sensación de árboles con cientos de puñales colgantes” (66).

 En la última escena de la novela, convertido en aparapita, vemos que se prepara “con agua hirviente y metanol, con raspaditos de naranja, un trago” (206), mientras “los eucaliptos se despiden dialogando con la brisa (y) los pájaros lo hacen con barullo. No voy todavía a dormir” (206).

 IMAGEN: Eucaliptos. Eduardo Fernández




[1] Ferrufino, Claudio (2013) Muerta ciudad viva. Santa Cruz: Editorial El País. 206 pp.

[2] Killeen, Timothy J., García E., Emilia & Beck, Stephan G. (1993) Guía de arboles de Bolivia. La Paz: Editorial del Instituto de Ecologia. 958 pp.

[3] Loewisohn, Ron (1968), “The eucaliptus trees”. En Poetry. Vol. 112. No 2. Pp. 105-106. Traduccion libre: C.C.

[4] El protagonista imagina a Eszter que “se reclina en un cuadro de maja boliviana, en marco de eucaliptos y buses achacosos…” (201).

martes, 23 de marzo de 2021

ALGUNOS ARGUMENTOS PARA LEER MUERTA CIUDA VIVA DE CLAUDIO FERRUFINO -Carlos Crespo Flores-

 Principios de los 80’s, la UDP está en el gobierno, ideologías revolucionarias en alza en un país que se destruye con la hiperinflación y la incompetencia gubernamental. La juventud, en incertidumbre y en búsqueda de sensaciones. Como hoy. Es en ese contexto que se ubica la novela Muerta ciudad viva, del escritor cochabambino Claudio Ferrufino. De entrada, esta es una razón para leer la seductora novela: nos conecta con la Cochabamba de hoy, el país de hoy; sus continuidades y transformaciones, como ciudad y país. La racialización de nuestras relaciones sociales, la servidumbre voluntaria, la ideología del resentimiento, el Estado corrupto, aparecen en toda su violencia descarnada.

 Muerta ciudad viva es la historia de un joven universitario de clase media (y sus amigos), durante los primeros años de los 80’s en la ciudad de Cochabamba (en pleno proceso UDP y su régimen “revolucionario”), sus intensos (des)amores y excesos etílicos, que lo llevan a una caída hacia las oscuridades de la marginalidad alcohólica.

 En ese trajín, el protagonista nos guía, con pasión y humor, por la ciudad y valle cochabambino, sus paisajes, naturales y construidos; la fisiografía y flora valluna. Las escenas eróticas, alcohólicas, festivas, aún las violentas, tienen el fondo del “mágico encanto” de la “hermosa tierra valluna”. Advierte, o está consciente, sobre detalles de la forma, organización y transformaciones del espacio urbano, incluyendo la destrucción ecológica y memoria de la ciudad, así como la emergente segregación espacial de la zona sur a partir de los 80’s.

 ¿Que significa ser cochabambino? Leyendo la novela encontramos algunos tejidos para la respuesta. No es solo la sensibilidad con el entorno ambiental y construido, lo que leemos en los sentidos del héroe de la novela, sino también con la cultura valluna, urbana y rural, popular y de la élite. Por ello, cada historia de la novela es un recorrido por la ciudad de Cochabamba durante este periodo “democrático y popular”, y apreciarla demanda los cinco sentidos: olores, lugares (sendas, bordes, nodos, hitos, barrios y distritos), la Cancha y sus chicherías, la variada y multicolor gastronomía local, los cochabambinismos en el lenguaje, los juicios y prejuicios, ritos, usos y costumbres, durante este periodo. A pesar de su universalidad, en Muerta ciudad viva, Claudio nos habla desde su “ser” valluno.

