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sábado, 15 de mayo de 2021

El cholo mocontullo de Arequipa. Insultos, Modismos y Cochabambinismos en la novela Juan de la Rosa Carlos Crespo Flores

La novela histórica de Nataniel Aguirre contiene formas de hablar, insultos, locales e introducidos del siglo XIX, que han logrado resistir los golpes del olvido. Así como el rochear es un cochabambinismo introducido por el escritor en la voz de Juanito, existen otras imágenes verbales, que han ayudado a construir la lengua popular del valle. 

Modismos

Juan de la Rosa se halla atravesado de modismos vallunos, “cochabambinismos”, muchos de los cuales perviven en el habla popular. Algunos son “quechuañol”, expresión del mestizamiento temprano del valle cochabambino. Señalo algunos.

 -          Los carniceros, matarifes, como hoy, son “llamados mañazos” (pp. 264).

-          Carmencita se queja a Juanito del criollo que, al saludar, besa de manera erótica, pues anda “chenqueando a todos” (pp. 307). Chunquear tiene el sentido de acariciar, decir requiebros (Fernández Naranjo, 1975:57).

-          Como parte de su rutina diaria, el joven clérigo independentista, don Juan Bautista Oquendo, en sus visitas diarias, “se acercaba a todas las pulperías y a los puestos de la recova” (pp. 68). Mientras, la pulpería es una tienda donde se venden artículos de uso cotidiano, principalmente comestibles (RAE), la recova, cuyos puestos eran considerados “feísimos” por Aguirre (pp. 136); es un mercado popular (Fernández Naranjo, 1975:12), y el mercado de la ciudad era denominado así hasta la década del 60’. En la revolución del 14 de septiembre, Juanito observa, “un grupo bullicioso de mujeres de la recova (que) discurría por allí repartiéndoles (a los revolucionarios), además, cuchillos, dagas y machetes que ellos se apresuraban a arrebatarles de las manos” (pp. 78). Hasta hoy, las comerciantes del mercado/recova constituyen uno de los principales grupos de presión en momentos de crisis en la ciudad de Cochabamba.

-          En su destierro en Las Higueras/Sipe-Sipe, Mariquita invita a comer a Juanito exclamando: “—Comamos, niño, harto y a gusto, como Dios manda, cuando no es viernes de cuaresma (pp. 151). Hasta hace pocos años se utilizaba en el habla este sentido de asociar la celebración religiosa con la abstinencia, hecho relevante en la rica cultura gastronómica valluna.

-          Un bolivianismo clásico es ch’askañawi, entendido como una persona con ojos con pestañas largas y arqueadas (Fernández Naranjo, 1975:215). Esta relación, es retratada por la abuela, ciega, quien al reconocer por el tacto el rostro de Juanito, dice, “tu cara es suave y delicada; tus cabellos finos, sedosos y rizados; tus pestañas largas me dicen que tienes ojos de chasca …” (pp. 212).

-          Una frase frecuente del herrero Alejo es “bueno… ¡ahí está!” (pp. 61); modismo, con variantes aun escuchado en el lenguaje urbano popular: “ahí está, pues”, “ya está”. El sentido es el mismo, evitar la confrontación. Como Alejo, quien “no se obstinaba en sostener sus juicios u opiniones, cuando alguna persona querida los refutaba con calma y dulzura” (pp. 61), y emitía la expresión.

-          Doña Teresa había enviado con su criada un mensaje al Gral. Goyeneche. Esta, retornando le informa que repitió exactamente su recado: “le dije solamente lo que vuestra merced me hizo estudiar desde ayer: “que es al vencedor de los alzados; a mi chunco; que ahí va ese granadero a saludar al invencible general…” (183). Chunco viene de Chuncu, bolivianismo que significa más o menos “prenda mía” (Fernández Naranjo, 1975:57). 

Insultos

Juanito, ya maduro, mientras escribe sus memorias, en un momento de embriaguez patriótica recordando la victoria de Aroma, intenta abrazar a su esposa Merceditas, quien fingiendo cólera le dice “—¡Espantoso vestiglo! ¡Última carroña de los tiempos de la Independencia!” (pp. 51). Vestiglo es una palabra que hace referencia a un monstruo fantástico horrible, aunque ya no utilizada en nuestro medio.

