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lunes, 12 de noviembre de 2018

Aquí hay una flor -maurizio bagatin


"Este texto", nos dice el autor, "debía ser leído a la presentación de la novela Muerta ciudad viva ( editorial 3600 La Paz) de Claudio, en la FIL de Cochabamba, presentación que no se llevó a cabo...aquí va para la lectura y su difusión".
Gracias hermano


Aquí hay una flor

“Todo lo interesante ocurre en la sombra, no cabe duda. No se sabe nada de la historia autentica de los hombres” - Louis-Ferdinand Céline -

Mientras el amigo escritor viaja hacia un invierno napoleónico, para meterse en camisa de once varas - sostiene él mismo - en su Llajta todo lo imaginario, todo lo fantástico y todo lo real que plasmó en letras en su Muerta ciudad viva, se ha ido metamorfoseando brutalmente. Masacrado por la tempestad del progreso. Hoy su novela reaparece. Se fue de parranda no más…un voy y vuelvo a la Nicanor Parra. Y está aquí más viva que nunca.

La novela de Claudio se parece a La Piedad de Miguel Ángel, más por su ejecución que por su esencia, el escritor ha eliminado solamente lo que no servía, lo que no era útil, lo demás todo ya estaba, todo ya existía en este infierno de los vivos, en este paraíso de muertos…y él lo extrae…de una ciudad invisible e invivible, adonde amor y odio se cortejan a plena luz del día, para que luego baje la noche, la noche de Céline en el lenguaje, la noche de Miller en su filosofía, la noche de Bukowski en su moral… 

Claudio está persuadido que el amor y el odio se cortejan y van deslizándose sobre el hilo de una navaja, a veces se juntan, se revuelcan y se sacuden, y aunque no se reconozcan, van armando la trama…pluma acida como la del Chueco Céspedes…en este valle fértil, de campiñas que bordeaban la desordenada ciudad, lo conservador se mezcla con lo pícaro, lo tradicional se enfrenta a todo cambio, manteniendo solidas muchas estructuras coloniales, muchos vicios burgueses y muchas leyendas urbanas, Claudio se adueña de un lenguaje puro y sincero, quechuismos y contaminaciones importadas o de paso - de la época que vive - sin conformismo y con pocas gracias da a luz a una visceral joya literaria, que el tiempo - sabio conservador y madurador - nos devolverá mañana con aún más luz y más poesía. Dejémosla madurar, a cada cosa su tiempo, a cada uno su trabajo…y al lobo el rebaño.

La flor nació gracias al estiércol, a una tierra fértil y al cuidado del jardinero, ahora muchas mariposas vuelan a su alrededor, embriagadas por el perfume, alucinadas por el color, hipnotizadas por su belleza.

Esta es la magia del texto, esta es la grandeza de una penetración - ya lo dije varias veces - que a su tiempo logró el Juan de La Rosa de Nataniel Aguirre. 

                                                                                 Hasta la vanidad de la escritura literaria, de aquella mirada larga y profunda que va recogiendo, inventando y mintiendo, parecía ya una calidad desaparecida, que ya no frecuentaba este valle ya no tan fértil, ya no tan cuidado…pero esta novela devuelve la imagen a una tierra, devuelve la palabra a su gente, en este esquizofrénico andar diario, cuando la aun joven democracia ya demuestra sus debilidades, sus mentiras y sus vulgaridades, ahí toda ilusión se va evaporando entre sexo y alcoholes, en un rider on the storm criollo, que no es nada más que un conflicto de identidad juvenil como forma de pensar lo nacional. Es una manera de mirar los conflictos relacionados con lo generacional, lo económico, el género, lo étnico, la sexualidad, las relaciones interétnicas…