 Finalmente, la novela permite inscribir a Claudio dentro una honorable tradición intelectual local, de pinceladas más bien individualistas y autónomas, libertarias y naturalistas/ecologistas, de las cuales son parte Man Césped, Adela Zamudio, Cesáreo Capriles, Jorge Zabala, Juan Cristóbal Mac Lean, entre otros. Este carácter, sin duda, se halla conectado con la cuenta larga bioregional de mestizaje e individualismo en el valle de Cochabamba.

 Cochabamba, marzo 2021

 IMAGEN: Batik de Raquel Velasco



viernes, 26 de febrero de 2021

EL CRUCE TAQUIÑA, CUANDO ERA DE TIERRA -Carlos Crespo Flores-

 A principios de los 80’s, el Cruce Taquiña era una zona en transición. Ese periodo, gran parte de la cuenca había sido loteada, entre otros, a los sindicatos mineros, y con la relocalización empezaron a poblarla. En ese tiempo se halla la narración de Claudio Ferrufino, en MUERTA CIUDAD VIVA.

 Con sus amigos se están haciendo pasar como abogados de DIRME (Dirección Regional del Menor), y como toda escena de corrupción en nuestro país, los interesados organizan un “q’araqu” a los “doctores”. “La reunión es a las dos. Tomaremos el colectivo 3 que nos dejará en el Cruce”. Otra barriada sin recursos”, nos confía Claudio. Pero, el paisaje de transición está ahí: 

La zona no se ha liberado de su estigma rural. En los charcos nadan patos con los picos llenos de fango. Los sapos empiezan a croar en refugios de baba blanca con puntitos negros: sus huevos. Las hojas afiladas de los eucaliptos dan la sensación de árboles con cientos de puñales colgantes”. (pp. 63).

 Seguramente es temporada de lluvias, por la presencia de sapos y patos nadando en las q’ochas temporales, en un ambiente casi rural, se podría decir. Por otro lado, el texto nos recuerda que hasta los 80’s en el Cruce había un veterano bosque de eucaliptos, hoy desaparecido con las urbanizaciones.

 Mientras, en la casa, la chupa está animada. “El doctor Nano conversa con altanera sabiduría con un grupo de profesantes. Nadie baja el tocadiscos que suena a todo volumen y cuya música se pierde en las estribaciones pedregosas que llevan a una famosa cervecería” (pp. 64).

 Nano, funcionario de DIRME, es el protagonista de la bacanal y está haciendo negocios con la familia, con el fondo de la música que llega hasta la Cervecería Taquiña.

 La zona del Cruce como espacio en transformación rural-urbana, aparece en otro gracioso momento de la novela, con el Jallalla, un migrante boliviano de retorno (de Suecia), quien es conducido por Claudio y su amigo, hacia su casa, pues “desde la avenida Aroma se puede tomar un colectivo hasta más allá del Cruce”. Seguramente tomaron el colectivo 10 que llega hasta Tiquipaya, por la Av. Ecológica, nombre actual de la ruta hacia el oeste, luego del Cruce.

 ¿Y que observa, huele e imagina el escritor?

A las seis de la mañana los colectivos están vacíos. Ya llegaron de los pueblos cercanos y descargaron a vendedoras que traen temprano sus productos a la ciudad. Colas de verde cebolla desparramadas por el piso de madera del bus. Y olor a k’allu, una ensalada de cebolla, tomate y quesillo que se usaba en los boliches populares.” (pp.125)

 Los campesinos de estos valles cercanos, históricamente alimentaron a la ciudad. Las vendedoras son cholas, mestizas. Antes transportaban en burros sus productos, seguramente; a principios de los 80’s lo hacían en el colectivo, en este caso cebolla. Y la cebolla nos lleva a un platillo valluno muy popular, donde constituye uno de sus protagonistas, el k’allu, infaltable como sajra hora. Ferrufino, como buen cochabambino, es sensible a la comida, aun en la extrema borrachera. Salud por ello.

