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miércoles, 9 de enero de 2019

"Cuando la revolución se convierte en el Estado, vuelve a ser mi enemigo": extracto de una entrevista con James C. Scott


Ahora estoy trabajando en el río Irrawady. Los ríos nos cuentan lo que el Homo Sapiens y los Estados hacen a los fenómenos naturales en el mundo. La ingeniería y el represamiento muestran cómo los humanos trabajan, violan el movimiento de la naturaleza o las aves migratorias y también cómo los humanos dan forma a las tierras. El río Irrawady es la autopista de la cultura birmana. Puedes subir y bajar kilómetros y aún encontrar la misma cultura. Pero si vas 20 millas hacia las colinas, es una cultura completamente diferente.

Las culturas se cementan con el agua, como mostró Fernand Braudel con su trabajo en el Mediterráneo. La integración a través de las aguas forma el conocimiento de unos a otros. En 1800 antes del barco de vapor, era más rápido ir de Londres a Sudáfrica, que por diligencia de Londres a Edinburgo, por lo que la gente viajaba por mar.

Los mapas nos engañan y es por eso que las juntas de agua son cruciales. Los estados antiguos siempre se construyen cerca de ríos, costas o planicies aluviales, lo que permite la agricultura (agricultura en terrazas, por ejemplo) y la independencia de otros sistemas.

P: Hablando de agua, ¿cómo vería a los grupos que intentan escapar del sistema estatal contemporáneo, como los piratas, algo que se discute en Zomia, el libro que escribió acerca de la gente de las montañas que escapan del Estado en todo el sureste de Asia y el Himalaya?
J.S .: ¡Si tuviera otra vida, trabajaría en la Zomia húmeda! Los pantanos, las marismas y las costas de manglares son lugares donde las personas huyen y se esconden todo el tiempo.

Veamos los cimarrones del tenebroso Gran Pantano, en la frontera de Carolina del Norte y el norte de Virginia en los Estados Unidos. Al comienzo de la guerra civil, eran 7.000 esclavos fugitivos que vivían en los pantanos. Muchos nacieron allí sin haber visto nunca a un hombre blanco. Algunos no pudieron llegar a Canadá, así que fueron al pantano para que nadie pudiera encontrarlos. Los pantanos tenían mucho que ofrecer: caza y recolección, así como la cultura del maíz.

En las aguas de Malasia vemos patrones similares. El Orang Laut, los gitanos del mar, han estado huyendo del Estado gracias a sus barcos. De vez en cuando trabajaban como mercenarios marinos o "corsarios", vendiendo sus servicios a los sultanes malayos, pero estaban libres del Estado Nación. También viajaban y vivían de una manera casi imposible de rastrear.

Los océanos, al igual que las colinas, son espacios abiertos que dificultan a los Estados el reclutamiento, imponer impuestos o limitar su libertad.
(2018)
Traducción: CCF

viernes, 16 de marzo de 2018

BOLETIN BIBLIOTECA CESAREO CAPRILES No 2 (Descargar)

PRESENTACIÓN
La Biblioteca Cesáreo Capriles es un espacio de conservación y difu-sión del pensamiento y práctica anarquista en sus distintas vertientes. Opera desde Cochabamba y entre sus actividades se halla la edición de un boletín. Luego de tres años, el Boletín de la Biblioteca Cesáreo Ca-priles publica el segundo número, con el deseo de mantener a partir de ahora una mayor periodicidad.

Esta edición del Boletín inicia con un artículo so-bre La Masa Crítica y No a la Tala de Árboles en Cochabamba, dos movi-mientos ciudadanos con-siderados nuevas expre-siones de la acción colec-tiva de resistencia y cana-lización de demandas, no relacionadas con un con-tenido clasista; se analizan ciertos rasgos libertarios de su organización y práctica, así como sus límites, en particular la política de demanda antes que una política autónoma de acto.

En la Biblioteca Cesáreo Capriles existen algunos números de la revis-ta Arte y Trabajo, dirigida por el individualista cochabambino del cual lleva el nombre la biblioteca. De esta publicación hemos recuperado el artículo editorial del ácrata valluno “Desconcertando” (1922), una críti-ca a la ideología nacionalista de la “patria”, considerado “el más funes-to de los prejuicios que hacen desgraciada a la humanidad, sin él, podía libertarse de otros cuyo arraigo se haría imposible suprimidas las mal-ditas fronteras, baluarte de todas las picardías que se cometen en nom-bre de las nacionalidades”.