 El 14 de septiembre de 1810, la gente en revuelta gritaba “—¡Viva Fernando VII! ¡Mueran los chapetones!” (pp. 73). Efectivamente, como Nataniel Aguirre nos recuerda, a los españoles, en el argot popular los denominaban “chapetones”, expresión de la “repugnancia que el pueblo sentía por (ellos)” (pp. 63)[1]. También les llamaban guampos, como cuando la Abuela le dice a Juanito “yo sé que no puedes ser dichoso… ¿quién puede serlo en este mundo con los guampos? “ (pp. 211)[2]. 

Por su parte, al ejército de Goyeneche también les decían tablas[3], “por las largas y tiesas casacas que vestían y que realmente parecían de tabla” (pp. 233). Pero la imaginación popular valluna, iba más allá; según Gustavo García, autor de un estudio introductorio del libro, en el valle de Cliza “los designaban, también con el nombre de sarracenos, a causa de que Esteban Arze dijo en una de sus proclamas “que los americanos debíamos luchar sin término con los españoles, así como estos habían luchado contra sus conquistadores sarracenos” (pp. 233). 

El odio y envidia que tenía doña Teresa hacia Rosita, desde niña, provocaba que vea “pálida” y “mordiéndose sus delgados labios” cuando todas la saludaban “afectuosamente, antes que a ella, a esa miserable botada” (pp. 315)[4]. Se decían botados a los niños abandonados por sus padres en la casa de alguna persona (Salazar Carreño, 2020:s/p); otra palabra que hemos dejado de utilizar. 

Carmencita, hija de doña Teresa, la mejor amiga de Juanito en la casa, “tenía hermosos cabellos rubios” (127), por ello, para evitar más preguntas sobre una caja de su madre, exclama: “—Cierto, no hay cómo engañarte …; es una caja para ti… ¿a quién podía yo dársela, gringa zalamera?” (308). Gringa, por el color del pelo y zalamera, entendida como demostración de cariño afectada y empalagosa (RAE). 

Carmencita hablando sobre Pedro Vicente Cañete, secretario de Goyeneche, un fiel lacayo “medio zorra y medio culebra” (250), que intentó besarla, afirma enojada: ¡Huy!, ¡qué feo, ¡qué malo, qué chinche es el tal Cañete!” (308). Según la RAE, el chinche es un “insecto hemíptero, de color rojo oscuro, cuerpo muy aplastado, casi elíptico, de cuatro o cinco milímetros de largo, antenas cortas y cabeza inclinada hacia abajo, que segrega una sustancia maloliente y chupa sangre taladrando la piel con picaduras irritantes”. En el lenguaje popular boliviano, se hace referencia más bien a una persona molesta y pesada (Fernández Naranjo, 1975:53). 

El día de la revolución del 14 de septiembre, el Overo, amigo de Juanito, capitaneando “la turba de sus compañeros armados de palos y cañas de carrizo” (73), le invita a unirse a la tropa, gritando: “¿Qué haces ahí, don Papa-Moscas[5]? Vente con nosotros, o te tomo de recluta. Palabra que aún es utilizada localmente. Según la RAE, papa-moscas es similar a papanatas, una persona simple y crédula o demasiado cándida y fácil de engañar (RAE). 

Su amigo Luis, le dice a Juanito, imitando a Goyeneche, gobernador del Gran Paititi”:

“mira a este que parece una mosca muerta, calladito como un santo de estuco, y que es más valiente que nosotros y ya se ha hecho traspasar el pecho por una peladilla. No, mil veces no, ¡cuerno del demonio!, yo no consentiré que en otra se vaya sin mí a verle la cara a mi amigo el gobernador del Cuzco, caballero del hábito de Santiago, etcétera y etcétera” (226).