IMAGEN: El Cruce Taquiña, hoy.




lunes, 12 de noviembre de 2018

Aquí hay una flor -maurizio bagatin


"Este texto", nos dice el autor, "debía ser leído a la presentación de la novela Muerta ciudad viva ( editorial 3600 La Paz) de Claudio, en la FIL de Cochabamba, presentación que no se llevó a cabo...aquí va para la lectura y su difusión".
Gracias hermano


Aquí hay una flor

“Todo lo interesante ocurre en la sombra, no cabe duda. No se sabe nada de la historia autentica de los hombres” - Louis-Ferdinand Céline -

Mientras el amigo escritor viaja hacia un invierno napoleónico, para meterse en camisa de once varas - sostiene él mismo - en su Llajta todo lo imaginario, todo lo fantástico y todo lo real que plasmó en letras en su Muerta ciudad viva, se ha ido metamorfoseando brutalmente. Masacrado por la tempestad del progreso. Hoy su novela reaparece. Se fue de parranda no más…un voy y vuelvo a la Nicanor Parra. Y está aquí más viva que nunca.

La novela de Claudio se parece a La Piedad de Miguel Ángel, más por su ejecución que por su esencia, el escritor ha eliminado solamente lo que no servía, lo que no era útil, lo demás todo ya estaba, todo ya existía en este infierno de los vivos, en este paraíso de muertos…y él lo extrae…de una ciudad invisible e invivible, adonde amor y odio se cortejan a plena luz del día, para que luego baje la noche, la noche de Céline en el lenguaje, la noche de Miller en su filosofía, la noche de Bukowski en su moral 

Claudio está persuadido que el amor y el odio se cortejan y van deslizándose sobre el hilo de una navaja, a veces se juntan, se revuelcan y se sacuden, y aunque no se reconozcan, van armando la trama…pluma acida como la del Chueco Céspedes…en este valle fértil, de campiñas que bordeaban la desordenada ciudad, lo conservador se mezcla con lo pícaro, lo tradicional se enfrenta a todo cambio, manteniendo solidas muchas estructuras coloniales, muchos vicios burgueses y muchas leyendas urbanas, Claudio se adueña de un lenguaje puro y sincero, quechuismos y contaminaciones importadas o de paso - de la época que vive - sin conformismo y con pocas gracias da a luz a una visceral joya literaria, que el tiempo - sabio conservador y madurador - nos devolverá mañana con aún más luz y más poesía. Dejémosla madurar, a cada cosa su tiempo, a cada uno su trabajo…y al lobo el rebaño.

La flor nació gracias al estiércol, a una tierra fértil y al cuidado del jardinero, ahora muchas mariposas vuelan a su alrededor, embriagadas por el perfume, alucinadas por el color, hipnotizadas por su belleza.

Esta es la magia del texto, esta es la grandeza de una penetración - ya lo dije varias veces - que a su tiempo logró el Juan de La Rosa de Nataniel Aguirre. 

                                                                                 Hasta la vanidad de la escritura literaria, de aquella mirada larga y profunda que va recogiendo, inventando y mintiendo, parecía ya una calidad desaparecida, que ya no frecuentaba este valle ya no tan fértil, ya no tan cuidado…pero esta novela devuelve la imagen a una tierra, devuelve la palabra a su gente, en este esquizofrénico andar diario, cuando la aun joven democracia ya demuestra sus debilidades, sus mentiras y sus vulgaridades, ahí toda ilusión se va evaporando entre sexo y alcoholes, en un rider on the storm criollo, que no es nada más que un conflicto de identidad juvenil como forma de pensar lo nacional. Es una manera de mirar los conflictos relacionados con lo generacional, lo económico, el género, lo étnico, la sexualidad, las relaciones interétnicas…

Ahí estuvo Claudio, mientras hoy va viajando, imaginándose ser un Mateo Alemán el cual bien sabía que todos vivimos en asechanza los unos de los otros, como el gato para el ratón y la araña para la culebra
Maurizio Bagatin, octubre 2018
Imagen: "A Voyage to the Moon”. Gustav Dore