La Biblioteca también conserva algunos escritos inéditos. Uno de ellos es un testimonio de Octavio Montenegro, carpintero, dirigente del gre-mio y como tal impulsor de un sindicalismo revolucionario, más allá del mutualismo. Fue fundador de la Central Obrera Departamental de Cochabamba (COD), si bien tuvo militancia trotskista, defendió la democracia y autonomía sindical. Su escrito, laborado el año 1986, evi-dencia el espíritu libertario que animaba a don Octavio. Agradecemos a Canario y Chaly por hacer posible su publicación.

Del panteón libertario cochabambino debemos recordar al escritor Jor-ge Zabala, uno de los pocos intelectuales que no fueron contaminados por las ideologías dominantes autoritarias que han circulado en el valle en los últimos sesenta años: nacionalismo, fascismo, marxismo, indi-genismo. Y su proximidad con el anarquismo es manifiesto, como en el texto que transcribimos, de 1970, “Las maneras Anarquistas”, donde leemos afirmaciones como: “El hastío hacia los que administran hoy la bondad. Históricamente la crítica se dirigió a los “esclavo del sueldo” y propuso una solidaridad comunal y el gobierno propio, por lo menos en Kropotkin el Príncipe y Explorador Anar-quista”.

Compañera del escritor brasileño Jorge Amado, Zelia Gattai fue tam-bién escritora. Sus familiares, de origen italiano, fueron fundadores de la «Colonia Socialista Experimental”, conocida como “colonia Ceci-lia”. De su libro autobiográfico "Anarquistas gracias a Dios", hemos extractado la sección donde Gattai relata el experimento de organizar una comunidad fundada en otro tipo de relaciones sociales, autónomas e igualitarias.

Entre las traducciones de textos inéditos en español, presentamos el artículo “Libertad y Autonomía” (1972) del anarquista norteamericano Paul Goodman, para quien “el principio fundamental del anarquismo no es la libertad, sino la autonomía”. Lo consideramos importante para entender el llamado “nuevo anarquismo” (David Graeber).

El sociólogo canadiense Richard Day, también anarquista, llegó a Co-chabamba el año 2015. Hemos transcrito la exposición que realizó a propósito de su libro más famoso, “Gramsci is Dead”, donde desarro-lla el argumento de la necesidad de una política no hegemónica, y afir-ma que “los anarquistas, y pueblos indígenas orientados hacia la auto-nomía, tienden a rechazar la hegemonía de la hegemonía, y creen que el cambio social radical no solo es posible, sino solamente realizable de verdad, por medios no hegemónicos”.

La segunda traducción es un texto de James C. Scott, cientista políti-co y antropólogo anarquista norteamericano, experto en sociedades agrarias y no estatales. En su último trabajo, Against the Grain (2017), Scott explora por qué los humanos abandonaron la caza y la recolección por comunidades sedentarias dependientes del ganado y cereales. A continuación, analiza la dieta del Paleolítico y su vínculo con la civilización antigua.

Marcelo Maldonado, historiador del movimiento anarquista boli-viano, ha reconstruido la experiencia educativa de la Federación Obrera Local (FOL) de La Paz en regiones de haciendas del altiplano paceño, en el marco de las sublevaciones indígenas del periodo 1946-47, y publicadas en el libro Esbozos de Pedagogía Libertaria en el Altiplano (2017). Carlos Crespo realiza una reseña del trabajo.

Agradecemos a Laura en el apoyo a la traducción; a Soñador Social por el dibujo de la tapa. Las imágenes son del ilustrador y militante anarquista británico Clifford Harper.



