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domingo, 8 de agosto de 2021

LOS ABÚLICOS[1] Carlos Walter Urquidi

Carlos Walter Urquidi era parte del equipo de escritores estables en la revista Arte y Trabajo, principalmente en el periodo de su primer director, Cesáreo Capriles. Tenía el espíritu libertario y autonomista de Capriles, y talento en la pluma. Como en este texto de 1921, LOS ABÚLICOS, totalmente actual para entender los tiempos que corren.

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He aquí que llega el rebaño. El rebaño formado por los pseudo-hombres, por los carentes de voluntad, porque nunca la tuvieron, o porque la han perdido.

 Sépase que no me refiero a los enfermos. Hablo de esa masa inconsciente, tumultuosa y cretinezca, de la cual echa mano cualquier arbitrario, un mandón cualquiera, para realizar sus ambiciones y ver colmados sus fines. Los abúlicos, ignorantes hasta de la misma finalidad de su vida, se entregan ciegamente al primer audaz que quiere usarlos. Y como son los más, son la fuerza. Son la fuerza bruta y aplastante. Y a su empuje sucumben la razón, la justicia, el derecho, víctimas de su inconsciencia.

 Porque son como la mole granítica despeñada, que destruye cuanto encuentra a su paso. Pero como ella, como la roca de granito, acaban por precipitarse estruendosamente en el abismo, donde se confunde el eco de las carcajadas de quien las impulsó…

 Y como ellos nunca pueden ser causa, se prestan incondicionalmente a ser medio, por proditorio que sea el fin.

 Los abúlicos, lejos de contribuir a la eficacia del dinamismo social, le restan constantemente energía, y constituyen la mayor rémora para su progreso.

 Abandonados a sí mismos son un obstáculo, y se tornan en temible instrumento en manos de la fullería canallesca.

 Forman la enorme mesnada de los comprables, de los serviles, de los abyectos, de los vividores de profesión, de los que han desterrado de su lenguaje la palabra “dignidad”, que les suena a provocativa en labios de los demás.

 En las escuelas en que se crea una atmósfera opresiva y deprimente, en los cuarteles en que se tiende a la anulación de la personalidad, en todas partes en que la libertad es constreñida, se preparan las futuras catervas de abúlicos!...

 Y ellos abundarán mientras la ignorancia se enseñoree en el pueblo, mientras la bestialidad reina en las masas.

 Y serán, entre tanto, constante amenaza, y sembrarán por largo tiempo aún el terror, y asolarán estúpidamente cuanto caiga bajo sus plantas, a los feroces gritos de un Atila bárbaro y fratricida…

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[1] En Revista Arte y Trabajo. No 21. 1921. Pp 7-8.

sábado, 13 de marzo de 2021

Edmundo Camargo, un poeta bioregional de Cochabamba -Carlos Crespo Flores-

 Edmundo Camargo (1936-1964), poeta si bien nacido en Sucre, se vino niño a Cochabamba. Es un escritor universal, pero escribe desde el valle. En sus versos encontramos una profunda sensibilidad bioregional valluna, como en este poema, Clave de verde en doce campanadas.

 Había vivido en Francia, por tanto, conocía la ciudad moderna, la que “se olvida de sus manos”, y donde “bocinas y frenos atrozmente se encrespan”. Frente a este paisaje se halla “el verde/ borroso como un sueño/con sus enormes dedos de agua y de verano”; es el valle que está pintando el poeta, sin duda, donde “el viento solo escribe palomas en el aire”. Y cuando pide a una mujer que lo recoja (“en pestañas insomnes como lunas”) “cuando la noche cierra los párpados del río”, sospecho que está pensando en el Rocha, o en los innumerables ríos menores que bajan de la cordillera del Tunari, como el rio Tacata, cerca de la hacienda de Paukarpata, donde solía pasar estancias con su amigo, el poeta cochabambino Jaime Canelas. Y cuando el escritor promete esperarla “en la lluvia de trigo bullicioso”, en su imagen se halla los campos de trigo de El Paso, por donde seguramente circulaba. 

El final del poema es musical y erótico, pues la espera a la amada es “hasta morir guitarras en la hierba”; luego le pide “desnúdate mujer en mi charango/ entrégame las cifras profundas de tu sexo/y el beso será estrella feroz de eternidades”. Guitarra y charango son instrumentos musicales de la cultura valluna, y Edmundo Camargo lo sabía. 