Ahí estuvo Claudio, mientras hoy va viajando, imaginándose ser un Mateo Alemán el cual bien sabía que todos vivimos en asechanza los unos de los otros, como el gato para el ratón y la araña para la culebra…
Maurizio Bagatin, octubre 2018
Imagen: "A Voyage to the Moon”. Gustav Dore 

viernes, 27 de julio de 2018

El caracol es la casa de los ecos -Maurizio Bagatin-


No un vago rumor o la noticia manipulada, ni la filfa, el eterno cacareo tonto, ni la resonancia o la repercusión…                                                                                                                                                     Aquí muchos lo han conocido y pocos lo han leído…como si no hubiera existido una sociología descriptiva, el ácido escritor se debe ensuciar con el trabajo artístico, porque lo quiere y lo apasiona, y se introduce en el vientre de la ballena, adonde es necesario estar locos para ser claros (Pier Paolo Pasolini, poesía Picasso)…penetra el paraíso habitado por diablos, el infierno de almas ya pequeños burgueses, se sumerge sin restricciones y escribe libros, libros que pueden no ser constructivos y serios, libros que pueden tener un solo valor, el valor literario.
El ácido escritor vive y se acerca a lo que la gente de verdad siente…dicen que de aquello que has amado mucho solo se escribe bien cuando lo has perdido del todo: casas, ciudades, lugares, personas, objetos, salud, ganas (Miguel Sanchez-Ostiz, extracto de Chuquiago).
Del hombre hay que mitificar, si existe, la obra…su vida es otra cosa, vagabundeando alrededor del mundo o simplemente haciéndole el amor a una mujer, tal vez sembrando cada día un árbol y admirando el imperceptible aleteo de un colibrí…ayer el ’68, el ’77, hoy los sueños de nuestros hijos, para muchos los de los nietos.
La literatura de Claudio es inflexiblemente defensora de la libertad frente a los ultrajes del hombre, a los ultrajes de las masas.
Y la literatura tal vez es esto: una exagerada falta de inocencia que sabe muchos sobre los hombres.

 Cochabamba, julio 2018

martes, 7 de marzo de 2017

El futbol y sus profetas rebeldes y libertarios

“El futbol es el arte de comprimir la historia universal en 90 minutos” -George Bernard Shaw-

“La pelota es como una mujer, ama las caricias” -Eric Cantona-

“Cada vez que un chico patea algo en una calle, allí empieza la historia del futbol”                         -Jorge Luis Borges-

Una religión en busca de un dios, esta definición que puede desorientar a moros y a cristianos, no puede lograrlo con los chicos nacidos después de la llegada de la tele: pero una larga mirada hacia atrás nos conduce en la China del XI siglo antes de Cristo, durante la dinastía Han, con el nombre Tsu-chu se practicaba un deporte con una pelota rellenada de plumas o de cabellos de mujer, el juego consistía en meter solamente con el uso de los pies la pelota adentro de una arco hecho de cañas de bambú: durante la dinastía Han era considerada una actividad física fundamental. Todas las grandes civilizaciones empezaron a popularizar el deporte jugado con la pelota. Seiscientos años más tarde que en la China, en Japón se jugaba un deporte similar, llamado Kemari, la mayor diferencia con el futbol moderno es que la pelota no debía tocar el suelo. Los aztecas, por ejemplo, se dice que practicaban el Tlachtli, una mezcla entre tenis, fútbol y baloncesto en el que se prohibía el uso de las manos y los pies y el capitán del equipo derrotado era sacrificado. Para el pueblo azteca, el Tlachtli era una actividad de gran importancia y lo demuestra principalmente la localización del terreno de juego, normalmente situado en el terreno sagrado, ya que el juego tenía una finalidad religiosa. Además de ser un ritual, su importancia se ampliaba al terreno político y el económico. Noticias de una actividad lúdica ejercida con una pelota nos conduce a los poemas homéricos, los griegos practicaban un juego llamado Sferomachia, deporte que con el tiempo fue adoptado por los legionarios romanos, transformándolo en un método de entrenamiento para los guerreros: el Harpastum, literalmente rasgar con fuerza, se jugaba en canchas arenosas, por dos equipos con igual número de jugadores, con una pelota rellenada de pieles o de trapos, el fin era llevar la pelota más alla del borde de la cancha adversaria. Este deporte tuvo un gran suceso entre los legionarios que lo difundieron en varias zonas del Imperio Romano. En Florencia se jugaba lo que hoy conocemos como el Calcio Storico Fiorentino: en una cancha rectangular rellenada de arena, durante cincuenta minutos veintisiete “carcianti” por cada equipo se desafiaban como antecesores de un deporte de caballeros jugado por hooligans. El prototipo del futbol, como lo conocemos hoy, nació el 24 de octubre del 1857 con la fundación del Sheffield Football Club, el club de futbol más antiguo que aún participa en la Northern Premier League Division One South, de Inglaterra. Pero fue John Alexander Brodie, un ingeniero civil, a darle en el 1889 el toque futbolístico, eliminando su matriz rugbística. Su visión modernizadora, le permitió la introducción de las mallas, y cambió para siempre el sabor de anotar un gol, absolutamente normal hoy pero profundamente revolucionario a la época. Desde aquella final de la FA Cup del 21 marzo del 1891, juagada en el Oval de Londres, el futbol inició su irrefrenable trayectoria de una religión en busca de un dios.

