El año 1982 la dictadura militar había caído y se
habían recuperado las libertades democráticas, traducido en la asunción de la
UDP al gobierno, una amplia coalición de comunistas, nacionalistas
revolucionarios, guevaristas. La universidad era una ebullición de ideas,
grupos políticos…y mucha “chupa” donde se hablaba de la lucha de clases y la
revolución. Es en ese ambiente donde se mueve el protagonista de la novela Muerta
ciudad viva, el alter ego del escritor Claudio Ferrufino, ese momento
estudiante de la carrera de Sociología.
En otro artículo señalé que la novela es una
etnografía cruda y apasionada de la ciudad y valle de Cochabamba, de su ecología
y cultura. Un aspecto que el presente texto busca mostrar, es el hábitat
universitario de San Simón en el periodo retratado por la novela, pues hay
aspectos de la cultura política universitaria que continúan hoy. Por otro lado,
la conexión política, alcohol, mujeres en la vida universitaria, se despliega a
lo largo de la trama. Al mismo tiempo, se evidencian aspectos del pensamiento
libertario de Claudio, tema que espero tocar en otro escrito.
En Bolivia el autoritarismo, la corrupción y el
racismo, son rasgos que atraviesan las relaciones sociales, el Estado se ha
estructurado desde este horizonte, y sus crisis políticas han tenido este
sello. La madre de nuestro protagonista lo sabía. De origen argentino, había
llegado “muy poco tiempo después de la revolución” (de 1952), bajo égida del
MNR. Y su diagnóstico es pesimista, que sin duda influyó en la formación del
hijo:
“(la revolución)… no fue tal, sino un
replanteo de las jerarquías. No estaba la libertad en juego; era el cambio de
amo. Lo sentí de esa manera. Los mestizos letrados, igual que antes los otros,
con un discurso semi-progresista se encaramaron y construyeron una dinastía de
cimiento endeble. Si en el pasado era el miedo del hacendado y del cacique,
ahora era al Partido y sus burócratas. Y una sarta de cipayos convertidos en
dirigentes que acumularon mando y supieron hacer sentir su poder. (pp. 37-38)”
Ella venía de la Argentina peronista, otro
experimento populista dictatorial. Las afirmaciones que realiza son
fundamentales para entender la actitud anti política de nuestro protagonista: la
revolución del 52’ solo fue un cambio de amo, esta vez hegemonizado por el
“mestizo letrado”, pero sin lograr estructurar un país, y, por otro lado, las
autoritarias burocracias partidarias como los nuevos caciques. Esta visión pesimista
del 52’ es disidente de la mayoría de las lecturas académicas y políticas,
principalmente desde la izquierda.
El día que la UDP llega al palacio de gobierno,
nuestro testigo recuerda que en los kioscos de la Cancha y avenida Aroma (esa época considerados locales
“de remate”, “cuando no queda otro lugar para continuar bebiendo”) (126),
celebraban con una “cantinela de borrachos festejando el advenimiento de la
controversial democracia” (126): “Viva el Movimiento, viva Villarroel,
Hernán Siles Zuazo ya está en el poder…Con antifaz, sin antifaz, muera el Mono
Paz”, vociferaban los borrachos.
El escritor reconstruye una imagen de ese momento,
de auge izquierdista, y que visualiza también el estilo de socialización de los
borrachos en Cochabamba:
“Vivas y mueras se sucedían. Borrachos que
lloraban, borrachos que meaban. Los había que daban discursos y catedráticos
con aires de perdonavidas. Para esto hemos luchado ¿no, joven? Seguro, seguro,
les respondía, ch’allando con unos y con otros. La derecha había
escondido el hocico en agujeros. No paseaba por allí” (126).