Para descargar:
https://drive.google.com/file/d/1DydVdFznecbUz23s_X6xhoZBXEdTuz2v/view?usp=sharing

jueves, 1 de agosto de 2013

James C. Scott. La vigencia del anarquismo



Por Julián Casanova
En 1976 James C. Scott, actualmente profesor de Sociología y Antropología en la Universidad de Yale, publicó The Moral Economy of the Peasant. Rebellion and Subsistance in South East Asia.  En esa obra Scott anticipó un enfoque que explicaba la interacción entre la comunidad local y el mundo exterior vista desde la óptica de los campesinos. Nueve años después, el mismo Scott pulía y ampliaba ese modelo interpretativo en Weapons of the Weak. Everyday Forms of Peasant Resistance. Scott tenía razón: las ocasiones en que los campesinos se rebelaban y enfrentaban al estado y a las elites agrarias eran raras y extraordinarias y, sin embargo, la mayoría de los estudios sobre la protesta campesina estaban únicamente interesados en rebeliones y revoluciones. Mejor sería, para no seguir dando vueltas al mismo asunto, introducirse en ese terreno inexplorado, a caballo entre la pasividad y el desafío colectivo abierto, de las formas "corrientes" de la resistencia campesina.
El enfoque y las investigaciones de Scott resultaron tremendamente útiles. Una etapa parecía quedar atrás: la de la búsqueda insistente -"y en vano"- de conflictos y acciones organizadas en el mundo campesino, adaptando crudamente un modelo que ya resultaba incluso estéril para el análisis de las clases trabajadoras urbanas. Nuevos horizontes se abrían: bajo el término "everyday resistance" se recogían todas las "armas" que exhibían comúnmente los grupos subordinados y sin poder, desde el sabotaje e incendio de cosechas, a las roturaciones ilegales, pasando por el robo y el furtivismo. Dos maneras de ver la protesta, en suma: la que arrojaba su mirada a los raros momentos en que los campesinos se oponían abierta y violentamente al estado y a las elites agrarias; y la que prefería centrarse en esas otras formas de resistencia que, aunque menos llamativas y dramáticas, resultaban imprescindibles para comprender lo que los campesinos habían hecho históricamente para defender sus intereses frente al orden, fuera ese conservador, progresista o revolucionario.
Las formas de resistencia contempladas por Scott, constantes y persistentes, constituyen, en definitiva, los medios normales por los cuales los campesinos se han opuesto históricamente a las demandas sobre sus excedentes. Han merecido escasa atención por parte de los historiadores, pero en absoluto resultan inofensivas: esa resistencia "rutinaria" puede, "acumulativamente", tener un apreciable impacto sobre las relaciones de clase y autoridad en el mundo rural.
Concebida así la resistencia, no hay por qué darle más importancia a la organizada y revolucionaria que a la individual y a la que parece mostrar, al no tener consecuencias revolucionarias, signos de acomodación con el sistema de dominio. En realidad, dirá Scott, la actividad política organizada y abierta es un "lujo" que históricamente pocas veces estuvo al alcance de las clases subordinadas. Tales actividades resultaban peligrosas, "cuando no suicidas". La mayoría de las clases subordinadas están mucho menos interesadas en cambiar las estructuras socioeconómicas y del estado que en sobrevivir dentro de ese sistema evitando su vertiente más opresiva. Y si alguna vez se producen esas transformaciones profundas en forma de revoluciones es porque el campesinado ha sido movilizado por fuerzas externas en el marco de conflictos más amplios -invasiones extranjeras o guerras civiles, por ejemplo- que debilitan y dividen a los poderes existentes y liberan a los campesinos de sus lazos tradicionales con la autoridad.
Con todo ese bagaje de reconocido científico social e investigador de campesinos, conflictos y pueblos marginales, Scott publicó el año pasado Two Cheers for Anarchism: Six Easy Pieces on Autonomy, Dignity and Meaningful Work and Play (Princeton University Press), que acaba de publicar Crítica en castellano, con el título de Elogio del anarquismo. En ese breve ensayo, de título y subtítulo muy significativos, Scott se pone las gafas anarquistas para combatir el valor de las jerarquías en nuestras sociedades capitalistas y democráticas. Algo muy extraño en los tiempos que corren. Pero vale la pena entrar en la defensa que hace del anarquismo, mezclando historia y presente.