Y aunque al horizonte no veamos ningún Olimpo digno de una poesía, a veces fanática y a veces inocente, a veces codiciosa y a veces parsimoniosa, muchos profetas rebeldes y libertarios han entusiasmado, han hecho delirar, reír y llorar a millones de fieles del deporte más popular en el mundo.

No sé imaginar un jugador excéntrico de Tsu-chu, uno lleno de fantasía que jugara Kemari o  Tlachtli, un griego armonioso que jugaba a la Sferomachia o un legionario que deliciaba el público que asistía a los interminable partidos de Harpastum…hasta donde la memoria alcanza memoria, recuerdo los fabulosos dribbling de Garrincha, llamado el pajarillo Mané, que embriagaba los adversarios con una elegancia chocante: él se tomaría luego toda la cachaza necesaria para ahogar toda la tristeza e cantarle a la vida toda la prosa que la sola cancha de futbol no pudo ofrecerle, como una samba, para la sola esperanza de un día no ser más triste.

Y George Best, el irlandés del norte, que fue el quinto Beatles, excéntrico goleador en las canchas inglesas y The Best entre rubias y alcohol, gastándose todo el dinero y el futuro, pero deleitando los fans de la fantasía y del buen juego con su acrobático paralelismo entre sus jugadas y su vida. Ganó emblemáticamente el Balón de Oro en 1968, el año de las revueltas estudiantiles, y su refrain más famoso fue: “si el futbol es arte, entonces soy un artista.” Existen dos maneras para recordar a George Best, la primera os causará ira, remordimiento y dolor por no haber visto a este inmenso jugador exprimir todo su formidable e inalcanzable talento, la secunda os donará alegría, un increíble estado de éxtasis y el privilegio de haber podido admirar uno de los más grandes artistas deportivos jamás aparecidos en el planeta, así un gruñón periodista deportivo quiso homenajear al joker irlandés.

Omar Sivori, sangre y arena, azúcar y cicuta del futbol, era el cabezón, en Argentina con Maschio y Angelillo formaba el trio de los ángeles con la cara sucia, que ganó el Sudamericano del ’57, conquistó Nápoles antes de la otra cara sucia, Diego Armando Maradona, en la Vecchia Signora con Boniperti y John Charles (el único que con un cachetazo lograba calmar sus turbulentos excesos…) formó el trio mágico y aunque no podía ser la imagen del equipo, con sus jugadas picaras (fue uno de los inventores del túnel: el caño), un poco artista y un poco diablo, divertía plebe y aristocracia: amable hasta la suavidad, después de algunos segundos se ponía hasta brutal. Jugó el Mundial de Chile de 1962 pero se cuenta que no quiso jugar la Batalla de Santiago, debido a la fuerte tensión que adentro del estadio se había creado ya antes del partido; ganó el Balón de oro en 1961.