Bolivia, a principios de los 80’s, era una
sociedad altamente politizada, y la universidad el espacio por excelencia del
debate ideológico izquierdista. El hábito principal de los estudiantes
universitarios era la “chupa”, momento de plática, debate y hasta pelea por estos temas. El protagonista recuerda que en
las chicherías alrededor de la UMSS “se hablaba de revolución. Cómo no; en esos
lupanares del trago se discutía el fin del mundo. Se vivaba al tío Ho y al Che,
cuchillo, cuchara, que viva Che Guevara.” (97)
El gobierno de la UDP, junto con la recuperación de las libertades democráticas trajo esperanza de la posibilidad de una transformación social, en el país
y en la universidad, para buena parte de la población, incluyendo la clase media “progre”. Nuestro héroe y sus amigos wajtakus,
conviviendo con los pobres y marginales de la ciudad, no lo creían así:
“No cambia. Y hablando del futuro, entre
nosotros somos pesimistas de que algo vaya a cambiar. En la universidad por el
entorno febril de los estudiantes a ratos creo que sí. Pero andando por el
barro y oyendo a borrachos o moribundos farfullar en los callejones estoy
seguro de lo contrario.” (107).
La efervescencia política de entonces en la UMSS,
conviviendo con el fracaso académico, podemos imaginarla en esta descripción de
las paredes en el ingreso por la calle Jordán, junto al comedor universitario:
“Cartelones de toda índole presentan
candidatos para mil y una elecciones. Marx, Lenin, Trotski, rostro pegado a
rostro, dan prueba de la vitalidad de la Cuarta Internacional. Un Che
eternamente joven (jamás nadie podrá hablar de un Che viejo) va quedando
cubierto por propaganda de diverso tipo. Mayormente política, pero también de
cursillos de computación, kermesses de beneficio, y anuncios de clases de
recuperación de matemáticas y física para los que se aplazaron en el examen de
ingreso” (82).
A pesar de ello, por los amigos, solía
involucrarse en la movida política universitaria, “de preparación de charlas y
manifiestos, cosas que me cansaban sobremanera pero que a veces no lograba
eludir” (181). Pero, desconfía de los liderazgos políticos universitarios, que
buscaban articularse al Estado, se distancia de ellos, pues lo de él es vivir
poéticamente:
“Hombres ilustres, según decían, poblaban
nuestro entorno universitario. Cada quien aspiraba no menos que a la
presidencia, o a un martirologio del cual se hablaría por generaciones en los
libros. Yo seguía siendo un poeta despistado, que escogió una carrera de
análisis para ver si domeñaba el martirio de sus fantasmas” (15).
O cuando está en un banco frente a las oficinas de la FUL (ingreso por la
calle Sucre). “Miríadas de estudiantes pasaban delante de las oficinas” (92),
pero él “estaba allí no porque participara del embuste que siempre han sido
izquierdas y derechas, sino porque quería leer a Joyce en paz” (92).
Ironiza con humor la pulsión revolucionaria universitaria. Durante un
matrimonio en Cliza, homenajea las virtudes musicales del director de la banda
que amenizaba la fiesta: “Notable,
carajo; notable maestro!, le increpé casi a gritos. Nos abrazamos… beso ¡en la
boca, carajo!, culminando el precioso encuentro de los jóvenes universitarios
con su pueblo” (16).
“Encontrarse con el pueblo”.
Ferrufino pone en evidencia cierta p’ajpakería discursiva revolucionaria,
de la izquierda partidaria de la época (otro aspecto que no ha cambiado), así
como la rara disciplina partidaria de los militantes de izquierda
universitaria, con quienes el escritor compartió copas y excesos, con su doble
moral de comportamiento:
“Si la revolución dependiese de las
reuniones de charla política, de formación de cuadros, ya nos habríamos
distribuido la herencia de Lenin. Se comienza, compañeros, con la necesidad de
la lucha. Los troskistas del POR se irritan pero levantan la copa y brindan. El
remanente de los “elenos”, el fatídico Ejército de Liberación Nacional, repite
la cantinela de volver a las montañas donde murieron de hambre. Que es
interesante no hay duda, y parte de la tragedia del país. A poco del alcohol ya
hacer efecto, los cuadros revolucionarios buscan escenas más mundanas: una
hembra, un macho, revolcarse y teorizar acerca de un polvo como si de la
Internacional se tratara” (158).