Este rasgo bioregional de la escritura de Camargo, esta conciencia de su ser valluno coexistiendo con la universalidad de su poesía, fuertemente influida por el surrealismo, lo emparenta con otros escritores cochabambinos, locales, que al mismo tiempo son universales, como Claudio Ferrufino, Jorge Zabala, Adela Zamudio.


 Clave de verde en doce campanadas 

A Mario Lara Lopez

1

La ciudad se olvida de sus manos
bocinas y frenos atrozmente se encrespan.
Salta la cal en extensiones agudas de sonido.
Los relojes se evaden hacia el norte
salvaje de paredes
y sol frenético de pájaros.
De pronto llega el verde
borroso como un sueño
con sus enormes dedos de agua y de verano,
el verde que acaricia el cráneo del bullicio
y es un color fluyendo por ojos por esperas
y por los doce estambres de la rosa del día.
 

2

El viento sólo escribe palomas en el aire
y estoy como sin fecha despojando
los lunes de silencio.
Mujer en verde pensativo
recógeme en pestañas insomnes como lunas
cuando la noche cierra los párpados del río.
Un día sin anillos
perdido en los espejos de una ciudad de dientes
te esperaré en la lluvia de trigo bullicioso
hasta morir guitarras en la hierba
y devanar mis pómulos en sombra.
 

3

Escucha:
es el amor que llega con mejillas huyendo
con palabras partidas en su seno.
Desnúdate mujer en mi charango
entrégame las cifras profundas de tu sexo
y el beso será estrella feroz de eternidades.

 

Fuente: EDMUNDO CAMARGO. Obras Completas (2002). Pp. 133-134.


miércoles, 30 de diciembre de 2020

Carlos Crespo/Laura Crespo (2020) Elementos para una historia ambiental del río Rocha. Un enfoque ecocrítico y biorregional. PARA DESCARGAR

 No pudimos entregar la versión papel, pero sí la versión digital. Que lo disfruten!!! 

Carlos Osbaldo Crespo Flores & Laura Irma Crespo Peñaranda (2020) Elementos para una historia ambiental del río Rocha. Un enfoque ecocrítico y biorregional. Cochabamba: Centro Andino para la Gestión y Uso del Agua (Centro AGUA-UMSS). 209 pp.

https://drive.google.com/file/d/1e8vgAR7qWUEdNtMShavdoVOv5hD4VZNw/view?usp=sharing


jueves, 19 de julio de 2018

Juan de la Rosa y un mito cosmogónico valluno

Lucas Cranach the Elder - Adam and Eve

Carlos Crespo Flores

En la cuenta larga del valle cochabambino, uno de espacios más valorados y admirados por su belleza y fertilidad  ha sido la campiña de Cala Cala. De hecho, cuando el inca Tupac Yupanki consolida este territorio para el imperio, Cala Cala es el lugar donde construye un “pequeño patrimonio” personal, incluyendo un aqllawasi (casa de mujeres vírgenes del inca) y baños. Innumerables arroyos y vertientes de agua la atravesaban, convirtiéndola en una zona húmeda y exuberante.

Cala Cala ha sido celebrada por poetas, cronistas e historiadores. Alcides D’Orbigny, quien estuvo por la ciudad en 1832, la definía como “el bonito caserío de Calacala, con sus árboles verdes, lugar de cita de los paseantes, sitio elegido para los paseos campestres de los ciudadanos”. Julio Rodríguez, prócer de la élite local, en una biografía familiar recordando la década de 1860, hablaba de los recorridos para “k’uquear” por las huertas de Calacala”. A fines de 1910, el protagonista de la novela de Demetrio Canelas, “Aguas Estancadas”, organiza una fiesta en las "suaves frondas del verdeante bosque de naranjos de Calacala"; y describe: "Nada más bello y amable que aquella floresta de Calacala, reclinada a las faldas de la cordillera del Tunari”. La misma Adela Zamudio tenía una pequeña casa de campo en Cala Cala, donde se refugiaba los fines de semana para escribir, atender a los sobrinos y su jardín.