Para Johann Cruijff la calidad sin resultados es inútil y los resultados sin calidad son aburridos. Cruijff, el Ajax y la Holanda de Rinus Michels a final de los años sesenta revolucionaron el futbol, y será una revolución también estética: la feliz síntesis de individualismo y colectividad llega a parecerse a una anarquía organizada, porque para volverse verdaderamente revolucionaria, la anarquía necesita de una racionalización, debe organizarse e disciplinarse para ser eficaz, esta revolución se llamará Totalvoebal, el futbol total. Y si Michels fue la mente visionaria, Cruijff se hizo profeta de esta revolución. El muchacho de Ámsterdam, siempre contra toda forma de abusos, de mezquindad y de falta de belleza, encantó el público de un equipo fundado en un barrio popular de la ciudad de los países bajos, el Ajax y con el equipo nacional formó parte de la naranja mecánica, jugando una final de un mundial en el ’74 y rechazando la participación en el mundial del ’78 porque Argentina estaba bajo una dictadura militar. Todo su esprit libre logró exportarlo al Barcelona, ciudad ideal para plasmar calidad y resultados, y ciudad que lo adoptó enteramente: su hijo ya tenía nombre antes de haber nacido y este nombre era Jordi, el nombre catalán más popular, pero en aquellos años el dictador Franco era aún vivo y estaba prohibido bautizar con aquel nombre en la España franquista, entonces Johan llevó su esposa a dar a la luz su hijo en Ámsterdam, allí fue bautizado con el nombre catalán de Jordi. Otro resultado de calidad del profeta del gol.

Lo llamaban el George Best italiano, el caballo loco, Zigo-gol, Gianfranco Zigoni debutó con la Juventus cuando tenía 17 años y de esta experiencia lamenta solamente el haberse cortado los cabellos, una melena absolutamente prohibida en aquello tiempos para los que eran jugadores del equipo de los Agnelli; el rebelde con un corazón grande se presentaba a los entrenamientos con un tabarro de piel y con una pistola acomodada en los jeans, en la noche tomaba su Porsche y se iba a escuchar a Piero Ciampi, la voz más anárquica de aquella época: whisky y puerilidades, libertad y revolución eran sus sueños y sus acciones diarias. Soñaba con morir en una cancha de futbol con la camiseta del Hellas Verona, se imaginaba el sensacionalismo en los periódicos, la recolección de firmas para cambiar el nombre del estadio de la ciudad de Romeo y Julieta…después de un Juventus-Real Madrid, el defensa madrileño Santamaria, que salió enloquecido por las jugadas del nº 11 juventino, dijo a la prensa que este demonio es mejor que el negro, refiriéndose nada menos que a Pelé. Con más de setenta años enseña futbol a los chicos de su ciudad natal, la Opitergium (la actual Oderzo) fundada por los romanos.


“Questa non è una fiaba per bambini, è una storia vera da matti”.  “Ma nulla cambierei, nemmeno l’ombra di una virgola”. (Esta no es una fábula para niños, es una verdadera historia de locos. Pero no cambiaría ni la sombra de una coma) es la poesía que Ezio Vendrame mas adora, es de Federico Tavan, un poeta un poco maldito y un poco soñador…y el un poeta del futbol, un pasoliniano (nació en la misma Casarsa della Delizia de la infancia del Poeta) amante del vino y de las mujeres: eros y patear la pelota fueron el escape y el refugio a una infancia hecha de soledad (fue dejado por sus padres en un orfanato a la edad de seis años) hambre y miedo. Su espíritu al salir del orfanato se entregó totalmente al futbol, pero fue con su primera experiencia profesional, en una ciudad con mujeres increíbles y generosas, que se preguntó si esta era la primera división…todo lo que muchos consideraban errores, han sido las cosas más maravillosas de sus vida. “Mi casa se parecía a un reparto de ginecología: las visitas empezaban a las 9 a.m. con la señora Giuliana, a las 11 llegaría Carla, a las 14 p.m la amiga Lella, a las 6 de la tarde era la hora de la belle de jour Fernanda, para terminar a las 22 con la novedad  de la semana. No me pregunten cuantos goles metí aquel año, pero aunque no se encuentren datos en ningún almanaque futbolístico, aquel año fui el máximo goleador”. Durante un Vicenza-Milán le hizo un caño a Gianni Rivera, el Abatino y el más amado por los hinchas del equipo lombardo, a lo cual pidió ser sustituido, el entrenador asustado por un eventual infortunio le preguntó que le había ocurrido, el friulano le contestó diciéndole que si le hizo un túnel al más grande jugador italiano del momento, valía la pena ser sustituido. Por la Navidad de un campeonato en los años ochenta, a los jugadores de la Sanvitese, equipo que estaba entrenando, regaló una confección de preservativos: a sus épocas el sida no existía y que era mejor usarlos que dejar la vida…o un huérfano.


