El Estado es una condición, una cierta relación entre seres humanos, una forma de comportamiento humano; que destruimos estableciendo otras relaciones, comportándonos de manera diferente, con uno y con el otro” (Gustav Landauer).
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jueves, 2 de abril de 2026
domingo, 31 de diciembre de 2017
La Aventura Vital De Rafael Barrett
Programa dedicado al escritor -narrador, ensayista y periodista- Rafael Barrett, que desarrolló y expuso la mayor parte de sus ideas en apenas siete años, expulsado de la villa y corte madrileña, exiliado en América del Sur. En Paraguay se volcará en la cuestión social, publicando artículos como dardos contra los poderes explotadores, que valdrán presidio y nuevos confinamientos. Su aventura rocambolesca le conducirá al anarquismo. Conocido por sus cuentos y sus ensayos de hondo contenido filosófico libertario, exponente de un vitalismo inquebrantable, aun sometido a la denuncia social. Conocidos son también sus alegatos filosófico-políticos a favor del anarquismo.
La Busca se dedica a rastrear la aventura vital de Barrett y lo reivindica como una voz que nos habla con plena vigencia desde el común
https://archive.org/d…/LaBuscaLaAventuraVitalDeRafaelBarrett
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Rafael Barrett
sábado, 11 de julio de 2015
EL ODIO A LOS ÁRBOLES Rafael Barrett, 1907
Que un
advenedizo construya una casa, con el dinero rápidamente ganado en honradas y
secretas operaciones comerciales, está bien. Que construya una de esas lúgubres
y sangrientas y vulgares masas de ladrillo; con agujeros enrejados y techo de
teja, está menos bien. Pero lo que hace estremecer es que os declare: «Ahora
voy a arrancar todos los árboles en torno para que la propiedad quede
linda».Sí, es necesario que se vea limpia, desnuda, con sus insolentes colores
que profanan la suavidad de los matices campestres, la fachada reluciente y
tonta. Es necesario que se diga: «Esta es la casa nueva de Fulano, de ese que
ahora está tan rico». Es necesario que pueda contemplarse sin obstáculos el
monumento a la actividad de Fulano. Los árboles sobran; «quitan la vista». Y
hay algo más que en vanidad en el afán de pelar el suelo; hay odio, odio a los
árboles.
¿Es
posible? ¿Odio a los seres que, inmóviles, con los nobles brazos siempre
abiertos, nos ofrecen sin cansarse jamás la caricia de su sombra, la fecundidad
silenciosa de sus frutos, la poesía múltiple y exquisita que elevan al cielo?
Se asegura que existen plantas dañosas. Tal vez, mas no por eso las debemos
odiar. Nuestro odio las condena. Nuestro amor quizás las transformaría y las
redimiría.
Oíd a
un personaje de Víctor Hugo: «vio gentes del país muy
ocupadas en arrancar ortigas; miró el montón de plantas desarraigadas y ya
secas, y dijo: -Esto está muerto. Esto hubiera sido sin embargo algo bueno si
de ello hubieran sabido servirse. Cuando la ortiga es joven, su hoja es una excelente
legumbre; cuando envejece, tiene filamentos y fibras como el cáñamo y el lino.
La tela de ortiga vale tanto como la tela de cáñamo. Es por lo demás la ortiga
un excelente pasto que se puede segar dos veces. ¿Y qué necesita la ortiga?
Poca tierra, ningún cuidado, ningún cultivo... Con un poco de trabajo que se
tomara, la ortiga sería útil; se la descuida y se vuelve dañosa. Entonces se la
mata». «¡Cuántos hombres se asemejan a la ortiga!» -Y añadió después de una
pausa-: «Mis amigos, tened esto: no hay malas hierbas ni hombres malos. Sólo
hay malos cultivadores».
¡Ay!
No se trata de cultivar, sino de perdonar a los árboles. ¿Cómo aplacar a los
asesinos? No hay sitio de la república, de los que he recorrido, en que no haya
visto funcionar el hacha estúpida del propietario. Hasta los que nada tienen
destruyen las plantas. Alrededor de los ranchos se extiende un árido yermo cada
año mayor, que da miedo y tristeza. Según el adagio árabe, una de las tres
misiones de cada hombre en este mundo es plantar un árbol. Aquí el hijo arranca
lo que el padre plantó. Y no es por ganar dinero; no aludo a los que explotan
las maderas.Sería una explicación, un mérito; hemos llegado a considerar la
codicia como una virtud. Aludo a los que gastan dinero en arrasar el país.