Su interés en la crítica anarquista del estado nació “de la desilusión y de las esperanzas frustradas de un cambio revolucionario”. Con el estudio de la historia, cayó en la cuenta “de que casi todas las grandes revoluciones victoriosas habían terminado creando un estado más poderoso que el que habían derrocado, un estado que, a su vez, podía extraerle más recursos, y ejercer un mayor control sobre la población a la que suponía que tenía que servir”. Ésa, en cualquier caso, ya había sido la tesis ampliamente razonada y divulgada por Theda Skocpol en su estudio States and Social Revolutions (1979). Los ejemplos clásicos de Francia, Rusia y China así lo probaban, pero también los más recientes de Vietnam y de las dictaduras establecidas en nombre del “socialismo real”. De las revoluciones salían estados más fuertes y represivos, y los sueños igualitarios se esfumaban, quebrados por el nuevo orden revolucionario.
Scott considera que “si uno se pone las gafas anarquistas y observa desde este ángulo la historia de los movimientos populares, de las revoluciones, de la política cotidiana y del estado, le saldrán a la luz determinadas percepciones que desde cualquier otro ángulo quedan oscurecidas”. Saldrán a la luz, sin duda, como ya anticipó Pierre-Joseph Proudhon, la cooperación sin jerarquía o sin el gobierno del estado, así como la confianza que los anarquistas depositaban en la cooperación espontánea y la reciprocidad. Esas gafas, así lo cree Scott, ofrecen “una imagen más nítida y una profundidad de campo mayor que la mayoría de las alternativas”.
Pero, dada las existencia de diversos anarquismos, algo que José Álvarez Junco expuso entre nosotros ya hace tiempo, Scott le ofrece al lector el tipo particular de  gafas que se tiene que poner para ver todo eso mejor. Así, rechaza la corriente dominante de “cientificismo utópico” tan omnipresente en el pensamiento anarquista a finales del siglo XIX y principios del XX. Y a diferencia de muchos pensadores anarquistas, no cree que el estado “sea siempre y en todas partes el enemigo de la libertad”.
Esto quiere decir que esas gafas no mirarían bien al anarquismo que triunfó en España en el siglo XX, el sindicalismo revolucionario, el único movimiento de masas anarquista que se mantuvo en la Europa de entreguerras, porque se definía claramente como "comunitario", "solidario", que confiaba en las masas populares para llevar a buen puerto la revolución, pero que tenía también como señas de identidad el antipoliticismo, la negación de las luchas electorales y parlamentarias, y la abolición del Estado. Su apuesta estaría más vinculada al otro anarquismo, al “individualista”, más elitista, que despreciaba a las masas y ensalzaba a la individualidades rebeldes.
En realidad, a Scott no le interesa, para probar sus argumentos, la historia de las diferentes manifestaciones que adquirió el movimiento libertario en el mundo durante las últimas décadas del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. Una historia de sociedades obreras, de clandestinidad, de terrorismo, de individualidades rebeldes y de lucha política, interpretada por los anarquistas como antipolítica. Ni tampoco su labor ideológica-cultural,  la creación de canales de comunicación e información o  la puesta en práctica de toda una red cultural alternativa, proletaria, de base colectiva.
Y le importa mucho, por el contrario, y de ahí la validez y actualidad de sus planteamientos, la crítica anarquista del poder político y sus falacias acerca del desorden y la espontaneidad.  Viendo la historia con esas gafas, las revoluciones no son obra del trabajo de partidos revolucionarios,  “sino el resultado de una acción espontánea e improvisada ("aventurismo", en el léxico marxista)". Y los movimientos sociales organizados son, “el producto y no la causa” de las protestas y manifestaciones descoordinadas. Y para finalizar, “los grandes logros emancipadores de la libertad humana no han sido el resultado de procedimientos institucionales ordenados sino de la acción espontánea desordenada e impredecible que ha abierto una fractura en el orden social desde abajo”. La tropa existe, sin duda, pero lo que importan son los individuos. Ahí arranca y concluye su “elogio del anarquismo”.
Elogio del anarquismo, de James C. Scott, se acaba de publicar en España en la editorial Crítica.