miércoles, 22 de febrero de 2017

Dylan y el Nobel

Qué desastre: por primera vez el premio por excelencia se otorga a un gran compositor, el cual no lo rechaza, sino peor, lo desprecia.
Y ahora nos toca asomarnos a un pico importante de la cultura del siglo XX: Bob Dylan y, en un momento de frivolidad, queremos tomarlo sólo con motivo del Premio Nobel y del revuelo mediático surrealista que siguió el premio en sí - por primera vez concedido a un cantante de folk y rock - y la extraña reacción de Dylan que, durante mucho tiempo se ha quedado imposible de encontrar ( sic ) y luego dijo que, aunque sintiéndose honrado, no se presentará en persona a retirar el Nobel, citando pretextos ( “compromisos previos “) que, en su vaguedad han resultado ser pretenciosos, si no exactamente escandalosos. 
Que quede claro, Bob Dylan es un genio, un poeta violento en las imágenes, refinado lingüísticamente y con una riqueza creativa hasta lo embarazoso. Ha revolucionado el idioma con en el cual trabajó tres o cuatro veces. Muchacho judío originario de una provincia inmóvil y para nada florida de la América profunda, llegó a Nueva York a principios de los años sesenta a raíz de la ola que llevó a cientos de aspirantes artistas a participar en los albores de una revolución de las costumbres que tenía en la música (y en particular en la música folk) su propia vanguardia. Hambre de éxito e ira sincera de vivir, afirmación personal y dinámicas generacionales han sido los factores inextricables que han hecho de Dylan el cantante más representativo de una época, el artista que, sin revelar nada y rechazando cualquier papel, es el prisma que todo absorbe y por medio del cual todo se vendrá abajo. Dylan era de la generación que creció en la miseria cultural de los años del macartismo (amplificada por pertenecer a una minoría y desde el confín de la provincia), había sentido su afirmación física en el rock and roll de Elvis, el cual suponía una indecible raíz negra, que entonces se fue refinando y fortaleciendo culturalmente y políticamente con la poesía beat, las batallas contra la discriminación, el redescubrimiento de una contracultura popular que ya tenía en el enfermísimo Woody Guthrie su mito fundador. 
 Cuando Dylan llega ese entorno ya bulle, pero hay algo más radical en su canto desgarbado y memorable, en su tocar perentorio y sin virtuosismos, en su capacidad de escribir de manera alegórica y narrativa al mismo tiempo. Un puñado de canciones de protesta escritas en menos de cinco años, permanecen después de más de cincuenta años tan sólidas en el imaginario, hasta lograr definir "juglar social" a un artista que ha cesado desde entonces de asumir posiciones legibles. Entonces ya era la hora de la "held electric", que le valió el epíteto de "Judas", entonces un mar de cambios que a veces podían entender una vuelta relámpago para una batalla sociales, a veces conversiones a alguna secta cristiana. A lo largo un artista inclasificable, no convencional, fugaz, que sin duda desde los años ochenta no ha producido más obras maestras, pero pudo siempre demostrar que todavía podía producirla (tal vez la última hasta la fecha "Love and Theft" en 2001).
El día de la langosta
Si había una rockero, sólo uno, a lo que era posible otorgar el Premio Nobel, esto sólo podía ser él, no se podía comenzar que de él, como si fuera lógico, casi como si ya lo hubiera ganado y el anuncio de que, inevitablemente, debía llegar no tuviera que ratificar una excelencia que todos o casi todos los que han trabajado en las canciones ya habían reconocido durante mucho tiempo, que era casi predecible. “Es como ponerle una medalla al Everest”, dijo con un toque de coquetería Leonard Cohen (otro que muchos consideraban merecedor del mayor premio literario) unos días antes de su muerte.