Obedecen a un odio desinteresado. Y la inquietud aumenta cuando se nota que las
únicas mejoras que se hacen en las plazas de la capital consisten en arrancar,
arrancar y arrancar árboles.
Odio
doblemente feroz en una comarca donde el verano dura ocho meses. Se prefiere el
sol abrasador a la dulce presencia del árbol. Se diría que los hombres no son
ya capaces de sentir, de imaginar la vida en los troncos venerables, que
tiemblan bajo el hierro y se desploman con lastimero fragor. Se diría que no
comprenden que también la savia es sangre y que sus víctimas se engendraron en
el amor y en la luz. Parece que las gentes viven esclavizadas por un vago
terror y que temen que el bosque proteja facinerosos y anime fantasmas. Detrás
del árbol adivinan la muerte. O bien, obsesionados por un dolor sin forma,
quieren copiar en torno suyo el desolado desierto de sus almas.Y entonces, en
la nuestra la irritación se cambia en piedad. Muy desesperado, muy hondo ha de
ser el mal de los que, en resignado mutismo, perdieron el cariño primero, el
cariño fundamental que hasta las bestias sienten, el santo cariño a la tierra y
a los árboles.
http://www.martincrespo.net/laenamorada/laenamorada/El_Odio_a_los_Arboles.html
Texto escrito por Rafael Barrett en 1907.
Fragmento de la película LA ENAMORADA
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Rafael Barrett
sábado, 16 de noviembre de 2013
DE POLÍTICA
Rafael Barrett
Una ilusión común es la de
las formas de gobierno. Se cree disminuir la tiranía suprimiendo al tirano, y
establecer la libertad por un decreto. Se supone que la figura de la vasija
cambia la naturaleza del líquido, y que una constitución y un parlamento sirven
para algo. Se asombra la gente de que sea exactamente tan imposible ejercer los
derechos cívicos ahora, que se reconocen y recomiendan por la ley, como en la
época de un despotismo concentrado en un hombre y consagrado por el pueblo. Es
que el sentimiento de la dignidad personal no es obra de políticos. No es en
los convenios de los conspiradores con suerte donde nace la justicía, sino en
los hogares. No es en las costumbres públicas donde empieza el progreso, sino
en las privadas. Cuando los corazones siguen intactos, las reformas escritas se
reducen a un detalle grotesco.
Hemos descubierto la
conservación de la materia y la conservación de la energía, en las regiones de
lo físico; añadamos, en el terreno social, la conservación del coeficiente
bárbaro. Agitad con el viento vano de las revoluciones queridas la superficie
del mar de la patria; no se alterará en un milímetro el nivel medio de los
instintos y de las pasiones. Los seres viven y se transforman de adentro
afuera. No hay decoración, por hábil y brillante que se pinte, capaz de
producir un futuro duradero. Los gobiernos, y las costumbres administrativas,
no son una causa, sino un resultado. Parecen reinar, porque están situados en
la cumbre. Pero ni los pararrayos inventan la electricidad, aunque en ellos se
desplome el rayo, ni los palacios burocráticos engendran un átomo de potencia
colectiva. Equivocación suprema la de los que van a la política para salvar a
su país.
Existe una política
fecunda: no hacer política; una manera eficaz de conseguir el poder: huir del
poder y trabajar en casa. Un grupo de personas que no han traído a la ciencia
una verdad nueva ni al arte ni a la moral una modalidad nueva de nuestras
emociones, es impotente; de la nada nada se saca. Gobernar es distribuir y
redistribuir lo viejo por los viejos canales. Única labor útil: componerlos,
construir otros, enriquecer y purificar el líquido circulante. ¿Es posible eso
desde arriba? Nunca. El tabique del oficinismo y de la adulación oficial es
imperforable: la savia viene de abajo, de las raíces. No nos ocupemos de
política, sembremos nuestro campo y no llamemos a las puertas doradas. La vida
nacional nacerá en nuestro cerebro y en nuestras manos, y no en las mesas
polvorientas y los expedientes apelillados de los escritorios a presupuesto.