Acá encontramos más de un insulto; el primero, bolivianismo aún vigente, “mosca muerta”, es un adjetivo para referirse a una persona “hipócrita,,,, que procede con disimulo y picardía” (Fernández Naranjo, 1975:98-99). El segundo, “santo de estuco”: como se sabe, el estuco es la masa de yeso blanco y agua de cola, con la cual se hacen y preparan objetos que después se doran o pintan, como es el caso de los santos tallados; estos quedan en actitud silenciosa. Como Juanito, que se hace al silencioso. Finalmente, “peladilla”, probablemente venga del cruceñismo “pelada”, para referirse a mujer, principalmente manceba (Fernández Naranjo, 1975:109); en este caso, la niña Carmencita, la hermosa hija de doña Teresa, parece tener un sentimiento amoroso infantil hacia nuestro héroe. 

Doña Teresa, furiosa porque el general Goyeneche había afirmado “este país de incorregibles mestizos” (183), exclama: “—¡Yo me muero! Pero ¿qué quiere decir su señoría con eso de mestizos? ¿No sabe que yo soy Zagardua y Altamira, sin gota de india y purita española desde el mismo Adán?” (183)… ¡Estamos frescos, si yo le llamo a él también “el cholo mocontullo de Arequipa!” (184). Hermoso insulto de origen arequipeño, ciudad de donde era oriundo el “conde de Huaqui”. Mocontullo “proviene del quechua (muqu: rodilla, articulación y tullo: hueso) Los antiguos arequipeños, llamaban mocontullo a un hueso que luego de cocinado era guardado cerca al fogón y nuevamente utilizado para darle sustancia al caldo”[6]. Sin duda, doña Teresa está mentando al origen plebeyo y ordinario de Goyeneche. 

El Maleso, un “hombre …degradado por la embriaguez y el vicio de la coca, mendigo, ratero” estaba siendo atacado por el grupo de niños, en la calle; le decían también el Pallaco, desde cuando Goyeneche, arrojaba dinero de sus balcones…, aquel infeliz había ido el primero a recoger con gritos de júbilo las monedas que caían sobre el empedrado, siguiéndole otros de su laya, que desde entonces merecieron el nombre infamante de pallacos” (220). Es un término proveniente del quechua, pallakuy, significa “recoger para sí”[7]. 

Aguirre, con la voz de Juanito contra los políticos bolivianos: “¡Lástima y muy grande es, por el contrario, que mi pueblo valeroso no haya arrancado después los calzones a los viles logreros de la política, a los capituleros y otros bichos que deshonran la democracia!” (220). En América Latina, logrero se refiere a una persona que procura lucrarse por cualquier medio (RAE). En este caso para referirse a aquellos que lucran con la política. Mientras que capitulero es aquella persona que hace propaganda de determinado líder o partido para ganarle votos. (http://www.enciclonet.com/articulo/capitulero/). Llámanse también a los que dirigen las intrigas en las elecciones, con más o menos maña[8]. Hoy se los llamaría operadores políticos. 

Cuando Juanito y sus amigos se dedican a “rochear”, tales incursiones incluían “el robo de frutas maduras e incitantes en los huertos y jardines de las orillas del Rocha” (225)…, a tal punto que era mirado como un animal muy raro, como un monstruo abominable. El labrador o hacendado que trataba de impedirlos y azuzaba sus perros contra los pobres carachupas, pilluelos en castellano y gamins en buen gabacho -nombre despectivo a los franceses”. Carachupa es el nombre quechua para la zarigüeya o comadreja, y que ha sido incorporado al argot popular valluno (Fernández Naranjo, 1975:37). Mientras que gamins es el apelativo francés para niños, críos. Finalmente, gabacho solía ser utilizado como nombre despectivo a los franceses (RAE). 

Francisco de Viedma en una de sus visitas furtivas a Rosita, esta le informa que Juanito “sabe ya leer casi de corrido” (58). Viedma exclama: “—¡Oiga! …, con que ese perillán promete ser un hombre de provecho?” (58). Perillán refiere a una persona pícara y astuta (RAE), en este caso el anciano elogia la inteligencia del niño. 