Es aquí que el artista que siempre ha optado por no ser tranquilizador, lo que no concede nada a su público, distorsionando, a veces de manera interesante y la mayoría de las veces mutilando, canciones entre las más importantes que se hayan escrito, pero que vive literalmente su vida en una tournée "infinita", que no conoce respiro desde 1988, aquí es donde Dylan ha desdibujado aún más los naipes, negándose a sí mismo, con lo que muchos han interpretado, antes de manera casi divertida y luego como un despecho histérico, como un acto supremo de esnobismo, como una falta de respeto lamentable. 
 Había quizás demasiadas expectativas colectivas para este Premio - que ratificó una vez por todas que la Canción es literatura - para permitir a Dylan de tomar un comportamiento que, en una inspección más cercana, es coherente con su propia historia: este fue un Premio percibido como colectivo, un Premio a las decenas de músicos que han influenciado a millones de personas, y Dylan hubiera tenido que ser solamente el representante de la categoría. Pero él no representa a nadie, habiendo perdido desde hace mucho tiempo incluso a sí mismo. 
 La posición ambigua de Dylan sobre los premios es conocida desde el '63, cuando su manager Albert Grossman fue capaz de colocarlo como invitado de honor en la ceremonia del Tom Paine Award del National Emergency Civil Liberties Comitte, un importante premio en un ambiente radical, elegante y rico, una especie de consagración temprana para un artista de 22 años de edad. Allí, durante su discurso de aceptación - adonde daba la impresión de estar completamente borracho - causó un verdadero escándalo: "Quisiera no verlos a ustedes aquí ante mí, personas sin pelo, que debería estar en la playa a nadar ... ustedes deberían estar en reposo, deberían estar de vacaciones para relajarse ... este no es un mundo para las personas mayores ... cuando los viejos pierden su cabello debe salir del camino ... miro a los que me gobiernan y veo que no tienen pelo en la cabeza... y hablan de los negros, y hablan de blancos y de negros ... y hablan de rojos, azules y amarillos " y terminó con una chocante referencia al asesinato de Kennedy ocurrido sólo tres semanas antes: “Tengo que admitir que el hombre que mató al presidente Kennedy, Lee Oswald, no sé exactamente lo que pensaba hacer, pero tengo que admitir honestamente que veo algo de mí mismo en él “, y terminó abrumado por abucheos. La posición de alergia a las ceremonias más tarde se reiteró con vehemencia en la canción “Day of the Locusts” de 1970, en la que se hizo referencia a la laurea ad honorem recibida en Princeton: “Oh, the benches were stained with tears and perspiration/The birdies were flying from tree to tree/There was little to say, there was no conversation/As I stepped to the stage to pick up my degree/And the locusts sang off in the distance/Darkness was everywhere, it smelled like a tomb/I put down my robe, picked up my diploma/Took hold of my sweetheart and away we did drive/Straight for the hills, the black hills of Dakota/Sure was glad to get out of there alive/And the locusts sang, well, it give me a chill.”
¿Teniendo en cuenta estos antecedentes conocidos por todos, entonces no será que la arrogancia no está en Dylan, sino en quienes piensan doblarlo a la voluntad de la Academia?
Si lo sabes lo premia, ¿pero si no lo sabes porque lo premia?
La primera vez de un cantautor al Nobel, se dijo, ¿pero Dylan es realmente un cantautor? Para nosotros, sin duda, es así, ¿pero es como tal que él se siente? 