Nos olvidaremos de la política; continuará tal vez visible, como una cascara
flotante, mas sólo alcanzará la influencia de una asociación parcial y
parsimoniosa: la política será un club extenso, una masonería semi-inofensiva,
lo que es en los Estados Unidos, en Inglaterra, en Bélgica, en Suiza, en los
países habitables. Al aislarla, al volverla la espalda, la politica se
marchitará para siempre y recobraremos el timón de nuestros destinos. Somos
dueños de desviar las corrientes vitales, de conseguir que rieguen y
fructifiquen nuestra huerta, y no el vacío desierto de las ambiciones
borgianas. Hagámoslo.
¿Democracia? Un
fraccionamiento de la crueldad y de la intriga; eso es todo. He mirado estos
días a nuestros jóvenes electores, revólver al cinto y pañuelo al cuello,
contar las descargas que les hacían entre los árboles. Política. La buena fe de
los que comienzan a pensar y a luchar es evidente; sin embargo, su error es un
error fundamental. ¿Quieren corregir la política? Desprecíenla. Estudien en
silencio, edifiquen su espíritu y su nido; forjen en su rincón el pedazo de
armadura que les toque, y la nación, reunidas sus vértebras, será fuerte. Un
buen médico, un buen ingeniero, un buen músico, he aquí algo mucho más
importante que un buen presidente de la República.
Originalmente publicado en El Dolor Paraguayo; 1909.
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Rafael Barrett
miércoles, 24 de julio de 2013
RAFAEL BARRETT -Diálogos contemporáneos - el anarquista y el rey (*)
El anarquista.
- ¡Salud, débil rey!
- ¡Salud, débil rey!
El rey.
- ¡Salud, anarquista torpe!
- ¡Salud, anarquista torpe!
El anarquista.
- La fabricación de la dinamita no es un secreto de Estado. Repetiremos indefinidamente la tentativa fracasada.
- La fabricación de la dinamita no es un secreto de Estado. Repetiremos indefinidamente la tentativa fracasada.
El rey.
- Te agradezco el reclamo. Nos hacéis por fin interesantes. Concluído el tiempo en que bajo la armadura cincelada capitaneábamos nuestras huestes, despojados del poder político y hasta del privilegio de ser más ricos que nuestros súbditos, nos consumíamos en nuestra insignificancia. Sólo temíamos algo de nuestras indigestiones o de nuestros médicos. Ahora añadimos al riesgo del automóvil desbocado el de la explosión siniestra. Volvemos a ser la cumbre amenazada por el rayo, y recobramos un poco de nuestra antigua majestad. Mi mujer, reina de España, acepta tu bomba como el mejor regalo de boda.
- Te agradezco el reclamo. Nos hacéis por fin interesantes. Concluído el tiempo en que bajo la armadura cincelada capitaneábamos nuestras huestes, despojados del poder político y hasta del privilegio de ser más ricos que nuestros súbditos, nos consumíamos en nuestra insignificancia. Sólo temíamos algo de nuestras indigestiones o de nuestros médicos. Ahora añadimos al riesgo del automóvil desbocado el de la explosión siniestra. Volvemos a ser la cumbre amenazada por el rayo, y recobramos un poco de nuestra antigua majestad. Mi mujer, reina de España, acepta tu bomba como el mejor regalo de boda.
El anarquista.
- Di que al cabo el miedo se acuesta con los reyes. Antes mandabas soldados dignos de abrazarte en el campo de batalla. No alquilabas un ejército de espías. Ayer el triunfo; hoy el terror. No son los mineros los únicos que tiemblan en la sombra rastreando el próximo estallido. La química es irreverente.
- Di que al cabo el miedo se acuesta con los reyes. Antes mandabas soldados dignos de abrazarte en el campo de batalla. No alquilabas un ejército de espías. Ayer el triunfo; hoy el terror. No son los mineros los únicos que tiemblan en la sombra rastreando el próximo estallido. La química es irreverente.
El rey.
- Y tú, en el fondo de tu conciencia, eres reverente. Éres hijo de los robustos esclavos que a latigazos erigieron las pirámides y los acueductos de Roma. El alcohol del sábado ha trastornado tu cabeza ruda, y quisieras sentarte en mi trono agrietado.