En otro matrimonio al cual asiste con su enamorada
y amigos, observa que a la fiesta “asistió la crema de la revolución social. Se
reunieron los inteligentes e inteligentemente conversaron en altas esferas de pensamiento”
(181).
El ambiente de los locales a los que acudían los
amigos, normalmente cerca de la universidad hacia la Cancha, retrataban la
pobreza, machismo, así como la estética “trucha” de la ciudad entonces (hoy con
matices se reproduce):
“Mesas de fórmica imitación de mármol.
Sillas cubiertas igual, endebles. Mujeres en bolas o con bikini ofreciendo
cerveza en los carteles. Bebidas “de lujo” detrás del mostrador, un polvoso
whisky, singani San Pedro. Vino dulce porque los bolivianos ni idea de vino
tenían. Cerveza que beben los oficinistas, tragándose la comida de sus hijos. Y
los jóvenes como nosotros con chicha. Tan cerca de la revolución…” (40).
En las borracheras estudiantiles suele haber un “padrino”
amigo, que financia la sesión de alcoholismo. Son códigos de solidaridad
básicos en un grupo de afinidad. En la novela, uno de ellos es Raúl, docente
universitario, con quien se reunían “en el Anexo América”,… cuando… “cobraba en la universidad” (122).
Como hoy, la universidad de ese periodo era una
salida al desempleo juvenil y a una sociedad no future, además de medio
para conocer el alcohol y otros excesos:
“Ninguno trabaja. Si quisiéramos, tampoco.
Matamos las horas con picadas de fulbito. Estudiamos en la universidad ¿qué
joven boliviano no lo hace? La universidad como colchón de aire que amaina el
golpe de encontrarse con un país sin opciones. Venga, a por alcohol, que otra
cosa no hay que hacer.” (55).
En los 80’s Cochabamba era una sociedad donde la
precariedad de la educación tornaba que los titulados de la universidad tengan
un status especial, principalmente para los sectores sociales populares. En los
abogados es muy evidente esta búsqueda de poder y status. En una chichería,
cerca de los juzgados, “a cuadra y media de la plaza principal”, observa clientes
diversos, “el cargador del mercado con una jarra pequeña de chicha y los ojos
vidriados”, pero también
“el licenciado entre licenciados, con
cerveza y botellas de San Pedro, caído por el alcohol en el segmento de clase
que quiere olvidar y de donde proviene la mayoría. Yo no soy chusma, repite,
soy doctor universitario, pero se le vidria la mirada igual a la del paisano en
ojotas y pantalones cortos, con lazo en bandolera para que lo cargue la muerte
esta noche de helada como un bulto cualquiera” (64).
Señala que “los aprendices de doctores, o ya en
posición de poder, dirimían el futuro en torno a vasos de cerveza y ‘culitos’” (168). En otra
escena, están con un amigo abogado, funcionario de DIRME, quien les ofrece
chupa y chicas, gratis. Los lleva a un local que opera como putero. La dueña,
que lo conoce, “se mueve de un lado a otro, cuchichea a sus muchachas y algunas
con disimulo se marchan. Chiquillas de quince o dieciséis, huidas o robadas de
sus familias en el Beni, con rasgos nativos, yuracarés, mojeñas” (103).