martes, 11 de junio de 2013

La vigencia del anarquismo

 Por: EL PAÍS | 06 de junio de 2013
por Julián Casanova

En 1976 James C. Scott, actualmente profesor de Sociología y Antropología en la Universidad de Yale, publicó The Moral Economy of the Peasant. Rebellion and Subsistance in South East Asia.  En esa obra Scott anticipó un enfoque que explicaba la interacción entre la comunidad local y el mundo exterior vista desde la óptica de los campesinos. Nueve años después, el mismo Scott pulía y ampliaba ese modelo interpretativo en Weapons of the Weak. Everyday Forms of Peasant Resistance. Scott tenía razón: las ocasiones en que los campesinos se rebelaban y enfrentaban al estado y a las elites agrarias eran raras y extraordinarias y, sin embargo, la mayoría de los estudios sobre la protesta campesina estaban únicamente interesados en rebeliones y revoluciones. Mejor sería, para no seguir dando vueltas al mismo asunto, introducirse en ese terreno inexplorado, a caballo entre la pasividad y el desafío colectivo abierto, de las formas "corrientes" de la resistencia campesina.

El enfoque y las investigaciones de Scott resultaron tremendamente útiles. Una etapa parecía quedar atrás: la de la búsqueda insistente -"y en vano"- de conflictos y acciones organizadas en el mundo campesino, adaptando crudamente un modelo que ya resultaba incluso estéril para el análisis de las clases trabajadoras urbanas. Nuevos horizontes se abrían: bajo el término "everyday resistance" se recogían todas las "armas" que exhibían comúnmente los grupos subordinados y sin poder, desde el sabotaje e incendio de cosechas, a las roturaciones ilegales, pasando por el robo y el furtivismo. Dos maneras de ver la protesta, en suma: la que arrojaba su mirada a los raros momentos en que los campesinos se oponían abierta y violentamente al estado y a las elites agrarias; y la que prefería centrarse en esas otras formas de resistencia que, aunque menos llamativas y dramáticas, resultaban imprescindibles para comprender lo que los campesinos habían hecho históricamente para defender sus intereses frente al orden, fuera ese conservador, progresista o revolucionario.

Las formas de resistencia contempladas por Scott, constantes y persistentes, constituyen, en definitiva, los medios normales por los cuales los campesinos se han opuesto históricamente a las demandas sobre sus excedentes. Han merecido escasa atención por parte de los historiadores, pero en absoluto resultan inofensivas: esa resistencia "rutinaria" puede, "acumulativamente", tener un apreciable impacto sobre las relaciones de clase y autoridad en el mundo rural.

Concebida así la resistencia, no hay por qué darle más importancia a la organizada y revolucionaria que a la individual y a la que parece mostrar, al no tener consecuencias revolucionarias, signos de acomodación con el sistema de dominio. En realidad, dirá Scott, la actividad política organizada y abierta es un "lujo" que históricamente pocas veces estuvo al alcance de las clases subordinadas. Tales actividades resultaban peligrosas, "cuando no suicidas". La mayoría de las clases subordinadas están mucho menos interesadas en cambiar las estructuras socioeconómicas y del estado que en sobrevivir dentro de ese sistema evitando su vertiente más opresiva. Y si alguna vez se producen esas transformaciones profundas en forma de revoluciones es porque el campesinado ha sido movilizado por fuerzas externas en el marco de conflictos más amplios -invasiones extranjeras o guerras civiles, por ejemplo- que debilitan y dividen a los poderes existentes y liberan a los campesinos de sus lazos tradicionales con la autoridad.

Con todo ese bagaje de reconocido científico social e investigador de campesinos, conflictos y pueblos marginales, Scott publicó el año pasado Two Cheers for Anarchism: Six Easy Pieces on Autonomy, Dignity and Meaningful Work and Play (Princeton University Press), que acaba de publicar Crítica en castellano, con el título de Elogio del anarquismo. En ese breve ensayo, de título y subtítulo muy significativos, Scott se pone las gafas anarquistas para combatir el valor de las jerarquías en nuestras sociedades capitalistas y democráticas. Algo muy extraño en los tiempos que corren. Pero vale la pena entrar en la defensa que hace del anarquismo, mezclando historia y presente.