- Y tú, en el fondo de tu conciencia, eres reverente. Éres hijo de los robustos esclavos que a latigazos erigieron las pirámides y los acueductos de Roma. El alcohol del sábado ha trastornado tu cabeza ruda, y quisieras sentarte en mi trono agrietado.
El anarquista.
- Quisiera sobre todo sentarme a tu mesa. Tengo hambre de veinte siglos, y la hostia es ya escaso alimento para nuestros estómagos. Nos hemos convencido de que Dios nos engañaba, porque estaba de acuerdo con vosotros para ponernos una mordaza mística. Si para ti acabaron las guerras caballerescas o sagradas, para mí acabó la aventura y el botín. Era perro de presa, y no bestia de carga. Yo quedé igualmente destituído de poesía. Derramaba sangre roja, y chorreo sudor sucio. Hemos perdido la fe. Nos cansamos de fabricar vuestra riqueza estúpida. De vuestro oro no salen ya templos, ni de vuestro corazón muerto, empresas sublimes. Habéis envejecido dentro de vuestro lujo inútil, mientras nosotros, desnudos y desesperados, nos conservábamos jóvenes. y en nuestra locura emancipada lanzamos la muerte a la cabecera del banquete. Con un gesto suicida decapitamos las naciones.
- Quisiera sobre todo sentarme a tu mesa. Tengo hambre de veinte siglos, y la hostia es ya escaso alimento para nuestros estómagos. Nos hemos convencido de que Dios nos engañaba, porque estaba de acuerdo con vosotros para ponernos una mordaza mística. Si para ti acabaron las guerras caballerescas o sagradas, para mí acabó la aventura y el botín. Era perro de presa, y no bestia de carga. Yo quedé igualmente destituído de poesía. Derramaba sangre roja, y chorreo sudor sucio. Hemos perdido la fe. Nos cansamos de fabricar vuestra riqueza estúpida. De vuestro oro no salen ya templos, ni de vuestro corazón muerto, empresas sublimes. Habéis envejecido dentro de vuestro lujo inútil, mientras nosotros, desnudos y desesperados, nos conservábamos jóvenes. y en nuestra locura emancipada lanzamos la muerte a la cabecera del banquete. Con un gesto suicida decapitamos las naciones.
El rey.
- Las testas retoñan.
- Las testas retoñan.
El anarquista.
- Pero somos innumerables. Cuchicheamos de un extremo a otro del mundo, y sentimos en nuestro pecho la llama feroz de las sectas primitivas. Morimos envueltos en un misterio terrible. La tortura, al hacer crujir nuestros huesos en la noche de los calabozos, consagra para siempre nuestra agonía. Somos la fatídica religión nueva, bautizada de crímenes.
- Pero somos innumerables. Cuchicheamos de un extremo a otro del mundo, y sentimos en nuestro pecho la llama feroz de las sectas primitivas. Morimos envueltos en un misterio terrible. La tortura, al hacer crujir nuestros huesos en la noche de los calabozos, consagra para siempre nuestra agonía. Somos la fatídica religión nueva, bautizada de crímenes.
El rey.
- Somos fuertes. El dinero amuralla nuestras vidas. Guardamos en nuestra estirpe el, honor de las razas. Todavía hay un cetro en nuestra mano y un prestigio en nuestra figura. Tornamos a ser héroes de un momento. Un pueblo alucinado disloca la historia y me aclama como en la Edad Media. Subiré al tálamo regio cubierto del glorioso horror del combate, y seré para mi blanca princesita del Norte un príncipe de verdad.
- Somos fuertes. El dinero amuralla nuestras vidas. Guardamos en nuestra estirpe el, honor de las razas. Todavía hay un cetro en nuestra mano y un prestigio en nuestra figura. Tornamos a ser héroes de un momento. Un pueblo alucinado disloca la historia y me aclama como en la Edad Media. Subiré al tálamo regio cubierto del glorioso horror del combate, y seré para mi blanca princesita del Norte un príncipe de verdad.