La magnificencia de la campiña calacaleña impulsó a Nataniel Aguirre proponer a esta parte del valle como el probable escenario del bíblico paraíso terrenal. En una escena de la novela Juan de la Rosa, el protagonista, Juanito, está a punto de enfrentar a Padre Arredondo, por sus inclinaciones a favor de los patriotas. A punto de recibir un duro castigo, Juanito reflexiona sobre el clima y el paisaje valluno de Cala Cala:

“¡Benditos meses de marzo y abril! ¡De cuánta gala sabéis revestir vosotros la hermosa tierra en que he nacido! Si los demás meses del año se os pareciesen, si a lo menos los de septiembre y octubre no fueran tan mezquinos de lluvias y quisieran estimularse con el ejemplo del generoso febrero, para impedir que el sol sediento se beba toda el agua del Rocha y de las lagunas, yo sostendría con muy buenas razones que Eva cogió el fruto prohibido en Cala Cala, aunque me trajesen juramentado al Inca Garcilaso de la Vega, para que declarase a mi presencia que los españoles hicieron venir de la Península el primer árbol de manzanas; porque el Génesis no dice que fue aquel fruto precisamente una manzana, y pudo ser una chirimoya, una vaina de pacay o cualquier otro de los deliciosos frutos de nuestros bellísimos árboles indígenas.”

Aguirre está situando un mito cosmogónico según la tradición judeo cristiana, en el valle, pues está emplazando en Cala Cala el origen de la creación del mundo, otorgando a la campiña, por tanto, un sentido más allá del tiempo histórico. Este es un mito bioregional, pues está articulado a la ecología de la zona, y el novelista escribe desde el conocimiento de su hábitat.

Los mejores meses del año en Cochabamba han sido los de la temporada lluviosa, entre febrero a abril particularmente, donde el valle, en este caso Cala Cala, se torna verde y florido; época de abundancia de frutas, maíz, trigo, papa. Es el momento paradisíaco. Mientras que, entre agosto a noviembre, la lluvia está ausente, la humedad disminuye y el agua (incluyendo el del río Rocha) es escasa. Aguirre sabe y lo retrata

Respecto a la fruta prohibida, efectivamente en Génesis 3:1-3 leemos: “La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que Yahvé Dios había hecho. Dijo a la mujer: «¿Cómo os ha dicho Dios que no comáis de ninguno de los árboles del jardín?» Respondió la mujer a la serpiente: «Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Más del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte.» El texto bíblico no explicita que haya sido una manzana la fruta que sedujo a Eva y Adán (especie introducida por los españoles, como Garcilazo de la Vega podría atestiguar), imagen construida por el cristianismo oficial. Pudo haber sido alguno de los sabrosos “árboles indígenas" del valle cochabambino, como el pacay o la chirimoya.

Hoy, Cala Cala, como en el pasado, continúa siendo una zona donde habitan las elites de la ciudad, aunque los cambios son evidentes. La sensación de Juanito respecto a la sequedad del valle durante una época del año, hoy es lo normal: el “sol sediento se ha bebido” las aguas superficiales y subterráneas, las áreas de cultivo y la masa arbórea han desaparecido en pro del cemento y la urbanización kitsch. Tal el paisaje dominante cala caleño. Solo nos queda la memoria literaria de este hermoso mito de creación valluno.

viernes, 11 de mayo de 2018

MI CIUDAD DESAPARECIÓ



Carlos Crespo Flores


Es el título de una conmovedora canción de la banda The Pretenders. Chrissie Hynde, su vocalista, la escribió en 1982 luego de regresar a su ciudad natal, Akron, Ohio, solo para descubrir que el “desarrollo” y la cultura del automóvil, habían despojado a la ciudad de su carácter y destruido los lugares en los que había crecido: “Volví a Ohio/Pero mi ciudad se había ido/…Todos mis lugares favoritos/Mi ciudad había sido derribada/Reducida a espacios de parqueo”.

Es el mismo sentimiento que me acoge contemplando la ciudad de Cochabamba, la urbe marketineada por el actual gobierno municipal como “sorprendente” o la “ciudad de todos”. El hábitat valluno donde crecí y amé no existe más, ha sido reemplazado por un espacio urbano polucionado, segregado y vigilado. El Estado y el Mercado en sus ángulos mas temibles ha llegado como una aplanadora, tranformando irreversiblemente la campiña valluna.

Soy parte de una generación que se curtió principalmente en la calle, el barrio, desarrollando un sentido de pertenencia al lugar, al microespacio, por tanto una identidad local. De esta manera, se podía hablar de los “caracoteños”, “calacaleños”, “sarqueños”, o “jauhuayqueños”. En mi caso, provengo de la “9 de Abril” y luego del “Complejo Fabril”. Hoy, no existen más tales identidades: la homogeneización paisajistica kitch del cemento (“ch’ojcha” llamaría el escritor Juan Cristobal Mac Leran) y el síndrome de desconfianza en el “otro” en nombre de la inseguridad, han debilitado irreversiblemente la imagen de la ciudad y sus diversas sensibilidades/imaginarios espaciales.