Y el diálogo entre el abogado y la dueña es
sabroso, ilustra la corrupción estatal, la importancia del status de abogado,
los discursos con los que se legitima la prostitución. El abogado “abarca de
reojo el panorama y luego de la comilona le detalla a la dueña el número de
menores de edad que allí trabajan de putas. Emite un discurso de moral y la
necesidad de cambiar las estructuras del país, afianzar la educación, permitir
el libre acceso a las universidades y proveer de trabajos que permitan la
subsistencia” (103). La señora responde
“pero estas chicas vienen a rogarme que
las acoja. Si como madre para ellas soy. Les doy cama y comida. La mayoría
tiene niños de pecho que no pueden alimentar. Sus novios las abandonaron luego
de embarazarlas, los padres las expulsan, los padrastros las abusan. Qué quiere
que haga yo, doctor, también tengo un corazón.
Claro, claro, hija (le dice hija aunque es
treinta años menor que ella), comprendo, pero yo estoy obligado a presentar un
informe, que de resultado tendrá la clausura de tu local, multas y en algunos
casos la cárcel.
Doctor, doctorcito, no me haga eso. Y él
replica, no estoy solo, acá los señores son agentes de investigación de la
oficina y no puedo obligarlos a ceder como presumiblemente lo haré yo que la
entiendo.
Ese no es problema. Han llegado muchachas
profesionales del oriente y a ellas les gustaría entretener a los doctores. Lo
único que le pido es que no cerremos el local. Ustedes dispondrán de bebida,
comida y muchachas por el tiempo que deseen, mientras nosotras seguimos
ganándonos la vida.
Y así, de pobretones pasamos a leguleyos,
investigadores, agentes de la moral. La borrachera rebalsa. Agradable sabor de
la cerveza, tan diferente al espanto de la chicha” (104).
En otra farra, los escandalosos jóvenes
recordaran “la incursión de la noche anterior en el lupanar. Irónicos, reímos
de nuestros títulos universitarios, como si uno se pasara las horas y devorase
los libros para conseguir un culo de alquiler” (169).
Sin duda, en el imaginario popular inscrita en la
memoria larga colonial, el universitario licenciado tiene un status especial,
como un medio de ascenso social: “así no se tuviera plata, se caminara
mendigando licor o pan, los universitarios se consideraban una casta
apreciable. A muchos les gustaría ofrendar a sus hijas a los brazos de
profesionales por venir, tal vez el único camino de movilidad social disponible”
(171). Como el utilero del Wilsterman, quien, en una hilarante sesión
alcohólica, ebrio, “comenzó a llorar y terminó llorando. Destacó que era un
buen padre y que la joya de su hijita sería para el doctor, con quien ansiaba
emparentarse. Salud, salud. Brindis por el Wilstermann, por la revolución, la
belleza de la muchacha y la prestancia del doctor. Viva Bolivia, carajo. Viva
la patria” (169).
Esta servidumbre voluntaria con los abogados,
Claudio lo atribuye a “la historia, las taras de la esclavitud, la idolatría
venida desde los españoles sobre titulación y doctorado” (169). Para los
“despreciados, detestados, pobres estudiantes”, debido a su origen social
(siempre) tenían otros debajo suyo, “en su debajo”, anotaría la jerga popular”
(168). Esta vida, “en mezcolanza como en un potaje híbrido, a veces
incomprensible pero desentrañable” (168), se explican, nos dice el autor, “según
las condiciones particulares del país” (168).
Pero, la movida revolucionaria universitaria facilitaba a nuestro héroe y
sus amigos a seducir chicas estudiantes o sus amigas: “Ya nos habíamos echado unos
tragos, bien de mañana, y cantábamos revueltos canciones de revolución. Al menos la revolución traía hembras, delicadas, dadivosas, lindas,
creativas.” (14). Una de las enamoradas del protagonista era universitaria y
casada. Recuerda que el esposo la llevaba a su casa, “confiado en la patraña
estudiantil juraba que aportaba su granito de arena a la revolución mundial”
(19). Es un raro caso donde es la mujer quien “pone los cuernos”, cuando en la
cultura machista de la ciudad generalmente opera al revés, incluyendo los
entornos políticos de la izquierda local, donde se mueve la novela.