(*) Texto seleccionado del libro Diálogos y conversaciones. Esta selección de
escritos del literato y periodista libertario español, Rafael Barrett
(1876-1910)
fue publicada en 1918, ocho años después de su fallecimiento. Corresponden a la
primera década del siglo XX, aunque se ignora en que publicación fueron
originalmente incluidos.
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Rafael Barrett
miércoles, 8 de mayo de 2013
EL ANARQUISMO EN LA ARGENTINA
Rafael
Barrett
A raíz de los sangrientos sucesos del primero de
mayo, en Buenos Aires, el jefe de policía elevó al ministro un curioso informe,
pidiendo reformas legales para reprimir el anarquismo, el socialismo y otras
doctrinas que fueron juzgadas por el autor de acuerdo con su puesto, aunque no
con la verdad. No puede haber a los ojos de un funcionario opinión tan
abominable como la de que su función es inútil. Ahora el Poder Ejecutivo
presenta al Congreso un proyecto de ley contra la inmigración
"malsana". Se trata de impedir que desembarquen los idiotas, locos,
epilépticos, tuberculosos, polígamos, rameras y anarquistas, sean inmigrantes,
sean "simples pasajeros". Lo urgente es librarse de los anarquistas.
El Poder Ejecutivo no disimula cuanto le inquietan "los que se introducen
en este hospitalario país para dificultar el funcionamiento de las
instituciones sobre que reposa nuestra vida de nación civilizada".
Es una suerte que M. Anatole France haya llegado a la Argentina antes de que
estuviera en vigencia la ley, porque no le hubieran dejado bajar del vapor. La
obra de France es un curso de nihilismo, y si el señor Falcón la ha leído,
habrá colocado al maestro en la columna malsana de las rameras y de los
epilépticos. No conozco más formidable enemigo de las instituciones que el
padre de "Crainquebille". ¿Ravachol era anarquista? También lo fueron
los ascetas, San Francisco de Asís; también lo es Tolstoi. El anarquismo es una
teoría filosófica. ¿Ha tomado el Poder Ejecutivo un diccionario para enterarse?
Anarquista es el que cree posible vivir sin el principio de autoridad. Hay
organismos esencialmente anarquistas, por ejemplo la ciencia moderna, cuyos
progresos son enormes desde que se ha sustituido el criterio autoritario por el
de la verificación experimental. ¿Que la sociedad de hoy no está preparada para
constituirse anárquicamente? Es muy probable. Discútase, examínese. ¿Qué tiene
que ver todo esto con la inmigración malsana?
Protesto contra la teoría temible de perseguir a
los que construyen un sistema de ideas, clasificándolos entre los polígamos y
los idiotas. No sé si Vaillant o Henry dijo que la lectura de Spencer le había
inducido al atentado. ¿Qué nos importa? Muchos ladrones profesan el
capitalismo. Muchos asesinos adoran a Dios. Aun hay quien se figura que la idea
abstracta conduce al crimen. No: no es el metafísico libertario el que lanza la
bomba, sino el gorila de los bosques prehistóricos. ¿Y con qué derecho nos
opondríamos a que una inmensa clase de hombres que trabajan y sufren se apropie
las ideas que le convienen? El Poder Ejecutivo tiene su sociología; ¿por qué no
han de tener los obreros la suya?
Volvemos a lo de siempre: a la pretensión de matar
las ideas, como si jamás se hubiera conseguido, con poderes incomparablemente
mayores que los del señor Falcón, matar una sola. Se dificultará el
funcionamiento de las instituciones sobre que reposa la vida de la nación
civilizada, sí; por dicha no hay otro remedio. ¿Qué sería de la nación, si no
cambiasen las instituciones? Ese cambio es la vida; la inmovilidad que ansia el
Poder Ejecutivo es la muerte. ¿De dónde vinieron las instituciones actuales,
sino de la derrota de las instituciones viejas? ¿De dónde viene el orden
presente, sino del desorden de un minuto genial? ¿Quisiera el señor Falcón que
el tiempo hubiera pasado en vano, y que la Argentina fuera una colonia turca, y los jefes de
policía grandes eunucos? La cultura occidental no ha concluido su viaje y es
notoria necedad ir a detenerla en la dársena. Por favor, permita el Poder
Ejecutivo que siga girando el mundo, y no se obstine en emitir juicios finales.