Comparando la pobreza de su hogar y de los indios y mestizos, con los españoles, Aguirre, con la voz de Juanito, señala que “los únicos felices, a su manera, debieron ser los españoles y algunos criollos, que se contentaban con vegetar en la indolencia, durante “los buenos tiempos del rey nuestro señor”. (62). Una frase para referirse a la bonanza del imperio; recuerda al poema petrarquista de Hernando Acuña (1518 - 1580), Al Rey Nuestro Señor, un homenaje al Emperador Felipe II, como una monarquía universal[9]: 

Abajo   Ya se acerca, Señor, o ya es llegada

la edad gloriosa en que promete el cielo

un grey y un pastor solo en el suelo

por suerte a vuestros tiempos reservada”

(Acuña, s/f)

 

Fray Justo recriminando al herrero Alejo, por venirse tan rápido de la batalla de Aroma: “¡Me gusta la pachorra!” ¡Que siguieses con los otros, bendito hombre de Dios! (114). Pachorra, olvidada en nuestro léxico, es flema, tardanza, indolencia (RAE). También referido a pereza, que no tiene ganas de hacer nada.

 Bibliografía

Aguirre, Nataniel (2016) Juan de la Rosa. Memorias del último soldado de la Independencia. La Paz: Biblioteca del Bicentenario de Bolivia, 2016.

 Fernández Naranjo, Nicolás (1975) Diccionario de Bolivianismos. La Paz: Editorial Los Amigos del Libro. 247 pp.

 Salazar Carreño, Robinson (2020) Familias de esclavos en la villa de San Gil (Nuevo Reino de Granada), 1700-1799.  Parentesco, supervivencia e integración social. Bogotá: Universidad del Rosario.



[1] Ver también pp. 78, 84, 96, 118, 122, 226,

[2] ver también pp. 84, 212, 260, 263.

[3] Por ejemplo, cuando Luis, el amigo de Juanito, un día se cuela en su cuarto, al grito de “—¡Viva la patria!, ¡mueran los tablas!” (pp. 233).

[4] O cuando Juanito afirma que el destierro y sus dramas familiares habían hecho que madure rápidamente, por tanto, ya era “otra persona distinta del pobre botado que entró llorando en la casa” (pp. 191).

[5] Similar a papanatas. Persona simple y crédula o demasiado cándida y fácil de engañar (RAE)

[6] La Nueva Palomino Picantería Arequipeña.  https://www.facebook.com/LaNuevaPalomino/posts/2251969994907057

[8] Juan Espinosa, Diccionario republicano (Nota del editor; en Aguirre, 2016: 221).


viernes, 5 de marzo de 2021

LA VIRGEN DE LA MERCED EN LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA, SEGUN Juan de la Rosa -Carlos Crespo Flores

 El templo y convento de Nuestra Señora de las Mercedes, estaba ubicado en la primera cuadra de la calle de su nombre, hoy calle Sucre. Fue construido entre 1600-1604, y es considerada una arquitectura “renacentista, de líneas sobrias”. En 1826 el convento fue sustituido paulatinamente como mercado, hasta el actual mercado de comida 27 de mayo. Fue demolido en 1969 por la entonces empresa Teléfonos Automáticos, y utilizada durante  años como depósito, cancha deportiva y parqueo (Byrne de Caballero & Mercado, 1986: 41-42).

 La virgen de la Merced es patrona de la ciudad de Cochabamba, y como tal aparece en la novela Juan de la Rosa: “las señoras principales solían obsequiarle todos los años lujosísimos vestidos de lama y las joyas más valiosas” (p. 168). Desde la revuelta del 14 de septiembre, la llamaban “la patriota, por haber sido su fiesta la ceremonia religiosa más solemne que se celebró después del primer grito de Independencia” (p. 168).

 Durante la derrota de Amiraya, el “abigarrado y mal traído” ejército independentista,

“tenía un estandarte singular, resplandeciente de oro, de plata, de perlas y de fina pedrería… Era la imagen de la Virgen patrona de la ciudad, venerada desde la fundación de esta en el templo de la matriz… Estaba en sus andas, sobre los hombros de cuatro colosales vallunos, en medio de la columna de los arcabuceros” (p. 168).

 Llega “un grupo de mujeres de las rancherías inmediatas de Suticollo, Amiraya y Caramarca”, y la inundan de “flores campestres recogidas en sus faldas, y le decían en quíchua:

—¡Madre piadosa, estrella de los afligidos, extiende tu hermoso manto sobre los patriotas!” (p. 168)

 Cuando empieza la huida “por la escabrosísima serranía de su retaguardia”, Juanito recuerda “haber distinguido un objeto reluciente que conducía uno de los jinetes y que debió ser la imagen de la Virgen, salvada, con los dedos de la mano derecha rotos de un balazo” (p. 171).