Su interés en la crítica anarquista del estado nació “de la desilusión y de las esperanzas frustradas de un cambio revolucionario”. Con el estudio de la historia, cayó en la cuenta “de que casi todas las grandes revoluciones victoriosas habían terminado creando un estado más poderoso que el que habían derrocado, un estado que, a su vez, podía extraerle más recursos, y ejercer un mayor control sobre la población a la que suponía que tenía que servir”. Ésa, en cualquier caso, ya había sido la tesis ampliamente razonada y divulgada por Theda Skocpol en su estudio States and Social Revolutions (1979). Los ejemplos clásicos de Francia, Rusia y China así lo probaban, pero también los más recientes de Vietnam y de las dictaduras establecidas en nombre del “socialismo real”. De las revoluciones salían estados más fuertes y represivos, y los sueños igualitarios se esfumaban, quebrados por el nuevo orden revolucionario.

Scott considera que “si uno se pone las gafas anarquistas y observa desde este ángulo la historia de los movimientos populares, de las revoluciones, de la política cotidiana y del estado, le saldrán a la luz determinadas percepciones que desde cualquier otro ángulo quedan oscurecidas”. Saldrán a la luz, sin duda, como ya anticipó Pierre-Joseph Proudhon, la cooperación sin jerarquía o sin el gobierno del estado, así como la confianza que los anarquistas depositaban en la cooperación espontánea y la reciprocidad. Esas gafas, así lo cree Scott, ofrecen “una imagen más nítida y una profundidad de campo mayor que la mayoría de las alternativas”.

Pero, dada las existencia de diversos anarquismos, algo que José Álvarez Junco expuso entre nosotros ya hace tiempo, Scott le ofrece al lector el tipo particular de  gafas que se tiene que poner para ver todo eso mejor. Así, rechaza la corriente dominante de “cientificismo utópico” tan omnipresente en el pensamiento anarquista a finales del siglo XIX y principios del XX. Y a diferencia de muchos pensadores anarquistas, no cree que el estado “sea siempre y en todas partes el enemigo de la libertad”.

Esto quiere decir que esas gafas no mirarían bien al anarquismo que triunfó en España en el siglo XX, el sindicalismo revolucionario, el único movimiento de masas anarquista que se mantuvo en la Europa de entreguerras, porque se definía claramente como "comunitario", "solidario", que confiaba en las masas populares para llevar a buen puerto la revolución, pero que tenía también como señas de identidad el antipoliticismo, la negación de las luchas electorales y parlamentarias, y la abolición del Estado. Su apuesta estaría más vinculada al otro anarquismo, al “individualista”, más elitista, que despreciaba a las masas y ensalzaba a la individualidades rebeldes.

En realidad, a Scott no le interesa, para probar sus argumentos, la historia de las diferentes manifestaciones que adquirió el movimiento libertario en el mundo durante las últimas décadas del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. Una historia de sociedades obreras, de clandestinidad, de terrorismo, de individualidades rebeldes y de lucha política, interpretada por los anarquistas como antipolítica. Ni tampoco su labor ideológica-cultural,  la creación de canales de comunicación e información o  la puesta en práctica de toda una red cultural alternativa, proletaria, de base colectiva.

Y le importa mucho, por el contrario, y de ahí la validez y actualidad de sus planteamientos, la crítica anarquista del poder político y sus falacias acerca del desorden y la espontaneidad.  Viendo la historia con esas gafas, las revoluciones no son obra del trabajo de partidos revolucionarios,  “sino el resultado de una acción espontánea e improvisada ("aventurismo", en el léxico marxista)". Y los movimientos sociales organizados son, “el producto y no la causa” de las protestas y manifestaciones descoordinadas. Y para finalizar, “los grandes logros emancipadores de la libertad humana no han sido el resultado de procedimientos institucionales ordenados sino de la acción espontánea desordenada e impredecible que ha abierto una fractura en el orden social desde abajo”. La tropa existe, sin duda, pero lo que importan son los individuos. Ahí arranca y concluye su “elogio del anarquismo”.

Elogio del anarquismo, de James C. Scott, se acaba de publicar en España en la editorial Crítica.

 

martes, 26 de marzo de 2013

Infrapolítica: una estrategia de resistencia



Históricamente, para el campesinado y gran parte de la temprana clase obrera, podemos buscar en vano organizaciones formales y manifestaciones públicas. Hay una esfera de lo que he  llamado "infrapolítica", porque se practica fuera del espectro visible de lo que generalmente pasa por actividad política. El Estado históricamente ha frustrado la organización de las clases bajas, y mucho menos desafío público ....