Tenga un poco de modestia, y, recordando las enseñanzas de la historia, admita
que las instituciones de 1909 no sean definitivas. No se asuste tanto del
anarquismo; consuélese con la certidumbre de que los anarquistas parecerán
algún día anticuados y demasiado tímidos. ¡ Sólo la vida es joven!
Publicado en (1910) Moralidades Actuales. Montevideo. G.M.
Bertani Editor.
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Rafael Barrett
martes, 5 de febrero de 2013
EL CARNAVAL
Rafael Barrett
"UNA MÁSCARA, sobre otra", dice Shakespeare. Hace falta una doble protección para arriesgarse a ser sincero. El Carnaval es, ante todo, la fiesta de la sinceridad. Durante algunos días somos todo lo francos que se puede, a costa de caer en la desvergüenza; hablamos casi lo que pensamos; nos atrevemos a parecer locos, es decir, a parecer lo que somos; nos desahogamos de doce meses de hipocresía. ¡Admirable privilegio! Nos es permitido correr, cantar, gritar y reír a gusto, y uno se viste como quiere. Se suprime la rutina, la correcta convención, la mitad de las farsas sociales; se nos cura del terror más ruin, el terror al ridículo, se nos felicita de lo grotesco, se descorre el cerrojo a la fantasía, se nos vuelve espontáneos, se nos improvisa una especie de segunda inocencia. Es una hora de libertad, un ensayo de una vida mejor y futura; un relámpago. Pronto se torna al fondo gris de la vieja costumbre. La alegría no es de este mundo. Somos fieras astutas; somos otra vez hipócritas: ¡defendámonos! Rechacemos el júbilo; guardémonos de llevar a la práctica las soluciones de nuestra razón. ¡Orden, orden! No hay nada tan anarquista como el sentido común.
"Todo el año es Carnaval"; un Carnaval triste y sórdido. Ante el amo, el jefe, el arbitro o el instrumento de nuestra ambición, hacemos la comedia de la servidumbre y de la intriga. Los más fuertes la hicieron: Bonaparte, el venidero soberano de una corte cuyo esplendor asombró a Europa, hizo la corte a la querida de Barras. Formemos la gran comparsa de los "arrivistas". Y los que llegaron, siempre en carácter, cambian de mueca. "Perdonadme mi talento", nos imploran. Es el saínete de la modestia, el miedo a la envidia. Y el orgullo, o sea el valor de los que se niegan a fingir, es el que sucumbe, no a los ruidosos golpes del destino, sino al sordo roer de lo mediocre, a la infección de los hombres microbios. Examinad, delante del espejo, los pliegues de nuestra careta de carne. No es la vejez la que abre las arrugas del rostro; es el gesto variado y continuo de la mentira humana. Ni la edad ni el dolor son capaces ya de hacer respetable la efigie de los que viven del odio y del engaño. El carnaval celebra las vacaciones de la fisonomía. Detrás de la máscara, la faz es devuelta al verismo de la soledad o del sueño.
Máscara: escudo. Enmascarados: descarados. El repugnante y el tímido toman su desquite: se convierten en el enigma que quizás atrae, en "el muro tras el cual está pasando alguna cosa". El leproso, si tiene imaginación, seducirá a la virgen. Es el momento de ocultar el cuerpo para mostrar el espíritu. Es el instante de la venganza, en que se murmura al oído del prójimo la broma más terrible: la verdad. Es la época en que se triunfa y en que se tiembla, en que los maridos descubren su desgracia y las feas confiesan su amor. El cartón no se ruboriza. Mujeres silenciosas y desdeñadas, que no tenéis otra belleza que la de vuestros ojos magníficos, otro tesoro que dos diamantes desengarzados, sed efímeras huríes bajo el antifaz. Sed solamente vuestros ojos; solamente los agujeros sombríos por donde asoma el alma desnuda.. . solamente el misterio.