Lamentablemente no puedo ignorar que la población local valluna ha aceptado la transformación de la ciudad. En una suerte de servidumbre voluntaria ambiental, ha internalizado como un valor positivo la destrucción paisajística: son los mismos vecinos que cortan árboles, admiten el cementado de áreas verdes y la construcción de infraestructuras inútiles en espacios protegidos. La tierra de los poetas Man Cesped y Adela Zamudio, amantes de la naturaleza del valle, ha sido arrasada por sus mismos habitantes. Más aún, los cochabambinos han caído en la adicción petrolera; ricos y pobres, indios, cholos y criollos, asumen que el automóvil es el símbolo del progreso y la modernidad, a la que se debe acceder (tanto que el presidente del Estado Plurinacional lo ha considerado un derecho humano). Y cerrando la tragedia, el discurso de la inseguridad, por tanto la desconfianza en el otro se ha impuesto: frente a la violencia y la inseguridad se acepta incrementar los gastos defensivos, desde la vigilancia policial barrial, pasando por las cámaras de seguridad, hasta el autoencierro espacial, como se evidencia con el crecimiento de condominios y barrios cerrados. El miedo es el dispositivo más eficaz para establecer una sociedad de disciplinamiento y control.

Volví a Ohio/Pero mi bonita campiña/Había sido pavimentada por el medio/Por un gobierno que no tenía orgullo”, se lamenta Hynde. Como la ciudad norteamericana, en Cochabamba hemos perdido el paisaje que hacía exclamar en quechua al poeta Saturnino Olañeta a fines del S XIX: “Nuestra ciudad, Cochabamba,/Se aduerme al pie del Tunari./Toda colmada de flores,/Cuán bella es nuestra ciudad.No se conoce la pena,/Tan solo existe la hemosura/Y todos, sin que falte uno,/Viven alegres en ella”. Sean de derecha o izquierda, liberales o marxistas, nuestros gobernantes han sido seducidos por la ideología del progreso y “le meteremos nomás”. 

Al biólogo Francisco Varela le preguntaron alguna vez si veía soluciones a la crisis actual, este respondió que los lunes, martes y miécoles era optimista para encontrar salidas, pero el resto de los días de la semana no las avizoraba y se hallaba pesimista. Hoy me encuentro en esos días oscuros. Lo siento.


The Pretenders - My City Was Gone


martes, 22 de diciembre de 2015

El clima del valle cochabambino según Alcides D’orbigny


Alcides D’orbigny, en septiembre de 1830 estaba en Cochabamba, y sus impresiones como naturalista ilustran las características del clima en la bioregión valluna durante ese periodo:

 “La temperatura es muy agradable. Aunque situada en la zona tórrida, la elevación del valle sobre el nivel del mar le da las características de una región muy templada, donde no hace ni tanto calor ni tanto frio como en Provenza: el olivo no se hiela nunca. En el mes de septiembre, es decir, al comienzo de la primavera, el máximo de temperatura no me dio nunca arriba de 18 a 20 grados centígrados, y la proximidad de las montañas nevadas produce a menudo una frescura saludable”.

 El valle es comparado por D’orbigny con una de las regiones más hermosas de Francia, con su paisaje y clima mediterráneo, pero tambien productiva; por otro lado, la importancia fundamental de los vientos de la cordillera en la regulación bioclimática valluna, es destacada por el científico, son los vientos que refrescan, frio y húmedo debido al nevado del Tunari. La temperatura máxima en el mes de septiembre medida por el explorador galo fue 18 a 20 grados centígrados, sorprendente, pues este año, 2015, casi 200 años después, el 15 de septiembre llegó a marcar 31 grados, y la temperatura promedio del mes fue de 27 grados centígrados; una diferencia de por lo menos 7 grados. No existen más las montañas nevadas permanente en el Tunari, que deslumbraron a D’orbigny, y que refresquen los vientos dirigidos al valle.
Que mayor evidencia de los efectos del cambio climático en escala local?


lunes, 26 de mayo de 2014

LOCOTO VERDE. Boletín de la fracción ecologista y lúdica del Grupo Luis Espinal OTB 18 de Mayo