Por infrapolítica tengo en mente actos como lentitud en el trabajo, la caza furtiva, el robo, el disimulo, el sabotaje, la deserción, el ausentismo, la okupación, y la huida. ¿Por qué arriesgarse recibir un disparo por un motín fracasado cuando la deserción va a hacer igual de bien? ... La gran red de cientistas políticos y la mayoría de los historiadores pierde completamente el hecho de que las clases más subordinadas históricamente no han tenido el lujo de la organización política abierta. Eso no les ha impedido trabajar microscópicamente, cooperativamente, en complicidad, y de forma masiva, el cambio político desde abajo.

James C. Scott
(traducción libre de su libroTwo Cheers for Anarchism -Dos hurras por el Anarquismo)



lunes, 25 de marzo de 2013

TIPNIS ¿una región de refugio? (extracto)



Del texto inédito de Jaime Galarza con el mismo título, extractamos las conclusiones donde sintetiza los argumentos para sostener que el TIPNIS es una “región de refugio”, huyendo del estado y estructurando sociedades autogestionarias, descentralizadas. 


“…El TIPNIS puede ser calificado como región de refugio, porque su conformación ha sido un efecto directo de la construcción estatal. Contiene las cualidades esenciales para le permiten ser catalogado como tal, como el de ser un espacio de muy difícil acceso, donde radican pueblos con lenguas y culturas variadas, quienes al evadir los abusos durante el proceso de construcción y consolidación del estado colonial y republicano, encontraron su refugio para seguir reproduciendo su cultura y sus formas de vida ancestrales. Como una región de refugio, el TIPNIS es un área marginal en aspectos geográficos, económicos y políticos que lo distingue claramente de un área de mando estatal.

(aunque)… tiene sus propias particularidades:

Ø  El TIPNIS contiene una abundante biodiversidad como consecuencia de haber sido uno de los refugios de bosque del pleistoceno, por lo que encierra una gran riqueza en recursos naturales. La situación de marginalidad económica provino sobre todo por las dificultades de acceso, lo cual ha llevado a que tanto el estado colonial como el republicano, planteen políticas de conquista a través de la construcción de un camino de penetración a esta región, pero sin haber logrado ese propósito.

Ø  El establecimiento de los pueblos indígenas en el TIPNIS fue simultáneo y en un proceso dialéctico a la consolidación del estado (colonial y republicano), en sus áreas contiguas. Sin embargo hay una salvedad en el caso de los yuracarés, por cuanto esta región es parte de su área de ocupación histórica. De este modo, se puede pensar que las comunidades yuracarés del TIPNIS congregan poblaciones que nunca fueron sujetos de estado, con aquellas poblaciones yuracarés provenientes de otras partes del territorio que fueron ocupadas por actores externos, y que se ubicaron en el TIPNIS al huir de la explotación en el proceso de construcción estatal.

Ø  Cada pueblo indígena tuvo una historia particular en la configuración de la región de refugio del TIPNIS, a lo largo de los últimos cuatrocientos años. Los yuracarés al huir de procesos como la reducción, el enganche cauchero y la colonización. Los mojeños, como parte de movimientos milenaristas de búsqueda de la loma santa. Los chimanes, al huir de la reducción y la presión de ganaderos a su área de ocupación tradicional. Así, todos encontraron en el TIPNIS, un espacio para reproducir con autonomía sus sistemas económicos, sociales y culturales, sin que el estado colonial o republicano los controlase.

Ø  Los pueblos indígenas desarrollaron diversas estrategias de  resistencia al poder estatal en el TIPNIS, como la evasión y dispersión en espacios aislados; el desarrollo de sistemas productivos que favorecen la movilidad; la adaptación a los cambios en su forma de vida, especialmente por la introducción de elementos culturales y materiales externos sin perder los rasgos fundamentales de su identidad étnica; y la presencia de liderazgos proféticos ligados al movimiento milenarista de búsqueda de la loma santa.
Jaime Galarza R.
                                                        Cuadro de Raquel Velasco (batik)