Así el Carnaval, en su fugaz y frenética agitación, hace subir a la superficie del mundo la realidad y el misterio, que no se desunen nunca. Símbolo es del carnaval de la naturaleza, carnaval trágico, en que el fondo inaccesible se cubre cada siglo con un disfraz diferente. Ayer fue la idea, fue la llama, fue el átomo, fue el capricho de los dioses irritados. Hoy es la sed infinita del número. Nuestras manos trémulas se cansan de buscar. La Isis se esconde bajo un velo que renace sin tregua, y nos estremecemos a la idea de que tocamos los despojos de un Carnaval difunto, los restos de un festín olvidado, las cenizas de una fiesta apagada. El Universo se nos aparece como una inmensa máscara por cuyos agujeros negros mira la muerte, y no encierra más que el vacío.
"Todo el año es Carnaval"; un Carnaval triste y sórdido. Ante el amo, el jefe, el arbitro o el instrumento de nuestra ambición, hacemos la comedia de la servidumbre y de la intriga. Los más fuertes la hicieron: Bonaparte, el venidero soberano de una corte cuyo esplendor asombró a Europa, hizo la corte a la querida de Barras. Formemos la gran comparsa de los "arrivistas". Y los que llegaron, siempre en carácter, cambian de mueca. "Perdonadme mi talento", nos imploran. Es el saínete de la modestia, el miedo a la envidia. Y el orgullo, o sea el valor de los que se niegan a fingir, es el que sucumbe, no a los ruidosos golpes del destino, sino al sordo roer de lo mediocre, a la infección de los hombres microbios. Examinad, delante del espejo, los pliegues de nuestra careta de carne. No es la vejez la que abre las arrugas del rostro; es el gesto variado y continuo de la mentira humana. Ni la edad ni el dolor son capaces ya de hacer respetable la efigie de los que viven del odio y del engaño. El carnaval celebra las vacaciones de la fisonomía. Detrás de la máscara, la faz es devuelta al verismo de la soledad o del sueño.
Máscara: escudo. Enmascarados: descarados. El repugnante y el tímido toman su desquite: se convierten en el enigma que quizás atrae, en "el muro tras el cual está pasando alguna cosa". El leproso, si tiene imaginación, seducirá a la virgen. Es el momento de ocultar el cuerpo para mostrar el espíritu. Es el instante de la venganza, en que se murmura al oído del prójimo la broma más terrible: la verdad. Es la época en que se triunfa y en que se tiembla, en que los maridos descubren su desgracia y las feas confiesan su amor. El cartón no se ruboriza. Mujeres silenciosas y desdeñadas, que no tenéis otra belleza que la de vuestros ojos magníficos, otro tesoro que dos diamantes desengarzados, sed efímeras huríes bajo el antifaz. Sed solamente vuestros ojos; solamente los agujeros sombríos por donde asoma el alma desnuda.. . solamente el misterio.
Así el Carnaval, en su fugaz y frenética agitación, hace subir a la superficie del mundo la realidad y el misterio, que no se desunen nunca. Símbolo es del carnaval de la naturaleza, carnaval trágico, en que el fondo inaccesible se cubre cada siglo con un disfraz diferente. Ayer fue la idea, fue la llama, fue el átomo, fue el capricho de los dioses irritados. Hoy es la sed infinita del número. Nuestras manos trémulas se cansan de buscar. La Isis se esconde bajo un velo que renace sin tregua, y nos estremecemos a la idea de que tocamos los despojos de un Carnaval difunto, los restos de un festín olvidado, las cenizas de una fiesta apagada. El Universo se nos aparece como una inmensa máscara por cuyos agujeros negros mira la muerte, y no encierra más que el vacío.
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viernes, 9 de noviembre de 2012
LA REHABILITACION DEL TRABAJO
de Rafael Barrett
En nuestra sociedad el trabajo es una maldición. La sociedad, como el Dios del Génesis, castiga con el trabajo, ¿a quién? A los pobres, porque el único delito social es la miseria. La miseria se castiga con trabajos forzados. El taller es el presidio. Las máquinas son los instrumentos de tortura de la inquisición democrática.
Hemos envenenado el trabajo. Le hemos hecho temer y odiar. Le hemos convertido en la peor de las lepras.
Hemos envenenado el trabajo. Le hemos hecho temer y odiar. Le hemos convertido en la peor de las lepras.