 Antes de ingresar a la ciudad, el victorioso Goyeneche, “conde de Huaqui”, envía una carta a la Junta Provincial (o lo que quedaba de ella), anunciando su ingreso al día siguiente, de donde se dirigiría al “convento de nuestra señora de las Mercedes, donde en reunión de todo el clero se celebrará el sacrificio de la misa con un sencillo Te Deum.” (p. 180).

 Meses después, antes de subir a la trágica colina de san Sebastían, las mujeres, cuenta la novela, “al pasar por la puerta de la Matriz…, pidieron a gritos la imagen de la Virgen de las Mercedes” (p. 267), herida ya en Amiraya. Como el párroco no podía contener el clamor, interviene Fray Justo, y le dice al párroco:

“—¡Sí, señor cura!... ¡tienen razón!, ¡que se lleven a la Virgen cuanto antes!

—¡Viva Fray Justo! –exclamaron las mujeres.

El cura miró con asombro a mi querido maestro.

—No hay remedio –continuó este–; ¡que se lleven a Nuestra Señora de las Mercedes!, ¡que la hagan ver sangre humana!, ¡que la madre del Redentor, la reina de los ángeles vaya a oír blasfemias y aullidos de rabia y desesperación! ¡Como ella es igual a estas pérdidas, nada importa que las balas la despedacen y le quiten la cabeza! ¡Ya se llevaron dos dedos de su mano en Amiraya!

A estas palabras inesperadas las mujeres bajaron humildemente la cabeza. Mi maestro conocía el secreto de reducir a la razón a las turbas populares. Había fingido ponerse de su lado para llamar su atención, y usaba ahora del lenguaje irónico que más le convenía” (p. 267).

 De esta manera, logra convencerlas que la virgen sea ubicada en la puerta del templo, para bendecir a “los que van a morir por la patria” (p. 268). Y una escena conmovedora emerge:

“La imagen fue expuesta en la puerta del templo sobre sus andas, sostenidas por cuatro de aquellas mujeres; el cura y el Padre agustino se arrodillaron a uno y otro lado de ella; la multitud se postró en tierra, y el canto dulce y tiernísimo de “la salve” resonó en medio del silencio que había sucedido a todos los gritos de furor, de muerte y venganza.

—¡Idos! –exclamó levantándose mi maestro–. Es una locura… ¡Dios os bendiga, hijas mías!” (p. 268)

 La importancia de la virgen de la Merced en el imaginario popular también se observa en tres escenas. La primera, es el 27 de mayo, previo a la masacre de San Sebastián; llegan 10 o 12 mujeres del mercado donde la Abuela, aterrorizadas por la inminente llegada del ejército de Goyeneche: “Dicen que matan a todos los que encuentran… que han quemado las casas… ¿qué va a ser de nosotras, Virgen Santísima de las Mercedes?” (pp. 263). Segunda escena, Ese mismo día, cae malherido Luis, el amigo de Juanito. Doña Martina, amiga beata de la señora Teresa, le cuenta a Juanito la gravedad de la situación: “Dice que su herida es muy grave… que si vive será un milagro. Ahí tengo encendido un cirio bendito a Nuestra Señora de las Mercedes, y no me canso de encomendarle, aunque no soy más que una indigna pecadora” (pp. 326). Tercera escena, Doña Genoveva y don Anselmo, cuidan al moribundo Carlos, padre de Juanito; esta, frente a la oposición de aquel, para ir a descansar, le dice: “! Lo que va a resultar de tus caprichos –¡ya se ve que eres vizcaíno!–…, es que en lugar de uno tendré que velar a dos, y entonces yo no respondo de mí, y… ¡la Virgen de las Mercedes tenga piedad de todos nosotros! (pp. 333). En los tres casos son mujeres del valle quienes llaman el nombre de la virgen por ayuda a sus temores y pesares, retratando, sin duda, la tradicional religiosidad de las mujeres en la colonia. Más aún, este sentimiento atraviesa a cholas del mercado, mestizos rurales o criollos.