Nueva Época No 1 Cochabamba, Mayo 2014

Número de homenaje por el aniversario del Barrio

Indice
 DE DONDE VENIMOS?
 EL ORIGEN DEL NOMBRE DEL BA-RRIO
 LOS VENDEDORES DEL STADIUM
 LA CHICHERIA DEL LATA PUNKU
 RECORDANDO AL “NEGRO” PE-ÑARANDA
 LOS “CHICOS MALOS
 LA SEDE SOCIAL ES DEL BARRIO, NO DE LA IGLESIA CATOLICA

https://www.dropbox.com/sm/create/BOLETIN%20LOCOTO%20VERDE%20NO%201-%20NUEVA%20EPOCA%202014.pdf


lunes, 3 de junio de 2013

Gary Snyder y Bioregionalismo



Tal vez la idea fundamental del bioregionalismo es que, como Gary Snyder ha dicho, "el mundo son lugares." Es decir, no hay una "naturaleza" única, homogénea, sino una amplia variedad de áreas bioregionales locales y distintas - por ejemplo, la región forestal mixta de madera del Piamonte, el desierto del Suroeste, la zona lluviosa fría del Pacífico noroeste, los bosques del norte de Wisconsin. El punto de vista bio-regional de la naturaleza, entonces es descentralizada, haciendo hincapié en la singularidad de la zona local.

Esta tendencia hacia la descentralización se encuentra en muchos otros aspectos del bioregionalismo. El Bioregionalismo se opone al movimiento hacia una economía global, buscando en su lugar fomentar la búsqueda de economías autosuficientes locales y en gran medida adaptadas a la tierra y el clima particular. La economía de la Cuenca del Río Fox-Wolf, entonces, necesariamente será diferente de la de los desiertos de la Gran Cuenca y la costa de Maine - como lo fue para los indígenas americanos.
    
Central a una economía bioregional es la agricultura, lo que determinará en gran medida la economía de la zona. Como bioregionalista Wendell Berry ha dicho, tenemos que preguntarnos qué es lo que produce naturalmente la tierra de nuestra área en particular, cuáles son sus patrones naturales y los límites, y sólo entonces decidir qué explotaciones pueden crecer adecuadamente y de manera sustentable. Lo que es apropiado y sustentable diferirá considerablemente entre, por ejemplo, los suelos profundos de Kansas y los suelos post-glaciales finos del norte de Wisconsin.

Una forma común de pensar de la naturaleza bioregionalmente es en términos de cuenca. Una cuenca hidrográfica es un drenaje del río, una zona en la que todo el agua corre - a través de arroyos y pequeños ríos - a un gran río. Una cuenca hidrográfica es, pues, una unidad geográfica determinada por la red de flujos y sistemas fluviales. Un río se ve no como un límite, sino como la espina central de un sistema de río amplio.

Las política Bioregionales también se descentralizan y definen por las diferencias bio-regionales. En gran medida, las divisiones políticas en los Estados Unidos son racionales, por lo tanto arbitrarias en términos del mundo natural que separan. Los límites del condado, nacionales, estatales, con frecuencia no tienen relación con el terreno. Considere la frontera entre Estados Unidos y Canadá desde el estado de Washington a Minnesota. Considere la frontera entre Carolina del Norte y Virginia. Algunos políticos bajaron un mapa y trazaron una línea sobre ella, haciendo caso omiso de la realidad concreta de la geografía física y cultural. En el bioregionalismo, por otro lado, la divisiones políticas se realizarían a lo largo de las líneas naturales. En Wisconsin, la zona norte sería parte de una sola región biológica con la península superior de Michigan (¿de dónde viene esa línea fronteriza estatal?). Tales divisiones reflejarían lo que realmente está allí, en el mundo natural, en lugar de las creaciones abstractas de unos pocos hombres.

La políticas Bioregionales también se caracterizan por una relativa independencia de las diferentes áreas. El Bioregionalismo se opone al Estado-nación centralizado, grande, que tiende a limitar la determinación local y la participación ciudadana al mismo tiempo que aumenta el poder político y militar de los que dirigen el gobierno y el poder económico de las grandes corporaciones. El Bioregionalismo prefiere la democracia ciudadana de pequeña escala, lo que aumenta el poder y la responsabilidad de las personas y les permite dar forma a su gobierno de acuerdo a las necesidades locales.