¡Y pensar que el trabajo será un día felicidad, bendición y orgullo, que quizá lo ha sido en sus orígenes! Mientras escribo estas líneas, mi hijo -de dos años y medio- juega. Juega con tierra y con piedras, imitando a los albañiles; juega a trabajar. La idea de ser útil germina en su tierno cerebro con alegría luminosa. ¿Por qué no trabajan los hombres, alegres y jugando, como trabajan los niños? El trabajo debe ser un divino juego; el trabajo es la caricia que el genio hace a la materia, y si la maternidad de la carne está llena de dicha, ¿no ha de estarlo también la del espíritu? Y he aquí que hemos prostituido el trabajo; hemos hecho de la naturaleza una hembra de lupanar, servida por el vicio y no por el amor, hemos transformado al obrero en siervo de eunucos y de impotentes.
El trabajo ha de ser la bienaventurada expansión de las fuerzas sobrantes; el resplandor de la juventud. Ha de ser hermano de las flores, del encendido plumaje que ostentan las aves enamoradas; hermano de todos los matices irisados de la primavera. Compañero de la belleza y de la verdad, fruto, como ellas, de la salud humana, del santo júbilo de vivir.
Entretanto, es compañero de la desesperación y de la muerte, carga de los exhaustos, frío y hambre de los desfallecidos, abandono de los desarmados, desprecio de los inocentes, ignominia de los humildes, terror de los condenados a la ignorancia, angustia de los que no pueden más.
Pero lo absurdo no subsiste mucho tiempo. Libertaremos a los pobres de la esclavitud del trabajo, y a los ricos, de la esclavitud de su ociosidad.
Publicado originalmente en "El Alba", Asunción, 31 de diciembre de 1910.
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lunes, 15 de octubre de 2012
LA LUCHA
El teatro estaba lleno. Abajo un mar, y arriba una muralla de cabezas. De pronto, en el escenario desierto apareció un niño.
Solo ante la inmensidad, avanzó. Parecía un insecto. Estaba metido en un sayal negro como una mortaja, y un enorme sombrero de teja abrumaba su carita amarilla y sin edad, cara de cómico. Impávido al terrible murmullo de la muchedumbre que ha pagado y quiere divertirse, llegó hasta el borde del abismo, y empezó a cantar.
Cantó un couplet de los creados por otro héroe, Frégoli, y el insecto indefenso conquistó al público. La gente rió y el niño resistía el oleaje inmenso de las risas para dominarlo y desencadenarlo otra vez con aquel talento que sin duda le había costado muchas lágrimas.
Alegre era el couplet, pero ¡qué triste era la voz, vocecita débil y sin timbre, gemido arrancado al hombre por la vida despiadada!
En vez de dormir sosegadamente, con el profundo sueño protegido de los niños felices que de día juegan al sol, aquel niño se abrasaba a medianoche en la atmósfera envenenada de Un teatro, y luchaba para hacer reír a la multitud, para hacer reír a otros niños grandes en sus palcos. ¿Y cómo no había de hacer reír con aquella facha diminuta y ridícula, con aquellos gestos de miseria y de desesperación?
Espectáculo quizá doloroso, pero seguramente necesario y justo. Necesario es que ese chiquillo crispe su garganta, y que otros chiquillos más desgraciados aún descoyunten sus miembros o vuelen de un trapecio a otro como pelotas vivas, para divertir también a los dichosos que se aburren. Necesario es luchar; y lo necesario no puede ser malo.
Lo único malo es la resignación. Admiremos a los que no se entregan jamás, a los que tienden sus músculos contra la mole social que a ciegas los aplasta; admiremos la rabia de vivir que agita todavía el cuerpo de los decapitados; admiremos a los que, como el Frégoli en miniatura de anoche, se adelantan desnudos al encuentro de la vorágine, y se lanzan en ella para vencer o morir.
¿Quién dijo que venimos al mundo para pasar el rato? Venimos a hacer esclavas nuestras las realidades de que merezcamos ser dueños, venimos a concentrar en nuestra alma de una hora la mayor suma de energía posible. Venimos a ser fuertes, o a resignarnos a servir a los fuertes.
¿Serás tú fuerte, muñeco disfrazado de cura, que me hiciste pensar anoche? ¡Quién sabe! Mañana serás un gran actor, y deberás a los duros años en que de niño halagabas las crueles aficiones del vulgo, el poder divino de hacer llorar y soñar a los hombres.
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Rafael Barrett
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