IMAGEN: Iglesia de la Merced (1966) y plano.




miércoles, 24 de febrero de 2021

SAN SEBASTIAN Y UN ALEGATO CONTRA LA CORRIDA DE TOROS -Carlos Crespo F.-

 En su informe de gestión como gobernador de Cochabamba (desde 1785), Francisco de Viedma nos recuerda que debido a la “la epidemia que padeció esta ciudad, de una cruel peste, juró por patrón al glorioso San Sebastián, por cuyo motivo se le hace una función muy lucida” (Viedma, 1836:17). Y contaba que había “festejos públicos de toros en la plaza extramuros, que se halla al pie de cerrito, denominado San Sebastián”, donde se podía encontrar una “feria de frutas, dulces secos, helados, etc.” (Viedma, 1836:17-18). Tradicionalmente, la Fiesta del “Patrono San Sebastián” se ha celebrado el 20 de enero. El lugar era la actual plazuela y colina (ver imagen).

 Juanito, el protagonista de la novela “Juan de la Rosa”, visita un año, con el herrero Alejo, a la festividad; ese momento, rememora nuestro protagonista, la corrida de toros lo consideró divertido, pero ya de adulto, lo describe como “grotesco y repugnante por demás” (pp. 62). Puede ser considerado uno de los primeros alegatos locales contra las corridas de toros, sin duda. Ese día, subieron “la suave pendiente del cerrito que se eleva sobre la plaza de aquel nombre” (pp. 62) y disfrutó de un “cartucho de confites en las tolderías de refrescos que allí se ponían” (pp. 62). Hoy quedan restos de las tolderías en las “llanth’uchas” donde se venden confites, principalmente durante la temporada de Carnaval.

 En otro momento, Alejo, recordando el grandioso recibimiento del pueblo orureño a los combatientes de Aroma, destaca la respuesta de los cochabambinos con los “gritos y silbidos de alegría que sabemos dar en la fiesta de toros de San Sebastián, y que se oyen a veces hasta en Colcapírhua” (pp. 115). Asimismo, previo a la tragedia de La Coronilla, Juanito oye el mismo sonido y asocia con el relato de Alejo, cuando una ráfaga de viento trae “un confuso clamor, mezcla de todos los sonidos que puede producir la voz humana” (pp. 270).




domingo, 14 de febrero de 2021

La Divina Pastora en la novela Juan de la Rosa

 


En la novela “Juan de la Rosa”, el herrero Alejo tiene una suerte de amor platónico por Rosita la encajera, madre de Juanito. En un momento de pasión inocente, le expresa:

—¡Qué hermosa eres, niña mía! Si quisieras hacerte retratar harían un cuadro como el de tu Divina Pastora” (pp. 61). Efectivamente, en una pared del cuarto de Juanito y su madre, había un cuadro al óleo “de la Divina Pastora, sentada con manto azul entre dos cándidas ovejas, con el niño Jesús en las rodillas”. Es probable fuera como el siguiente cuadro, del mismo nombre, de estilo cuzqueño, Siglo XVIII (ver la imagen). De hecho, detrás del cuadro había un secreto familiar importante: “un cabo de cuerda de esparto como de una vara de largo, de un color indefinible como de grasa y hollín, extraño objeto que él (Luis, su amigo) miró con asombro y me pasó en seguida” (pp. 72). Era la cuerda con la que ahorcaron a Alejo Calatayud, de quien Juanito era descendiente.



jueves, 19 de julio de 2018

Juan de la Rosa y un mito cosmogónico valluno

Lucas Cranach the Elder - Adam and Eve

Carlos Crespo Flores

En la cuenta larga del valle cochabambino, uno de espacios más valorados y admirados por su belleza y fertilidad  ha sido la campiña de Cala Cala. De hecho, cuando el inca Tupac Yupanki consolida este territorio para el imperio, Cala Cala es el lugar donde construye un “pequeño patrimonio” personal, incluyendo un aqllawasi (casa de mujeres vírgenes del inca) y baños. Innumerables arroyos y vertientes de agua la atravesaban, convirtiéndola en una zona húmeda y exuberante.