Ferrufino, a través del protagonista, es muy
crítico de la juventud de clase media de entonces, particularmente mujeres, que
jugaban a la revolución mientras eran estudiantes (su “ida al pueblo” llama Claudio),
para volver al guion social pre establecido, luego de egresar:
“Yo miro a una muchacha universitaria
extasiada del ambiente. Esta mierda significa su ida al pueblo. Dormirá mejor creyendo formar parte de una élite pensante y destinada a mandar. Abrirá las piernas a otro compañero de
clase de origen dudoso. Con ello volverá a sentir que sus pasos en la vida
tienden a memorables, que habrá conocido el vientre de Leviatán y lo habrá
deglutido antes de que el monstruo la devore.” (108)
A una de sus novias “le gusta la mierda esa de los
revolucionarios” (156). Él también se autodefine como “villista y guevarista”,
pero está claro que estos rituales son “un mero atajo hacia un arribismo
descarado, amén de mujeres y prestigio”. Desconfía de sus capacidades ‘revolucionarias’: “dudo que alguno llegue a empuñar otra arma que no sea su miembro para
mear; incluyo a las mujeres. Arte del pavoneo. Bebida gratis. Promiscuo
equivale a socialista en esta jerga universitaria” (156-159).
Y, como seguramente buena parte de los jóvenes
universitarios, el campus universitario también se torna en el lugar de la
separación amorosa: “Me avisa un día que retorno a la universidad luego de
haber perdido ya el semestre que hubiera sido hermoso. Y me deja una carta que
habla de sueños, de mi pecho joven, de las mujeres del porvenir” (120). O el
tormento que sufre cuando la amada, con quien ha roto irremediablemente, no
solo ya no le contesta, y se lamenta “pasarás a mi lado en la universidad
ignorándome” (120). Ser ignorado, es lo peor que puede haber, y el protagonista
de la novela es muy sensible a ello.
Posdata
La Facultad de Medicina se ha preciado que sus
estudiantes realizan sus prácticas en seres humanos reales, en la morgue del hospital
Viedma. En el imaginario de la ciudad no es el lugar más apreciado, por el
contrario, es símbolo de tristeza y tragedia. Ello a propósito de una reflexión
que hace la madre al protagonista por beber en los extramuros de la ciudad: “sentencia
que un día sucederá en serio, que me maten, y no aparecerá nadie a recogerme y
enterrarme. Acabarás disperso en las mesas de los estudiantes y alguno usará tu
calavera de pisapapeles. ¿Eso esperas para ti?” (27).
Cuando la dictadura del Gral. Banzer, en la década
del 70’, se realizaron extraños convenios con la entonces URSS, entre ellos de
apoyo a la minería. Bajo este paraguas, llegaron cientos de jeeps rusos, como
el que describe el autor, mientras una docena de estudiantes “entusiasmados” van
a un “matrimonio indígena” en Cliza (más bien campesino, no? Pues Cliza es zona
de colonos y piqueros vallunos):
“El jeep UAZ, ruso, traído desde las minas
de Potosí, porque los rusos estaban allí en las afueras, en un complejo minero,
cargaba con al menos una docena de nosotros, estudiantes, entusiasmados,
partiendo de una casona de la calle Antezana, muy cerca de la Universidad,
hacia un matrimonio indígena en Cliza” (14).
En realidad es “gloria a
Villarroel”.
Aprovechando el “tiempo
de revolución…, dado el tumulto”, se robó “de las anticucheras, de las pilas de
apanados y chorizos que levantan con maestría, perros calientes que devoré
fríos para apaciguar el estómago resentido por la mezcla de maíz, cerveza y
farmacia” (126).
El populismo ruso del siglo XIX,
llamado narodismo, viene derivado del lema "ir hacia el
pueblo", movimiento que Claudio conoce a profundidad, desde la literatura
principalmente.