 El concepto detrás de la consigna "cantautor" no es totalmente exportable: con las diferencias no insignificantes lo podríamos atribuir, adema que a los italianos, a los españoles y a los portugueses, con menos precisión a los latinoamericanos, a los francófonos (que son sin embargo más originarios), y a los cantantes del Europa del Este, con la significativa evidencia de los bardos rusos, que sin mojigatería se atribuyeron la definición de “poetas cantantes” y cuyas colecciones de versos, en las bibliotecas rusas, se encuentran en el mismo estante que los de Pushkin y Esenin. El público para un cantautor europeo es algo que se emparenta con el teatro de vanguardia, con las noches de poesía, con el cabaret alemán, en la versión proletaria con el night y los jazz club y a continuación, sólo en los años setenta, asume el papel de happening musical-religioso-político. El mundo anglosajón, con la notable excepción del Canadá francófono (propio Leonard Cohen es un ejemplo mayúsculo del cantante de habla inglés, pero de cultura francófona-europea), vive completamente diferentes y opuestos mitos.
En los Estados Unidos, Dylan todavía pertenece a una generación de pasaje que tiene sus raíces en la música popular de la calle: Dylan tiene algo del predicador Quaker que arenga en el centro del pueblo, del filósofo hippie, del bluesman que canta la salvación en la iglesia el domingo por la mañana y luego va a tocar la guitarra en el burdel, muchos mundos populares son los poderosos modelos de su cultura. No es con una medalla que se hubiera podido canjear el bluesman Leadbelly de su condena por homicidio, hay a la base de esas vidas (y en la memoria viva de sus seguidores) una experiencia muy dura, irreconciliable. Por supuesto que el comportamiento de Dylan nunca fue muy urbano, y especialmente en este caso no se ha desmentido: Dylan sabe desde hace mucho tiempo no ser el héroe de la clase obrera Woody Guthrie, y nunca ha querido ser tampoco un acróbata vitamínico como Bruce Springsteen, que convirtió el concierto de rock en un ejercicio muscular y adora el público que contracambia. Dylan se encuentra en el medio, irresoluto, más ciego que Homero andando a tientas genialmente, sabiendo muy bien a dónde va pero sin saber por qué, sin paz en una tournée sin fin. Dylan desprecia a su audiencia y su condena a tocar eternamente, lo hace como si estuviera perseguido por la miseria, como si ignorara ser un multimillonario. Este es su genio, su condena y su mal carácter. Dylan se siente relacionado en el mismo grado con Elvis, con Guthrie, con Rimbaud, con Charley Patton y con... Abraham Lincoln. No vive el parentesco/dependencia de la Literatura Académica ni el sentido opuesto de la superioridad y el resentimiento económico respecto el pop. Invitarlo en Suecia significa invitar tanto a un heredero de Whitman como a Jerry Lee Lewis, el rockero de los años cincuenta apodado "el killer", que incendiaba los pianos para perjudicar a los que sonaban después de él. Dar el Nobel Dylan es como invitar a un artista de pavimento, con el talento de un Miguel Ángel, en la sala de la nobleza literaria pensando que no es constitutivamente extraño y alieno a este mundo. Probablemente pintará su peor bodrio (porque no tiene que demostrar que es bueno: la habilidad de un artista de la calle es sólo la manera de conseguir más monedas) y además se robará todos los cubiertos de plata y dejará una mierda en la alfombra buena. Dylan no es Sartre, no boicotea y no aprueba, Dylan es Jokerman: el tramposo, el ladrón, el mercader. No tiene posiciones éticas, él sirve a la belleza y además es notoriamente un idiota ("demasiado gilipolla por ser corruptibles" dijo más o menos Patty Smith, que fue en su representación en Suecia). Así que el hecho de que no se presentó fue el máximo de la cortesía que se le podía pedir.

Maurizio Bagatin…de una nota de Alessio Lega, febrero 2017