Cala Cala ha sido celebrada por poetas, cronistas e historiadores. Alcides D’Orbigny, quien estuvo por la ciudad en 1832, la definía como “el bonito caserío de Calacala, con sus árboles verdes, lugar de cita de los paseantes, sitio elegido para los paseos campestres de los ciudadanos”. Julio Rodríguez, prócer de la élite local, en una biografía familiar recordando la década de 1860, hablaba de los recorridos para “k’uquear” por las huertas de Calacala”. A fines de 1910, el protagonista de la novela de Demetrio Canelas, “Aguas Estancadas”, organiza una fiesta en las "suaves frondas del verdeante bosque de naranjos de Calacala"; y describe: "Nada más bello y amable que aquella floresta de Calacala, reclinada a las faldas de la cordillera del Tunari”. La misma Adela Zamudio tenía una pequeña casa de campo en Cala Cala, donde se refugiaba los fines de semana para escribir, atender a los sobrinos y su jardín.

La magnificencia de la campiña calacaleña impulsó a Nataniel Aguirre proponer a esta parte del valle como el probable escenario del bíblico paraíso terrenal. En una escena de la novela Juan de la Rosa, el protagonista, Juanito, está a punto de enfrentar a Padre Arredondo, por sus inclinaciones a favor de los patriotas. A punto de recibir un duro castigo, Juanito reflexiona sobre el clima y el paisaje valluno de Cala Cala:

“¡Benditos meses de marzo y abril! ¡De cuánta gala sabéis revestir vosotros la hermosa tierra en que he nacido! Si los demás meses del año se os pareciesen, si a lo menos los de septiembre y octubre no fueran tan mezquinos de lluvias y quisieran estimularse con el ejemplo del generoso febrero, para impedir que el sol sediento se beba toda el agua del Rocha y de las lagunas, yo sostendría con muy buenas razones que Eva cogió el fruto prohibido en Cala Cala, aunque me trajesen juramentado al Inca Garcilaso de la Vega, para que declarase a mi presencia que los españoles hicieron venir de la Península el primer árbol de manzanas; porque el Génesis no dice que fue aquel fruto precisamente una manzana, y pudo ser una chirimoya, una vaina de pacay o cualquier otro de los deliciosos frutos de nuestros bellísimos árboles indígenas.”

Aguirre está situando un mito cosmogónico según la tradición judeo cristiana, en el valle, pues está emplazando en Cala Cala el origen de la creación del mundo, otorgando a la campiña, por tanto, un sentido más allá del tiempo histórico. Este es un mito bioregional, pues está articulado a la ecología de la zona, y el novelista escribe desde el conocimiento de su hábitat.

Los mejores meses del año en Cochabamba han sido los de la temporada lluviosa, entre febrero a abril particularmente, donde el valle, en este caso Cala Cala, se torna verde y florido; época de abundancia de frutas, maíz, trigo, papa. Es el momento paradisíaco. Mientras que, entre agosto a noviembre, la lluvia está ausente, la humedad disminuye y el agua (incluyendo el del río Rocha) es escasa. Aguirre sabe y lo retrata

Respecto a la fruta prohibida, efectivamente en Génesis 3:1-3 leemos: “La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que Yahvé Dios había hecho. Dijo a la mujer: «¿Cómo os ha dicho Dios que no comáis de ninguno de los árboles del jardín?» Respondió la mujer a la serpiente: «Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Más del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte.» El texto bíblico no explicita que haya sido una manzana la fruta que sedujo a Eva y Adán (especie introducida por los españoles, como Garcilazo de la Vega podría atestiguar), imagen construida por el cristianismo oficial. Pudo haber sido alguno de los sabrosos “árboles indígenas" del valle cochabambino, como el pacay o la chirimoya.

Hoy, Cala Cala, como en el pasado, continúa siendo una zona donde habitan las elites de la ciudad, aunque los cambios son evidentes. La sensación de Juanito respecto a la sequedad del valle durante una época del año, hoy es lo normal: el “sol sediento se ha bebido” las aguas superficiales y subterráneas, las áreas de cultivo y la masa arbórea han desaparecido en pro del cemento y la urbanización kitsch. Tal el paisaje dominante cala caleño. Solo nos queda la memoria literaria de este hermoso mito de creación valluno.